8. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

5 noviembre 2010

“48 horas juntos”

El marido la mira y espera una respuesta. La mira a los ojos. Ella le sostiene la mirada. Silencio entre ambos.

– ¿Dónde estabas? ¿Por qué desapareciste del trabajo?

Ella lo mira, traga saliva y confiesa:  – No aguanto más. Me quiero ir.

– ¿A dónde? pregunta él.

– No sé –  dice ella –   A otra inmobiliaria o a otro trabajo, no sé.

Y se mete en la casa. Él la sigue.

“48 horas juntos. No tenés que contestarme ahora, pensalo”

Y ella no para de pensar.

En el silencio de la noche, en medio de la casa a oscuras, ella no para de pensar.

“48 horas juntos”. Él y ella. Imagina. Se imagina, lo imagina. Quiere eso.

Se han visto en preciados momentos en cuentagotas. Citas robadas. Enmascaradas. Un par de horas, nunca más que eso. En poco tiempo muchísimo. Agarra una botella de vino abierta del mueble de la cocina, saca el corcho, chirriante, molesto. Se sirve en una copa gorda y la acerca a la nariz, la huele antes de tomar.

“Está apenas ajerezado, creo “  Piensa, pero se lo manda igual. Toma y toma, sacándose una sed que no es sed. Calmando un hueco que está en otro lado. Saborea el tinto.

“Sí, está algo ajerezado” se repite, como para evadirse, apartarse ella misma del tema que la consume, como para hacer tiempo, y un poco hasta actuándose, escondiéndose que no da más. Toma uno, dos sorbos… por adentro, muy por adentro, tanto que ni lo arma como frase… se pone una meta. Antes que termine la copa debe tomar una decisión y automáticamente se frena. Pero enseguida se da cuenta que se frena y se apura. La termina. Mira la copa. Se ve reflejada deformada en la copa gorda. Es imposible que siga mintiéndose. Quiere, claro que quiere verlo, si cierra los ojos aún siente el perfume de su cuello. Las manos de él le resbalan por la cintura y estallan en sus nalgas.  Quiere verlo, quiere esas 48 horas con él.

Toma su celular y escribe rápidamente. Mira la hora. Son las doce menos cuarto. Es tarde.

“No debería mandarlo “ piensa  “Mejor lo hago mañana. Sí. No. ¿Ahora?”

Doce menos cuarto.  Él está dándose una ducha cuando le entra un mensaje de texto. Mira el aparato. Espera que sea de ella. Se dice que no tiene que agarrar el teléfono mojado porque lo puede estropear, que mejor sale y se seca y después lo agarra, pero no aguanta y lo agarra con una mano mientras intenta con la otra cerrar la ducha, pero no puede, y deja de intentar cerrar la ducha y lee el mensaje de costado apoyado contra la mampara tratando de evitar el chorro de agua. Lee desesperado.

– 48 hs. juntos. Sí. Cuándo y donde? Bssss

Sábado 9 AM a lunes misma hora. “Humahuaca Hotel Boutique” habitación 134 Sr. y Sra. Silva, de Canelones, Uruguay.

A ella le parece divertido y acepta. Vive el resto de la semana esperando que llegue el sábado. La familia cree que ella se va a Paraná a  tasar una campo que le van a dar para vender, que sale a las 9 menos cuarto en un taxi para encontrarse con un compañero de trabajo que la acompañará, pero ella solo tendrá que hacer cinco cuadras desde su casa para llegar hasta el Humahuaca Hotel Boutique, un pequeño establecimiento con muy pocos habitaciones y clientes sólo extranjeros.

A él tampoco le llevará mucho llegar, a las ocho y media tiene que dejar a su mujer y a las nenas que se toman el micro  a la costa. Él las lleva  a Retiro y luego se va al Hotel. Así es el plan. Así lo esperan. A las nueve y cinco del sábado estarán comenzando las 48 horas juntos.

La noche anterior, el viernes anterior, ella está nerviosa. Hace la valija y la cierra con la combinación, con pudor de lo que ha puesto dentro. Acepta la invitación del marido para ir a cenar a una parrilla que a ella y a los chicos les encanta. Es una noche cálida, agradable, ella está contenta, verborrágica y no para de hablar y de hacer chistes. Los chicos la festejan. El menor la toma de la cintura y entra al restaurante abrazándola. El marido y el mayor entran discutiendo de fútbol. Los anotan en una lista de espera y se sientan en un banco de plaza en la entrada a esperar. Mientras se ríen de los chistes mal contados del menor el tiempo se les pasa rápido, ameno, hasta que la encargada lee de una planilla:

– Manuela.

Ella se levanta del banco y sonríe. Pero la chica no la mira a ella, mira a otra mujer que se está acercando. Ella la mira, es bonita y bien delgada, un pelo brilloso y negro que le da un poco de envidia. Pero no llega a mirarla más porque se queda helada al ver al marido de la Manuela que estaba primero. Es él, de la mano de dos nenas preciosas, de dientes blancos y pelos brillosos. Él la ve y palidece. La mujer no lo nota. Sólo ellos se miran y tragan saliva. En un segundo, ella ve a la mujer, a las nenas, a la amorosidad de él como padre y él ve a su marido, a sus hijos que le hacen chistes a ella porque se confundió y no era esa Manuela, su humanidad como madre. Ellos sólo se miran.

La mujer le dice:

– Vamos, ya está  la mesa –

Él se deja arrastrar por la nena más grande y entra al restaurante. Ella se queda ahí, estaqueada.  El marido se acerca.

– ¡¡¡Oso!!! – Le dice. Ella no dice nada. Él la abraza.

– No te enojes,  gordita.

Y ella le dice que no, que nada que ver y sigue mirando cómo la familia delante suyo toma asiento en una mesa para cuatro en la ventana.

Sábado 9 AM. Humahuaca 3435

Nadie se presenta a tomar a habitación 134 del Humahuaca Hotel Boutique. La encargada llama al teléfono que le dieron y la operadora dice que no pertenece a un abonado en servicio.

Sábado 9 AM Rocamora 4353

Él estaciona su auto y cierra el portón del garage. Acaba de dejar a su mujer y las nenas en Retiro. Antes de bajarse mira el pino centenario que se yergue en medio del jardín de su casa. Una rareza para el barrio. Mira su celular. Busca el teléfono de ella y lo mira. Lo mira.

Sábado 9 AM Guardia Vieja 4335 10 A 3 ambientes con balcón terraza.

Ella abre la puerta del departamento vacío hace dos meses, sube las persianas y abre las ventanas. No es muy amplio el departamento pero el balcón terraza vale todo. Sale y mira el cielo, limpio, claro. Una hermosa mañana piensa. Y mientras se apoya en la baranda saca su celular y busca el teléfono de él y lo mira.

Él mira el número de ella. Ella el de él. Y al mismo tiempo ambos borran el número del otro.


 

FIN

7. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

27 septiembre 2010

“Un médico, una azafata, un vendedor de joyas y una dentista”


Jueves 17:20, Medrano 765 2º por escalera,
el doctor sube a revisar a la paciente. Ella está mareada, con palpitaciones fuertes y una sensación rara en todo el cuerpo. El doctor le desabrocha un poco la camisa y el solo contacto de sus dedos contra la piel de los pechos de ella, lo excitan. Quiere ir despacio, pero le cuesta, la paciente entreabre la boca y se muerde apenas los labios y él siente deseos de sacarle la camisa al instante. “No tengo que hacerlo”, piensa, pero justo ella lanza un gemidito y él ve sus pezones duros… Lo irrefrenable le surge de las tripas, le abre la camisa de una arrancándole todos los botones, y lanza su boca en medio de los turgentes pechos de ella y los besa… ella juega a la paciente sorprendida y dice entre gemidos:
– Qué hace, doctor?
Y él con la lengua sobre la piel blanda resplandeciente le contesta:
– Tranquila, relájese, esto le va a hacer bien…
Ella tira la cabeza para atrás y gime entregada.

