The dream is over. El campamento terminó
Ana se levanta temprano. Se cambia varias veces de ropa. Nada le gusta como le queda. Le cuesta encontrar en el ropero de su hermana algo que la haga sentir cómoda. Todo es tan Nuria, tan apretado. De pronto, se siente mal. Tiene una náusea en el estómago. Sabe que va a verlo. Sabe que lo va a tener que enfrentar. Irá? El Gordo irá a buscar a los chicos que vuelven de campamento? Se acordará?
Se acordará de mi? Habrá pensado en mí en estos días. “Adónde vas?” Le dice Nuria. “A la parroquia.” Y Nuria ríe. “Te vas a encomendar a Dios?” Ana niega, sin ánimo de hacer chistes. “Hoy vuelven los chicos del campamento. Los tengo que ir a buscar.” “Ah… y qué vas a hacer?” “Irlos a buscar.” “Ya sé, nena. Y después? Adónde los vas a llevar? Qué les vas a decir? Qué vas a hacer?”
“No sé” dice Ana. Y Nuria le dice que algo tendría que ir pensando. “A qué hora llegan?” “A las 12” dice Ana. “Son las 11” dice la otra.
Y Ana mira el reloj. Y cierra los ojos. Y traga saliva. “Sí, algo tengo que hacer.” Pero no sabe qué. No tiene la más remota idea de qué hacer. Irá? El Gordo irá?
Ana llega unos minutos antes de que llegue el micro. Ya hay un revuelo de padres que esperan a sus hijos en la puerta de la parroquia. Ileana, la madre de Yamila la saluda eufórica y dice que los chicos están bien, que la hija la llamó y lo pasaron bárbaro… “Cuándo llamó?” pregunta Ana. “Recién, del celular.” dice Ileana. “Tiene celular?” Pregunta Ana. “Y no para de llamarme. Qué va a hacer. Y hoy en día todos los chicos tienen celular. Los tuyos no, ya sé… pero vos y el Gordo son tan especiales…”
Y ella se queda, no entiende el comentario. La molesta, no le interesa. No puede con eso. En eso ve que el micro se acerca y todos los padres y madres se excitan más. Y ella mira para todos lados. Buscando al Gordo. No está. No vino. No se acordó. O no quiso. Y se pone mal. Y el micro frena y los chicos llegan y bajan y besan a su padres y lo suyos no bajan. Y en eso baja Homero bronceado, hermoso, sonriente y le grita: “má!!!!” Y ella se muere, contiene las lágrimas. Qué les va a decir? Y detrás aparece Virgilio, más relajado, más sonriente. Carga su mochila y la de su hermano. Virgilio es tan solidario, tan íntegro, la Rusa no sabe a quién salió. A ella y al Gordo no. Los chicos bajan y la abrazan. No preguntan por el padre. Ella se aferra a los chicos y están un rato así, tanto que los demás se van y el micro también se va y ellos quedan solos en la vereda y cuando el micro termina de irse, Ana descubre aún abrazada a su hijos, que del otro lado, en la vereda de enfrente, está él. El corazón se le detiene. Como si no pudiera creerlo. Ahí está el Gordo, impecable, con jeans y la camisa de salir que le queda tan bien y el pelo corto. El pelo corto, hace veinte años que no se cortaba el pelo. Ana lo mira, él la mira. De lejos. Ninguno atina un movimiento. Ninguno sabe que hacer. Homero lo ve y dice: “Pá!!! Papá…” y el Gordo recién ahí, cruza la calle y se acerca a ellos. Le sonríe a los chicos y los saluda mientras se acerca. Los chicos lo miran sorprendidos: “Te cortaste el pelo, pá” dice Homero. “Te queda re bien” “Sí, te queda re cool, Gordo” le dice Virgilio. La Rusa no puede decir nada, pero tampoco puede dejar de mirarlo de costado. Se cortó el pelo, está lindo. Es lindo. Tiene esa sonrisa y esas pestañas. Los ojos del Gordo la pueden. No debería mirarlo a los ojos. Nunca más. Pero no puede. Esos ojos la pueden y lo mira y él la mira de refilón, casi por equivocación y