Sábado 10: 30, Corrientes 4348 piso 18.
Un piso enorme a estrenar, él toca timbre y le abre una azafata con una pollera mucho más corta de lo normal. Él entra y deja su maletín, ella le toma el abrigo y le dice que pase y espere en el Vip. Él se sienta, ella le sirve un whisky y le dice que el vuelo está demorado, por la tormenta. Él le dice que
no hay problema, que es mejor porque él tiene miedo de volar. Ella le dice que se quede tranquilo, que hasta que el tiempo no mejore el avión no sale y le saca el vaso de la mano y con una sonrisa le pregunta si desea algo más. El le pide algo más solo para verla irse y mirarle el enorme culo envuelto en la pollera azul ajustada del trajecito. Ella se aleja moviendo su trasero acompasadamente, sabe que él la está mirando, y que eso le gusta. Él clava la mirada y se deleita viendo como se mecen esos cachetes, lo imagina al desnudo y se enciende. Ella gira y lo mira, sonríe, sabe en qué está pensando,
se lo dijo tantas veces al oído, mientras le besaba la oreja…
– Me vuelve loco ese inmenso culo que tenés.
Ella se siente feliz de que alguna de las enormes partes de su cuerpo sean objeto de deseo de un hombre tan contundente como él.

Lunes 15: 35, Humahuaca 4278 Dto. C.
Ella recibe a un vendedor de joyas que le prueba todo tipo de hermosos collares y anillos, mientras la desnuda, la posee con sólo con una gargantilla de piedras negras sobre la blancura de su piel.

Miércoles 19: 12, Valentín Gómez 3443 7mo. 24.

Él acude a una cita con su dentista pero sorpresivamente el profesional se encuentra de viaje y lo atiende un reemplazo, una dentista joven de enorme caderas y ambo muy escotado. Ella lo acosa y lo toma en el sillón de trabajo.

Dos horas después ella fuma un cigarrillo mientras se viste. Él la observa. En medio de una pitada élla sorprende con un:
– Mi mujer se va a la costa este fin de semana, ¿Querés que lo pasemos juntos?
Ella por un segundo no sabe si él está jugando, si es parte del papel, o lo dice en serio. Él la sigue mirando:
– 48 horas juntos. No me tenés que contestar ahora, pensalo.

Ella vuelve en el taxi a su casa pensando como hacer para irse 48 horas de su casa. No le importa el marido, los chicos, el perro, nada. Sólo pasar ese fin de semana con él. Se baja del taxi frente a la casa y se queda dura al ver al esposo que la está esperando en la puerta del departamento.
– ¿Qué pasó? ¿Los chicos están bien?
Él la mira seco, serio, tajante…
– Sí. Los dejé en lo de mi vieja.
– ¿Qué pasó?
Pregunta ella angustiada.
– Eso decime vos… ¿Qué pasó? ¿Qué carajo pasa? Fui a buscarte al laburo y me dijeron que te fuiste dos horas antes… ¿Dónde carajo estabas?

´

6. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

13 agosto 2010

“Jaque al rey”

El duque de Orleans da vueltas por la habitación en la que se ha alojado secretamente. Oculto por la oscuridad de una noche sin luna, envuelto en su capa y utilizando un nombre falso, hizo su arribo a París horas antes de este amanecer que lo desvela. Espera ansioso la llegada de su amigo y fiel sirviente Manon, él le traerá noticias de la corte. Mira por la ventana de la mugrienta posada que está muy por debajo de los sitios a los que el está acostumbrado a frecuentar, el movimiento de la calle comienza a marcar el inicio del nuevo día. Un carro desvencijado pasa bajo su mirada, observa a los caballos flacos y hambrientos, lacerados por los golpes de látigo del cochero y el hambre y ya sabe cuál es la carga. Una pila de cadáveres pasa delante de sus ojos, impiadosamente. Un escalofrío le recorre el cuerpo a él, que ha visto miles de muertos en el campo de batalla, la visión de esos cuerpos inertes, flacos, esqueléticos, devastados por la peste, le caen como un mal presagio. Se aleja de la ventana, no quiere que ningún pensamiento oscuro nuble su mente. No quiere que la visión de esa vida miserable que habita en secreto le haga olvidar quién es realmente. Él puede navegar en dos aguas, pero pertenece a una sola. Nació en cuna de oro, su madre, hija y hermana de reyes, fue relegada de la línea sucesoria de la corona despiadadamente, fue enviada fuera de Francia y casada con un príncipe imbécil, su padre. Su destino de rey se vio trunco desde la cuna, pero él, Antoine Marie Joseph de la Sainte Trinité, duque de Orleans, conde de Baviera, príncipe de Anjou, guerrero implacable, político sagaz y amante apasionado, ha logrado a fuerza de talento y voluntad armar su propio camino al trono. Años trabajando en las sombras para ello y sin embargo, ahora que está muy cerca de su objetivo, algo comienza a inquietarlo, a opacar el sabor de triunfo. Algo en su pecho se agita, algo lo atraviesa y lo desvela desde hace más de tres meses. Algo que él no puede llegar a definir. Un gallo canta cercano. Manón no tardará en arribar. Necesita verlo, abrazarlo, escuchar la risa del amigo y saber todo lo que ha sucedido en su ausencia, las intrigas de la corte, los movimientos de sus enemigos pero sobre todo, necesita noticias de ella. Desea más que nada escuchar de boca de Manon cada cosa que ella hizo o dijo, imaginarla mientras su amigo le cuenta todo lo que ha visto y oído de ella en estos tres meses de ausencia. Sólo pensarla, su corazón se agita y el enorme pecho de Antoine se vuelve vulnerable, él, que ha sobrevivido a dos cruzadas, a veinte batallas, siente que puede morir en un instante si no vuelve a verla. Y se odia, odia saber que su destino puede torcerse por un gesto de esta mujer que lo desvela. Odia saber que el sentido de su vida, ocupar el trono de Francia, puede evaporarse en un segundo si no la tiene, si ella no lo acepta. Sin el amor de ella, él, su sueño, su reino, no son nada… “

– Me voy – dice él y su esposa deja de leer y levanta la vista y lo mira. – Estás llorando… qué pasa? –  pregunta él sorprendido.

– No, nada – le responde la mujer. – Es el libro…-

– En serio?

– Sí… es… es el que me prestó tu mamá –

– Sí, el de los reyes esos que la volvieron loca, mi viejo estaba a las puteadas porque no le daba bola mientras leía eso.

– Sí – dice ella – es que están re buenos.

– Ah… qué cosa – dice él – yo nunca me enganché con la lectura, soy más del cine –

– Mirá –  dice ella como si no lo conociera desde hace quince años, como si él nunca hubiera dicho eso antes.

– Me voy –

– Adónde? – pregunta ella que aún sigue algo ida.

– A trabajar, a donde voy a ir…

– Sí, claro.. a qué hora volvés?

Y él hace una pausa… y estira los ojos… – No sé bien, porque hay algunos temas que resolver supongo que terminaré a las siete, ocho –

– Ah, bueno – dice ella.

–  No, pero… capaz que tengo después, a eso de las ocho, una reunión con unos gallegos que vienen a proponernos un negocio.

– A las ocho? –

–  Sí, llegan a la tarde, están un par de horas y se van para Córdoba… pero no es seguro…

– Ah – dice ella

Y él sigue – Igual si no se hace lo de los gallegos capaz que paso a ver a los chicos de karate… tengo ganas de retomar y… no sé, quedé en verlos…

– Ah, vas a retomar… –

– Tengo ganas de hacer algo, mover el cuerpo…

– Sí –  dice ella – estaría bueno. Entonces no te esperamos para cenar…

Y él se siente culpable y dice – No, sí, pero tarde… –

Y ella le dice que las nenas cenan temprano. – Te espero yo –

Él se pone peor y le dice que no sabe –  después te aviso, te mando un mensaje de texto, dale? –

– Sí, dale –

– Igual si tenés ganas de hacer algo vos, hacelo… –

– No – dice ella – Todo bien… te espero, avisame…

– Sí – dice él – te mando un mensajito – Y le da un beso corto, rapidito y se va.  Ella no espera a que él cierre la puerta que se sumerge, poseída, en el siguiente capitulo de su novela: Capítulo 13: “Jaque al rey”

– Gorda, te dejo en la esquina, dale? –

– Dale –  dice ella, pero odia que el marido le haga eso. Lo espera hora y media para que él la traiga al trabajo, cosa que ella puede y desea hacer sola y él nunca tiene tiempo de dejarla en la puerta, la deja en la esquina así no tiene que dar la vuelta manzana. Lo detesta en ese segundo, pero es incapaz de decirle nada. Ya está, es así. Ha sido así por años.

– No te jode, no, gorda? –

– Para nada – dice ella – Dale, andá, así agarrás la onda verde – Y le da un beso rápido medio en la comisura de la boca, medio en el cachete y se baja. Cuando ella está cerrando la puerta él le dice:

–  Te quiero – Y ella desde afuera lanza un automático

– También…-  Él arranca, agarra la onda verde y se aleja y ella siente que le sacaron 820 kilos de encima. Se queda un instante en la esquina. Como reponiéndose. No sabe de qué. No sabe qué hacer ni adonde ir. Es claro que va rumbo al trabajo pero algo la detiene. No sabe qué es hasta que se mira en una vidriera, reflejada, y empieza a darse cuenta. Necesitaba estar sola… y se mira, sola, recortada en el reflejo del vidrio, la gente pasa detrás de ella, pero ella solo se mira, se enfoca en ella… respira y se mira. El sol de la mañana la entibia y ella se queda quietita. Quietita tratando de hacer silencio dentro de ella y saber qué pasa. Qué le pasa. “Qué me pasa?” piensa. Y no sabe. O no sabe que quiere, sabe lo que no quiere… “bueno ya es algo” piensa. Pero en este segundo no le alcanza.

Sentado dentro del auto en el estacionamiento, espera que pase Pedutti rumbo al ascensor y el lugar quede desierto. Saca el celular y escribe un mensaje de texto. Se corta. Es muy temprano para mandarlo se dice y abre la puerta del auto y se baja. Rumbo al ascensor ya se arrepintió. Saca el celular, aparece Mancuso.

– Buen día – le dice.

– Buen día – contesta él y se abre el ascensor y él le dice – Andá, Mancu, me olvidé algo en el  auto –  y se vuelve. El ascensor cierra sus puertas con Mancuso adentro y él se frena y saca el celular de nuevo y lee el mensaje que ya tiene escrito. “Lo mando o no lo mando?”. Y se contesta apretando send.”

Le gusta su reflejo. Tal vez el pelo se cambiaría, sí un corte de pelo. Escucha el mensaje de texto que entra y piensa que es del trabajo, sabe que está llegando tarde. No lo quiere ver. Va a inventar que se olvidó el celular en la casa. Pero no puede, no quiere mentir. Saca el celular y se queda dura al ver el número del que le han mandado el mensaje. Es el de ÉL. Respira agitada y tarda un poquito en abrir el mensaje. Maneja su propio suspenso. Al límite de no dar más… Abre y lee.

Nos vemos hoy? 🙂

Carita feliz, odia la carita feliz, pero no en él. Nos vemos hoy? Relee, como si hubiera mucho para releer y ya sabe la respuesta. Sí. Sí. Nos vemos hoy. Y eso va contestar pero se dice: “No, tan rápido no, tan rápido no. Esperá, que sufra un poco. Que se coma las uñas”. Y lee nuevamente: nos vemos hoy? :). Y se ensancha y camina unos metros hacia la inmobiliaria y a medida que se acerca al trabajo las ganas de contestar le golpean en la panza y piensa: “Ahora voy a entrar a trabajar y me van a  invadir con pedidos, llamados y recién voy a  poder contestar tranquila al mediodía… y voy a  estar todo el tiempo pensando en eso. Y si él puede verse al mediodía? Ya no llego…” Y se dice un par de excusas, pero la realidad es que no da más y se frena un negocio antes de la inmobiliaria y saca el celular y escribe:

Sí, a q hora? 🙂

Él recibe el mensaje en el ascensor y se alegra de que ella le haya contestado rápido. Ni bien baja se manda al baño, se mete en un box y sentado en el inodoro le responde.

A las 19 hs te parece bien?

Perfecto

Le contesta ella, aunque sabe que va tener que mover una cuantas fichas. Hoy es el cumpleaños del sobrino y el gordo juega al fútbol y la suegra le pidió que la pase a buscar para ir al cumpleaños porque el regalo que compró es enorme y no quiere ir en colectivo ni tomarse un taxi. Uno de los nenes tiene turno en la peluquería y el otro tiene psicóloga. Es un día complicado, pero ella contesta: Perfecto…

En un rato te digo donde nos vemos.

Ok – responde él – Besos 🙂

“Pasaje King 324, departamento 4. (Entre Díaz Vélez y Potosí 🙂 ”

Ese es el mensaje de texto que recibe él a las cuatro de tarde. Y contesta con solo ;)…. Ella no entiende que es eso y le da vergüenza preguntar, pero lo hace y mientras le pide a Alicia la llave del inmueble del pasaje King le pregunta si sabe que es eso.

– Un emoticón – dice Alicia.

– Ah –  dice ella.

– Sí, es otra carita tipo la carita feliz que es una guiñada de ojos –  y le guiña el ojo.

– Ah – dice ella.

– Quién te mando eso?-

– Nooooo – dice ella – No me lo mandaron, mi hija me lo dibujó.

– Ah – Aclara Alicia – Es como medio de picardía, de complicidad. Mirá las cosas que aprenden los pibes ahora. Está re lindo este Ph, yo no se por qué no se vende. Suerte – Y le da las llaves.

Ella le agradece y toma el llavero que tiene otra carita feliz.

Ella llama a su marido y le dice –

– Gordo, tengo una reunión urgente por la venta de las nuevas torres de Barracas, voy a terminar tarde, necesito que te encargues vos de llevar a los chicos al cumpleaños de tu sobrino y a tu vieja-

– Gorda, no, hoy es martes, tengo fútbol…  no puedo suspender, los muchachos me matan –

– Que consigan un suplente, no sé, Gordo.

– Hace cuatro años que jugamos juntos –

– Por eso, un martes que no vayas no se va a morir nadie. Ocupate de los chicos y de tu vieja, plis. Hoy yo no puedo-  Y le corta llena de culpa pero sintiendo que tiene que hacerlo.

Él llama a su mujer y le dice que no lo espere, que no va a cenar, se hace lo de los gallegos , no sabe cuánto tardaran pero tipo diez está por la casa o antes, no sabe bien… la mujer le responde que se tome todo el tiempo que necesite y sigue leyendo. Él le pregunta antes de cortar si estuvo llorando y ella le miente que no, que está resfriada, pero es verdad estuvo llorando pero le da vergüenza confesarle a él que lloró por el desencuentro casi fatal que sufrieron el conde de Anjou y su amada. Él nunca lo entendería, es tan pragmático, tan materialmente práctico que no lo entendería.

Ella traga saliva. Se siente culpable por las mentiras, pero a la culpa la tapa la excitación de volver a verlo. Le cosquillean varias partes de cuerpo. No puede concentrarse en el trabajo porque no deja de pensar en las manos de él, recorriéndole el cuerpo.