enseguida corre la vista. No quiere mirarla, no puede mirarla. Tampoco quiere sentirse torpe. Se abraza a sus hijos. Los besa. Les dice que los extrañó. Los chicos se ríen un poco. Virgilio con algo de torpeza y vergüenza de que su padre lo agarre así en público pero se deja. “Los extrañé” dice el Gordo. “Digan algo!!” “Nosotros no” dice Virgilio… “Eh, ché, cómo le dicen eso a su padre” dice Ana defendiendo al Gordo, que está tan nervioso que no la puede mirar. “ No lo traten así a tu papá.” “Es un chiste” dice Homero. “Fueron 7 días no más, uno no se extraña así en 7 días…” “Qué no” dice el Gordo. “Pasan muchas cosas en 7 días, en 7 días creó Dios el mundo…” Homero se ríe:“Qué decís, pá, si vos no creés en Dios…” “Ya sé, pero te juro que 7 días es mucho… para lo que sea es mucho” Y por primera vez mira a la Rusa. Y ella traga saliva y dice: “Sí, hijo, es mucho tiempo.” “Vamos” dice Virgilio. “A dónde?” dice el Gordo. “A casa” dicen los chicos. Virgilio dice que se quiere tirar en su cama, estuvo bueno el campamento pero le duele la espalda. “Quiero mi cama” y empieza a caminar rumbo a la casa. Homero lo sigue. Ana y el Gordo se miran. El mundo detrás de ellos desaparece. Y ahora qué? Qué hacemos? se dicen con la mirada. Ninguno sabe. No pueden hablar, y el tiempo, los segundos parecen eternos.
Hasta que ella abre la boca y va a preguntarle “qué hacemos?” Pero por primera vez en la vida, el Gordo se le adelanta y sin especular le dice lo que piensa: “Te juro que no tengo la menor idea. Que no sé que hacer. Ni que decir. Ni como comportarme. Están mal las cosas entre vos y yo. Estaban muy mal y no quería aceptarlo. Seguro que hice cosas horribles y te dije cosas horribles y acepté de vos cosas horribles por cobardía, por miedo a perderte y por miedo a tenerte bien. No me importa nada, ni donde estuviste, ni qué hiciste, si te acostaste con uno con diez o con diez mil, no me importa. Sé que cultivé el silencio y eso es como criar un cuervo adentro de la casa y de la cama. Un cuervo que nos comió el corazón y las entrañas. Y me odio por eso. Y no sé que hacer”
Ana contiene las lágrimas. “Yo tampoco sé que hacer. Te juro que yo tampoco sé que hacer.” Y él la mira, se acerca, ella se estremece. Tiembla. Hace tiempo que la cercanía con el Gordo no le produce esa revolución. Se muere porque él la abrace, la toque, la bese. Y se miran a los ojos. Y ella le dice:
“No hubo un solo día en que no cerré los ojos a la noche y los abrí por la mañana, que no estuve pensando en vos. No sé como se hace. No sé si puedo. Pero no quiero perderte. Quiero que seas parte de mi vida. Está todo mal. Pero te quiero. Y no sé que hacer.”
“Vamos che??? Vienen??!!” Homero y Virgilio los miran desde la esquina de Barzana y Hamburgo. Y ellos los mira. Y se miran. Y el tiempo vuelve a detenerse. Y pasa un afilador en su bicicleta, el sonido de su flauta llamando a los clientes, atraviesa las miradas de Ana y el Gordo. Es un instante detenido. El instante de todas las posibilidades. (De volver a comenzar. De terminar para siempre. De volver a equivocarse) Vamos? Es la pregunta que aún flota en el aire y que ninguno de los dos contesta. Vamos? Y cuando se acalla la flauta del afilador, ambos dicen al unísono. Sí, vamos. Y se abrazan fuerte, muy fuerte. Los chicos sonríen al verlos y doblan por Hamburgo rumbo al hogar.
FIN ANA Y EL GORDO
Próxima entrega: “FLAVIO Y MAGA, dos barrios en Congreso”
![foto enmarcada[1].](http://morirdeamorenba.files.wordpress.com/2010/02/foto-enmarcada1.jpg?w=274&h=400)