Llega diez minutos antes, nervioso se queda sentado en el auto a metros de la dirección de encuentro. Se huele el aliento, el cuello de la camisa, se come un chicle, se tira perfume del frasco que guarda en la guantera, sube la música, la baja. Está nervioso.

Llega diez minutos antes, y camina nerviosa hacia la puerta del Ph, a medida que se acerca detiene la marcha como tratando de hacer más tiempo, se mira en los vidrios de los autos chequeando estar bien. Llega a la puerta del Ph y está por abrir cuando lo ve. “Es él?” Piensa. “Sí, es él. Ese es su auto”. Y lo mira.

El desde el auto la mira “Es ella? Sí, es ella” Y ella ya se está acercando. Él le sonríe, ella también, él baja el vidrio y la observa. Lo fascina como camina, sus piernas largas, los muslos rellenos que se le marcan bajo la pollera. Siente un golpeteo en la entrepierna, sabe que ha comenzado a excitarse. Ella se acerca mirando sus labios carnosos, mullidos y le viene a la mente el primer beso que él le dio, inmediatamente la asalta el olor a su aliento y la humedad de su boca. Sigue caminando como si nada pero ya sabe que está mojada.

Llega hasta él.

– Hola – dice ella.

– Hola – dice él.

Y el tiempo se suspende por un instante, mientras se miran, se comen con la mirada, ella ve su camisa entreabierta y la calienta ver su cuello y el nacimiento de su torso, de piel tan suave y blanca,  él le mira los pechos grandes y redondos, las caderas amplias, le gusta ese cuerpo de mujer grandota, y piensa que solo desea hundirse en ella. Se miran, sostienen un instante y él lanza un:

– Perdoname, conocés la calle King? –

Ella se queda. Él le sonríe.

– Creo que estoy perdido.

Ella entrecierra los ojos y no tarda en responderle.

– No, para nada. Estás en la calle King, este el pasaje King.

– Ah, mirá – dice él –  nunca lo hubiera encontrado, gracias.

– De nada – dice ella – Te puedo ayudar con algo más?

– Sí, dice él – Estás sola?

Ella se ríe y dice – Sí… y vos? –

– También – Te gustaría ir a tomar algo conmigo o a cenar? –

– Me encantaría – dice ella – Tengo que chequear un departamento… que acabo de remodelar y después estoy libre… Soy Arquitecta – Aclara ella, regodeándose en el invento y sonríe.

– Arquitecta…  Qué interesante.

– Depende – Cancherea ella –  Cuando estaba en Boston hacíamos cosas interesante, pero acá hago cosas pequeñas.

– Boston? – Trabajaste en Boston?

– Cuatro años y tres en Los Angeles con Cesar Pelli, una gloria – y ella se inclina un poco hacia él, mostrándole el nacimiento de sus tetas y le dice con voz suave –  Termino el trabajo y soy toda tuya. Querés esperarme acá o acompañarme a dar el final de obra? –

Él traga saliva, aunque la mira a los ojos, por el rabillo ve el inicio de sus pechos y eso lo enciende aún más – La acompaño arquitecta – dice él más que ansioso y rápidamente se baja del auto.

Ni bien entran al Ph, no llega a encender la luz de pasillo, que él la toma por detrás y la besa en la nuca salvajemente. Ella apenas alcanza a decir entredientes, jugando un…

– Qué haces?

– Shhh… – la calla él. Y le levanta la pollera mientras le muerde la nuca y le susurra – Que linda obra, arquitecta… y le corre la bombacha dispuesto a todo.

5. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

9 julio 2010

Esa delgada línea roja.

Hay un antes y un después. Ellos, ambos, saben que entraron en el después. Cruzaron una frontera. La primera. Y se adentran en tierras extrañas. Territorios que no han recorrido antes. Más de una vez fantasearon con hacerlo, pero nunca hasta ahora se animaron. Hay un antes y un después. Todo cambia, todo crece, todo sigue para adelante, y ellos también, sin saber bien si es el movimiento el que los empuja o ellos mismos son el movimiento.

Potosí 2354 2º “D”.

Entra rápido y se sumerge en el baño. No le da tiempo al marido a que la vea. Se mira al espejo. Siente que todo la delata. Se huele, quiere estar segura de que no le quedó olor a él. Respira un par de veces, su aliento, buscando rastros del otro. Se mira en el espejo de nuevo. Se sonríe y enseguida se corta. Se siente tan culpable que no quiere salir a escena. Siente que le golpean chiquito la puerta del baño: “Gorda… gorda…” dice el marido, y ella frunce el ceño y dice bajito: “Ahí voy, gordo, ahí voy…” Y se muerde el labio y hace tiempo tirando la cadena.

Colombres 767 timbre 3

Cierra la puerta y se alivia al ver el living a oscuras. Los chicos están durmiendo y su mujer evidentemente también. Avanza hacia la cocina y se detiene. La luz está encendida. Mierda. Entra y su mujer está sentada en un banquito, leyendo un libro y fumando un cigarrillo. “Hola” dice él sonriendo tenso. “Hola” dice ella, “me desvelé”. “Sí, veo” dice él. “Cómo estás?” pregunta ella y le da un beso en la boca, corto y algo seco. Él le dice:” bien, reventado”. “Muy pesada la
auditoría?” “Sí, dice él, un embole. Acá todo bien?” “Sí, dice ella, los mellizos se durmieron temprano y la gorda hace un ratito porque está con unas líneas de fiebre”. “Ah, dice él, qué macana…” “No, dice ella, no es nada… todo bien, yo aproveché y me vine a leer un rato. A ver si termino esta novela, que está muy buena… es la que me recordó tu mamá” y levanta el libro. Él simula que le interesa, mira la tapa y dice “Ah, cierto… que bueno” pero siente que todo el diálogo le resbala, lo resbala, se le desliza por la piel y cae al piso. Ella le pregunta si quiere un té, un mate cocido y él le dice que no, que se va a acostar que está fusilado. Ella le dice que ahora voy y él le dice no, quedate, leé, terminá el libro… está todo bien, y le da otro beso al pasar y sale hacia el cuarto.
La mujer abre el libro y continúa leyendo su ansiada novela: “Capítulo 7. La reina se muere sola en su torre. Los cascos del caballo resuenan poderosos en medio de la noche espesa y fría que cubre la campiña francesa. El galopar intenso no cesa. Es imperioso llegar a tiempo a Paris. Las noticias de la sublevación en Londres pueden modificar el curso de la coronación que se llevará a cabo mañana. El duque de Orleans siente más que nunca que el destino de una nación y la vida de la mujer que ama, están en sus manos…”
Ella sale del baño y el marido ya no está ahí. Va hacia el cuarto apagando luces. La del living comedor en L amplio, la de la cocina con comedor diario incorporado, el velador del cuarto de las nenas que duermen envueltas en sus acolchados de Barbie, la del pasillo y finalmente llega a destino. El marido está allí, en cuero, sentado en el borde de la cama. La mira entrar y le sonríe mientras se saca las medias: “Cómo te fue?” “Bien, dice ella, todo bien… estuvo bueno ir, pobre Mirian, me agradeció mucho, le hizo bien que charlemos”. “Y sí, dice él, pobre, qué garrón, pero qué… es definitivo?” “No sé, dice ella, es como que están en crisis, pero todavía no saben bien qué hacer”. “Claro” acota él. “Las nenas todo bien?” “Sí, dice él, se pelearon un poco por lo de siempre, pero todo bien” “Voy a cortar el cable, dice ella, en cualquier momento”. “No pasa nada” dice él y la mira desvestirse automáticamente. Ella lo nota: “Qué pasa?” “Nada, dice él, te miro”. “Qué tengo?” “Nada, dice él, veo como te sacas la ropa, nada más…” y se mete en la cama.
Ella termina de desabrocharse el corpiño, lo arroja a un costado y en bombacha busca el pijamas.

Él se saca la ropa y se acuesta. Debería ducharse… pero nunca lo hace de noche y eso llamaría la atención de la esposa. Y no quiere, no quiere responder preguntas de más, no quiere distraerla de su lectura, no, la prefiere así, en la cocina, lejos de él en este momento. Apoya la cabeza en la almohada y sonríe. En la oscuridad del cuarto, se huele los brazos buscando algún resabio del perfume de ella. Encuentra algo en el hombro. Huele ese territorio un par de veces y sonríe. Qué ganas de decirle algo. Que ganas. Le hormiguea el cuerpo. Gira en el la cama. Se tapa. Vuelve a girar, toma el celular
y escribe un mensaje de texto.

Ella ya está en la cama. El marido también. Él apaga la luz y se pone contra ella. Ella se queda de espaldas, con la mirada en la oscuridad. Siente el calor del marido y se aferra con las piernas a él que le susurra un: “Buenas noches, gorda”. “Buenas noches, gordo” responde ella. Silencio. Un instante
de oscuridad y silencio total que es cortado por el marido que enciende el velador y se levanta eyectado de la cama diciendo: “No! No doy más con esto” Ella sorprendida, dice: “Con qué? Qué pasa?” “La bomba, voy a apagar la bomba esa de mierda que no corta nunca y me tiene los huevos al plato” y sale hacia la terraza a cortar la bomba esa de mierda que no corta nunca. Ella respira aliviada, no sabe bien por qué. Va a apagar su velador cuando escucha el sonido de un mensaje de texto que le llega. Se queda. Tiene un presentimiento por dentro. Toma el celular y lee el mensaje: “Hermoso encuentro. Que descanses, preciosa :)” Ella se estremece. No le han dicho preciosa en años, menos escrito, y esa carita feliz, no se la esperaba de él. Ella detesta las caritas felices, pero
no esta noche. Cierra el celular y el marido vuelve al cuarto y se arroja en la cama. “Todo bien?” pregunta. “Todo bien” dice ella y apaga la luz y se duerme con el celular en la mano y una gran sonrisa en la boca, recordando su bella cara.

4. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

2 julio 2010

“Después te llamo”

Eso fue lo ultimo que le dijo él. Y lo repasa y lo repite en su cabeza una y otra vez. Cierra los ojos y ve el fragmento de película: él que sonríe y la toma de la cintura en la esquina de Pringles y Corrientes y le da un beso suave en la boca. Se separa y le dice: “Después te llamo”. “Sí” dice ella, como si no le importara, como si el hecho de que llamara o no, de que se volvieran a ver o no, no tuviera la menor importancia en su vida.

No sabe bien qué hacer con ella. No sabe si invitarla a comer, a tomar algo, al cine o a un lugar más tranquilo. No sabe nada más que sus ganas de verla. Pero tiene miedo de invadirla. No se mostró muy efusiva cuando él le dijo: “Después te llamo”. Estará bien? Piensa. Le habrá gustado lo que pasó entre nosotros? El cree que sí, pero engendra como siempre el lugar para la duda, esa brecha inútil que lo puede hacer no verla nunca más.

Ella evalúa que no pase nada más y se pone de mal humor. No quiere. Quiere verlo de nuevo, besarlo, tocarlo, olerlo.

Él evalúa si llamarla o no. Quiere verla de nuevo, quiere, besarla, tocarla, tenerla. Mira la tarjeta de la inmobiliaria. Y el mundo se bifurca ante él. Llamo o no llamo? El corazón bombea fuerte… llamo o no llamo? La recuerda desnuda de espaldas caminando hacia el baño del último departamento al que fueron: Pringles 585, PB “C”. Llamo o no llamo? Y llama.

Él llama. Su llamado la toma de improviso decidiendo si se larga a llorar o se va al Shopping al patio de comidas.

La conversación dura unos cinco minutos que para ambos son como eternos. Qué raro escuchar su voz, es mas linda aún por teléfono, piensa ella. Y por pensar no escucha lo que él le dice y quedan en silencio. El se siente pésimo, le acaba de decir de verse y ella no dice nada. No quiere, piensa él, no quiere verme otra vez. Y ella que se da cuenta le dice que se corta un poco que no escuchó lo que le dijo y él le dice que nada, que si quiere se pueden ver hoy a la tarde. Ella responde al instante que sí, claro, que quiere. Y él sonríe. Y se alivia. Ella que sale a las seis del trabajo, él que la espera a la salida, la pasa a buscar con el auto y ven a donde van. Si ella quiere. Y ella de nuevo contesta rápido como un resorte. Sí quiere.

Cortan y se quedan pegados al teléfono. Quieren verse, eso los entusiasma, los llena de una extraña emoción impregnada de temor. Hay temor, sí, por algo que asoma por debajo. Algo que inquieta y los embarga cuando piensan en el otro. Algo agazapado que pugna por salir.

Ella sale de la inmobiliaria y busca el auto de él. Hace conjeturas sobre cual será. Ve venir un Dodge medio escorado y no le gusta. Se siente frívola por este pensamiento, pero no le gustaría ahora subirse a ese Dodge. Mas atrás viene un Clío, tampoco le gusta y se reta por dentro, qué importa eso. Pero le importa. Se acomoda la ropa y escucha una bocina, levanta la vista y ve un Peugeot 308, negro… le gusta. Le gusta ese auto y eso la alivia, es estúpido pero la alivia. Él le sonríe, se detiene, y le hace señas de que se suba. Ella nerviosa, va hacia adelante y se sube. Todas las conjeturas que hizo de cómo sería volver a verlo se parten en ese instante. Se sube y el sonríe, ancho, tranquilo y le
dice “Hola…” “Hola” dice ella y se dan un beso en la boca.

Inca 3819. 4º “16”

Están besándose desde hace rato. Un largo rato. Una hora. En medio del pasaje Inca. Estacionados, mientras deciden a donde van, están besándose y acariciándose. Los vidrios del auto están empañados, completamente empañados, ocultándolos desde afuera de la vista de la gente, poca, que transita por el pasaje. Él le dice si quiere ir a cenar y ella sacando un juego de llaves le dice que sí, que puede ser, pero que antes tiene que ver un departamento nuevo y le pregunta si quiere verlo con ella. Él sonríe, sabe que es una excusa, que no va a haber cena y le gusta, sin inmutarse le dice a ella
que sí, claro, dale, vamos a verlo. Y bajan los dos del auto y entran al edificio. La construcción es antigua y el olor a madera de las aberturas le agrada. Ella abre la puerta y entran al cuatro ambientes desnudo, los pisos de pinotea lustrada la fascinan. A él le gusta el lugar, le da seguridad a pesar de estar vacío. “Acá estamos” dice ella y él la toma del brazo y la vuelve a besar desaforado.
Está anocheciendo, ya prácticamente está todo oscuro y en medio de la penumbra ella admira los ojos de él. Son raros, de un color indefinido. Le gustan. Creen que podrían estar toda la noche así, toda, pero no, algo comienza a inquietarlos. Lo que hay debajo empuja, empieza a carcomerlos por dentro. Los dos tiene algo que decir y no pueden. Los dos sienten que tienen que sincerar lo que pasa por dentro, eso los frena y ambos lo notan. Él la mira a los ojos, están muy cerca el uno del otro, y hablando bajo, casi susurrado, él le dice: “Estás bien?” “Sí” dice ella… “Vos…?” “Sí” dice él… Silencio, tenso. Se dan otro beso y de él asoma un: “pero…” “Qué?” dice ella… rápida. Él la mira desprotegido, desarmado: “tengo que decirte algo…” “Yo también” dice ella conmovida… y él la mira y ella lo mira, y él le dice: “Soy casado”. Y ella lo mira y dice: “yo también”.

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3. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

4 junio 2010

Subte B. Estación Medrano.

Se siente distinta, hay algo como más ágil en ella, como más dispuesto. Ella es cortante generalmente, hace lo que tiene que hacer, lo que le corresponde, lo suyo y punto. Pero ahora no, se siente distinta, está más suelta, se ríe más y sobre todo atiende todos los llamados de teléfono que recibe.  Ella siempre fue más de evitar atender y filtraba  a todo el mundo con el contestador o la secretaria de la inmobiliaria, pero ahora no para de hablar con cuanta persona llame. Al cabo de unos días se da cuenta que no es que está más ágil o más feliz, no. Está ansiosa, atiende todos los llamados pero está esperando uno solo. El de él.

Él está desconcentrado y se le nota. Sobre todo en el peinado, el pelo lo tiene erizado y voluble, como nunca. La gallega de la recepción le dijo: “Qué pasa, tío, andas con la cabeza alborotada?” Y él se río y se acomodó el pelo, peinándoselo, y no le contestó nada. Es que él no se siente alborotado. Se siente… Raro. Por un lado expectante y por otro como si quisiera hacer algo y no sabe qué. Toda la semana le pasó eso, no sabía que pedir a la hora de almorzar, y él siempre come lo mismo: bife de lomo abierto al medio para que se haga más rápido, con ensalada de lechuga y tomate, aceto y oliva. Un sifón de soda chico y un café. Pero esta semana no podía elegir eso, quería otra cosa y no sabía bien que era. Más de una vez se sobresaltó llegando al trabajo y siempre fue cuando la secretaria le dijo: “Señor, lo está esperando una persona…” Era escuchar esa frase y sentir que el corazón le latía más fuerte. Hasta que veía a la persona que lo esperaba y toda la ansiedad se iba. Un día fue Daniel Crocetti de Indumar, otro día María Elisa de “La Nueva” y así pasaba gente, hasta que se dio cuenta que ninguna de las persona que lo esperaba era la que él esperaba ver. Él espera verla a ella.

Se siente idota y perdida. Qué hago? se dice. Tendría que llamar? Tengo ganas de llamar. Pero… Puedo? Debo? Sé el teléfono. Está en el ficha de los departamentos que vio. Pero puedo? Puedo llamarlo? Está bien que lo haga?

Se siente incómodo e inmaduro. Podría pasar por la inmobiliaria y verla. Preguntar cualquier idiotez y verla. Pero… debo? Está bien que lo haga? Tengo ganas, muchas ganas de verla. Pero no debo, no, no está bien. Está bien así, hasta ahora nos reunió el destino. Que siga siendo así, no?

Y si el destino no hace nada esta vez? Se pregunta ella. Hay que dejar todo librado a la casualidad, a la suerte?

O habría que hacer algo, accionar algo para verla. Ella querrá verme? Se interroga él.

Y si llamo y él me corta el rostro? No, no soportaría eso. mejor dejo que el destino haga algo.

Y si no paso a verla y el destino no hace nada?

Y así pasa el día y ninguno puede accionar nada. Y ninguno puede dejar de pensar en el otro. Él toma coraje y cuando sale del trabajo, camina hacia la inmobiliaria decidido. Pero llega veinte metros antes del lugar y se detiene. La respiración agitada. Un miedo de verla. Un pánico de verla. Qué le digo? Qué hago? No sé si puedo.

Ella está con el tubo en la mano y a punto de marcar. Un miedo de hablarle. Un pánico de hablarle. Qué le digo?  Qué hago?

Y él pega media vuelta y se va hacia Corrientes a tomar el subte.

Y ella corta sin haber llamado y mira como sus compañeros se están poniendo los abrigos para irse.

En medio de la estación Medrano llena de gente se siente cobarde pero seguro. No es el momento. No, se dice él. Es una locura. Y mete las manos en el bolsillo de su saco y las hunde. El subte se está acercando a la estación. Ya ha dejado pasar dos trenes llenos, este lo toma sí o sí. Se pone de pie y un aroma lo shockea. Es el perfume de ella, piensa. Cierra los ojos y el recuerdo del tenerla en sus brazos le estalla en el cuerpo. Abre los ojos y la busca por el andén, entre la cantidad de gente que ya se aglutina para subir primera al subte. Tal vez no sea ella, piensa, hay muchas otras mujeres que deben usar ese perfume. Él no lo había olido nunca y para él, es el olor de ella, pero puede que sea otra. Sigue buscándola pero no la ve, todo huele a ella, pero ella no está. Sí está se dice… y ahí, entre la gente que empuja para subir a un vagón, de espaldas, cree verla. Es ella? Se pregunta. No sabe bien. Qué hago?  La llamo? Y no se anima a gritar su nombre, le da vergüenza, nunca la ha llamado por el nombre hasta ahora… Y si no es… y tanto tarda que las puertas del subte se cierran, él queda en el andén,  y la mujer gira entre la masa de gente dentro del vagón y queda pegada al vidrio. ES ELLA. Sí,  es ella!  Que se queda mirándolo absolutamente anonadada mientras el tren arranca. Es un instante en el que él ve en el rostro de ella la sorpresa, la sonrisa, el intento de saludarlo y  el desconcierto porque el subte se aleja irremediablemente y ella no atina a hacer nada. Él supone que ella debe haber visto lo mismo en su rostro y en su cuerpo.

El corazón le late fuerte. Estaba ahí y se fue. Qué tiene que hacer? Esperarla ahí… o tomarse el subte y seguirla. Seguirla?? A dónde? A la estación siguiente, piensa. Ella seguramente se baja en la estación siguiente y lo espera. O vuelve a acá. Por qué no anoté su teléfono. Qué hago?? Mira le escalera… Corro hasta la otra estación? Me tomo un taxi? Me voy a casa? Trata de calmarse y se sienta nuevamente. Más gente vuelve a invadir el andén. El olor a ella desaparece y eso lo desespera.

De todas las opciones la mejor le pareció tomar el subte siguiente y ver si ella está en la estación siguiente, sino sigue su camino hacia su casa. Las pocas cuadras que separan la estación Medrano de la estación Ángel Gallardo le parecen interminables. Mira fijo la pared grasosa y oscura del túnel del subte como si allí pudiera verla aparecer. Soporta el acordeón desafinado de un niño ucraniano con cachetes rosaditos de muñeca de porcelana y los lamentos de una mujer a la que el marido la dejó por una más joven y flaca hace veinte años. Vislumbra a los lejos las luces de la estación. Estará? Estará? Y cierra lo ojos un segundo cuando siente que el subte va frenando. Los abre con la luz de la estación y va viendo en el andén si descubre su rostro. No… no… no… El tren se detiene, no sabe si bajarse o seguir. Se asoma. Toda la gente sube y recién ahí la ve. Ella está paradita mirando los rostros dentro de otro vagón. Siente un alivio increíble, como si hubiera terminado una guerra y baja y le dice: “Hola…” Ella gira la cabeza y lo ve y sonríe de oreja a oreja. Él traga saliva y algo se le mueve en el estómago, mi Dios, piensa, que hermosa sonrisa tiene. Y ella lo ve y piensa, mi Dios, que lindo verlo. Y se acerca y se ríen. Y Ella dice: “Hola, qué casualidad” “Sí” dice él. Y ella sigue: “No sabía que hacer y me bajé acá… Y él le contesta: “Pensé que te ibas a bajar acá…  yo hubiera hecho lo mismo” Y se miran… y se quedan ahí…  el subte ya se fue… “Querés tomar algo?” primerea ella. “Sí, claro…” dice él.  Y ella le dice que tiene que ir a ver un departamento que les entregaron hoy si no la acompaña y  después toman algo. “Sí, claro, de cuánto ambientes es?” Y ella sonriente dice: “De tres, pero no tiene balcón.. vos buscas con balcón, no?” Él asiente.  Y ella dice: “Este es planta baja con patio” “Puede ser otra opción” dice él mientras van subiendo la escalera mecánica que los saca de la estación de subte.

Pringles 585, PB ° “C

El departamento le gusta mucho a él. El patio es hermoso, lleno de plantas. Como un jardín secreto, dice. Ella sonríe y le dice que tiene una manera muy poética de decir algunas cosas. Él se ríe: “poética? Creo que no hay nadie menos poeta que yo. Soy una bestia Ella niega: “No parece, para nada…” Y se levanta, desnuda, del piso en el que han hecho el amor, tirados sobre el saco de él y la campera de ella.

Él la mira desde abajo, es tan linda desnuda y todo su cuerpo huele a ella, a ese perfume que él nunca ha olido antes. La observa irse desnuda hacia la cartera y revolverla. “Te tenés que ir?” le pregunta. “No, voy a buscar un cigarrillo…” dice ella y saca el paquete y se pone uno en la boca y lo mira: “tenés fuego?” “Sí” dice él y saca un encendedor del interior de su saco que yace bajo él en el piso. Ella se acerca y le acerca el cigarrillo. El se lo enciende, fascinado con el gesto que hace ella cuando da la primera pitada. “Hace mucho que fumás…?” No, un par de años… pero no fumo mucho, diez por día o menos. Hay días que no fumo” “Qué suerte dice él “Ojalá pudiera… yo ahora dejé de fumar, porque me fumo un paquete como nada” “Sos nervioso, ansioso…” dice ella. “No, para nada, soy fumador” dice él. “Y si no fumás más, para que tenés el encendedor” Él la mira y se ríe. “Fumás a escondidas” dice ella. “No, dice él, lo tengo porque siento que en cualquier momento vuelvo. Lo extraño. Estoy tratando de ser fuerte… pero lo extraño. Es raro extrañar algo que te hace mal, no?” “Para nada” dice ella. “La mayoría de las cosas nos hacen bien y mal, el tema es la cantidad. No?” Puede ser, dice él y le sonríe. Se miran. Ella fuma despacio. “Qué te gustaría hacer ahora?” le pregunta él.  Ella lo mira soltando el humo y dice: “Puedo pedir cualquier cosa…” “Sí” dice él “Cualquier cosa Ella se entusiasma: “Quiero que me dejes dibujarte “Dibujás?” dice él. Y ella se ríe: “Noooo.. con el dedo… y le empieza a pasar la punta del dedo por la frente y el resto de la cara. Él cierra los ojos y se abandona al placer de sentir como el índice de ella le va marcando uno a uno de los rasgos: los ojos, las cejas, la curva de la nariz, la comisura de los labios… el mentón… el cuello… él se hunde en el placer, el infinito placer de  sentir cómo ella le da forma a su cuerpo, y siente que todo tiene más sentido que nunca. Ella se inunda del éxtasis que le da recorrerlo y sentir que su dedo le da vida a partes que él ni sabe que tenía.

Cuando ella termina de dibujarlo, él se siente otro. Y le pide permiso a ella para hacer lo mismo. Él lo hace, nunca antes ha hecho algo así, le lleva una hora o más y cuando termina ella tiene lágrimas en los ojos. Se miran. Extasiados. Plenos. Nuevos. Se han dibujado un nuevo contorno. Nada puede ser igual a partir de ahora.



2. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

28 mayo 2010

Sarmiento 3924, 7° “A

Llueve y está molesta. Se acaba de comprar unas botas que quiere usar pero sabe que con el agua se le van a arruinar. Odia tener que conciliar entre su deseo y su sentido común. Lo odia porque sabe que siempre le gana el sentido común. Pero hoy no, de capricho aunque sea, no le va a dar el gusto a su monstruo dictador que le vive cuestionando lo que está bien y lo que está mal. No. Hoy se pone las botas nuevas, aunque llueva.

Apura el paso por Corrientes, cintureando entre la gente para poder avanzar y no mojarse la cabeza. Odia el pelo cuando se le moja. Le queda achaparrado y después se seca erizadito. “Achaparrado y erizadito” Son dos palabras que él solo usa para definir ese estado de su pelo. Está molesto y es la lluvia. Cree. No sabe bien. Algo lo inquieta. Algo le falta. Y no sabe qué.

Llega a la inmobiliaria con un insulto a flor de boca. No puede ser que todo la moleste, la saque de su eje. No puede ser la lluvia, no puede ser el día. Qué es? Piensa y trata de buscar entre los acontecimientos de su vida aquel que le provoque esa furia-angustia-desazón. Mientras se sirve un café, mira hacia el fichero de propiedades y lo ve: Valentín Gómez 2701 5 “B”. Es eso. Eso es. Es el beso. Ese beso que la llenó de alegría y gracia durante días, que la sostuvo a fuerza de recordarlo y hundirse en él. Ese beso que la hizo sonreír por horas y comprarse esas botas maravillosas… Ese beso que pensó que abría una puerta nueva en su vida, ahora se le está volviendo en contra como una granada, como una bomba de tiempo. Sí. Ese beso. Eso que la puso tan bien ahora la está poniendo tan mal.

Se va refugiando entre los puestos de diarios y los techitos que va encontrando en la avenida. Su caminar se torna lento, pero no está apurado. Salió antes de tiempo de la oficina. Está ansioso y no sabe por qué. No le gusta eso. Él siempre sabe más o menos por qué. Tiene todo controlado en su vida, u ordenado por lo menos. Todo encaja, todo tiene sentido. Todo cierra. Todo menos lo del departamento del otro día. No deja de pensar en eso. Una escena que por momentos siente que no le pertenece, que no la hizo él y por momentos siente que hay allí más verdad que en muchos momentos ordenados de su existencia. Que ahí hay, encerrada, una parte de él que no conoce mucho y por la que siente algo parecido al miedo. Y no quiere pensar mucho en eso. Aunque se le viene. Los ojos de la chica, la boca, el aroma de su cuello, se le viene y sonríe como un idiota. Ya le han preguntado varias veces qué le pasa, en qué piensa y él ha respondido vaguedades, pavadas. Se frena. Se queda bajo el alero de una pizzería. Le faltan dos cuadras y sigue lloviendo. No hay dudas de que va a llegar mojado.

No me voy a enojar, se dice ella. No me tengo que enojar. Salvucci no es idiota por faltar. La mujer tuvo mellizos. Es algo importante. Más importante que mi mal humor. Y se hace cargo de los clientes de Salvucci. Y cargando su enojo ante la alta probabilidad de mojar y/o arruinar las botas nuevas, toma las fichas de las propiedades que tiene que mostrar y sale a la calle.

Camina dos cuadras contento, paró de llover, apura el paso por Bulnes. Ya está viendo la plaza, falta poco para Sarmiento. Sonríe y el cielo se torna negro, un relámpago cruza el cielo y un segundo después se oye el trueno. Apura aún mas el paso, tratando de ser más veloz que el nuevo chaparrón que se va a descargar.

Ella llega empapada a la puerta del departamento y resbalando en la vereda por la suela nueva de la botas.

Él llega empapado a la puerta del departamento y con el pelo que le tapa los ojos y no lo deja ver nada.

Ambos chocan en la entrada y se atajan mutuamente. Ambos levantan la vista y se quedan paralizados. “Es ella” se shockea él. “Es él” rebota dentro de ella.

No se han visto en una semana y no pensaban verse nunca más. Pero allí están, en la puerta de Sarmiento 3924 7º “A”, el departamento que él tiene que ver con un tipo de una inmobiliaria que le hizo cita su hermana, el departamento que ella tiene que mostrar a un cliente de Salvucci.

“Hola”…dice él. “Hola…” contesta ella “Qué casualidad”. “Vengo a ver un  departamento” explica él.  “Cuál?”  “El séptimo “B”… dice él. “Sos cliente de Salvucci?” Pregunta ella. “No sé, mi hermana me hizo el contacto.” Y ella, nerviosa, aclara: “Salvucci no va a venir, no puede, hoy tuvo mellizos… la mujer, bah…!!” Y siente mucha vergüenza, porque sabe que se está poniendo tonta, pero no puede ocultar la alegría que le da verlo. Una alegría que se le antoja infantil o adolescente, que hace años no siente pero que la devora. Él se quiere morir, su pelo está en su peor momento. Achaparrado y pegado a su cráneo… odia la forma de su cráneo… seguro que ella va a notar que es poco menos que la de un gorila. Soy un asco, piensa, pero ve que ella sonríe y eso lo desconcierta. Suben en el ascensor en silencio. Pero eso sólo dura dos segundos porque enseguida ella buscando las llaves en la cartera, la da vuelta y todo el contenido cae en el piso del ascensor. “Qué estúpida soy!!” dice y se agacha  a juntar las cosas. Él se agacha junto a ella para ayudarla y se chocan un poco las rodillas y quedan muy cercas sus caras. Se miran allí abajo, donde hay menos luz y algo pasa. Una energía tremenda corre entre ellos, como si un tigre hubiera pasado entre los dos… como si una fuerza enorme los intimara a pegarse el uno al otro. Esa fuerza los asusta y ambos se ponen se ponen de pie, eyectados. El ascensor llega al séptimo piso, ella abre y se abalanza sobre la puerta de departamento. Él la ve salir y se dice que debería irse antes de que sea muy tarde, pero no puede, el cuerpo avanza por delante de su pensamiento… y sale del ascensor. Cierra y ve que ella está abriendo la puerta del séptimo “B” y entra al departamento en penumbras… Él entra detrás de ella. Ella intenta subir la persiana , pero está pesada, él se acerca y le dice: “dejame a mí…” y toma la tira y la levanta un poco pero enseguida se le corta y la persiana cae abruptamente. Los dos lanzan la risa. El instante se afloja. Y se miran, esta vez riéndose… “Estás mojado” dice ella. “Vos también…” dice él… y ella tirita como si recién ahora tomara conciencia de cómo está. Él la ve tiritar y se acerca y la abraza, como si ese abrazo pudiera calmarla. Ella siente su ropa mojada contra la ropa mojada de él y detrás el calor inmenso de su cuerpo. Y el perfume de su cuello. No tardan un segundo en estar besándose y se olvidan de todo: de lo mojados que están, de la lluvia y del departamento vacío y oscuro.

Comienzan a besarse en el living comedor de 4 x ,60… a sacarse la ropa en el pasillo distribuidor, amplio, que da a los cuartos… allí quedan las blusa de ella, el saco y la camisa de él y la pollera de ella… dentro del cuarto mas pequeño, 3 x 2,5 una ventana generosa, piso de parquet, él le saca el corpiño y las botas nuevas empapadas… se saca los zapatos y hunde su cara en el pelo de ella,  castaño oscuro y largo…  Ella lanza un suspiro, él sonríe y la lleva a la habitación principal,  3,50 x 3,  también de parquet y ventana al balcón corrido…  besándole el cuello y el pecho, él abre el placard, amplio, de toda la pared, la pone a ella sobre uno de los estantes y no puede creer estar haciendo lo que hace. Ella se apoya en sus hombros y se dice: “Estás loca, muy loca”, pero se agarra mas a él y sabe que no quiere dejar ese momento por nada del mundo. Él se sumerge en el pecho de ella. Ella se abre como nunca. Los  gritos y gemidos rebotan y estallan en los 130 metros de departamento vacío.

La lluvia ha cesado. Ellos también. Se han quedado abrazados, ella sentada sobre los cajones del ropero, él de pie frente a ella. Sus cuerpos se mueven al compás de sus respiraciones. Se sienten tan seguros dentro del abrazo del otro. Ni siquiera se han presentado. No saben o no recuerdan sus nombres, pero en ese segundo se sienten el uno del otro y es todo lo que importa.



1. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

21 mayo 2010

Valentín Gómez 3701, 5° “B”

Un beso profundo. De esos en que la boca de uno se hunde en la del otro, carnosa, de labios calentitos. Un beso de esos en los que te quedás, de esos que no querés que terminen nunca. No querés que tus labios, tu lengua, tu saliva se separe de la del otro. No querés que tu cuerpo deje de estar pegado a la tibieza del otro y mucho menos que cese el cosquilleo creciente en la entrepierna. Solo querés apoyar el pecho en el otro pecho y sentirlo más, y más… pero no… la boca gana. La boca sigue siendo el centro del momento y podrías estar así,  toda la hora, toda la noche, dibujando círculos imperfectos con ese beso.

Silencioso e intenso, así es el instante del adiós entre ellos. Saben que cuando separen las bocas, los labios, los alientos, la lengua y la saliva es posible que el mundo se derrumbe. No es que haya mucho construido. Solo ese beso. Lo único contundente y sólido entre ellos.  El resto es  tan endeble que puede evaporarse en un segundo.

Ese beso, es el primero que se dan en sus vidas, y los acaba de tomar de sorpresa entre la habitación y el living vacíos del 5º “B” de Valentín Gómez 3701, tres ambientes luminosos, con balcón, al contrafrente, orientación norte, un mes de depósito y dos de comisión.

Mientras ella enumeraba las ventajas de la propiedad y el eco de su voz retumbaba en el departamento vacío, él no podía dejar de mirarle la boca y los ojos cristalinos. Algo irremediablemente seductor había en sus gestos. Algo que lo sorprendió y lo asaltó ni bien se presentaron en la puerta del edificio. Pensó que estaba loco, que no se puede sentir eso, pero lo sentía, mucho no la escuchaba, solo la miraba y asentía, y el mundo se volvió su boca…

…Y él, por primera vez en años, siguió el impulso dispuesto a afrontar lo que venga, y la besó. La tomó de la cintura y la puso contra la pared, y la besó. Se hundió en su boca y casi un poquito en ella.

Ella se dejó besar. Tembló apenas, lo que a él le dio aún mas satisfacción… lo estaba aceptando. Aquella perfecta extraña lo estaba aceptando.

Cuando el beso terminó, se miraron en silencio un segundo. Ella tragó saliva, él también. Nadie se animaba a disparar la primera palabra y por suerte nadie lo hizo. Ella tomó aire, sonrió y esta vez lo besó ella.

Otra vez el tiempo se detiene y no sabe cuánto es que están así, besándose. Pero cuando termina se da cuenta que tiene los ojos cerrados. Los abre y ella también los tiene cerrados. Está agarrada a su hombro y él no la siente una extraña. No recuerda su nombre pero no la siente una extraña.

Cuando bajan en el ascensor, ella le pregunta si le gustó el departamento y él le dice que no estaba mal, que lo va a pensar, y ella le da la ficha de la propiedad y le dice que se puede hacer una oferta interesante, los dueños están apurados. Él le dice que gracias. Se despiden en la puerta, ella camina hacia Bulnes y él hacia Corrientes, hacia la parada del colectivo. El sol cae. Los dos sonríen. Los dos se sienten los dueños del mundo. Los dos tienen ganas de darse vuelta y saludar al otro o mirarlo irse, pero ambos saben que eso puede llegar a romper este final perfecto. Pocas cosas perfectas han logrado en la vida. Este instante lo es. Han vivido algo muy intenso y tienen la fuerte convicción de que no se volverán a ver nunca más. Nunca más.



13. FLAVIO Y MAGA

7 mayo 2010

La dimensión desconocida

“A dónde?” Pregunta nuevamente Flavio, extrañado. “A Santa Clara”, le repite Hormiga. “Mi prima me presta la casa”.  Y Flavio le dice: “La verdad que no te puedo creer”. “Yo tampoco” dice Hormiga “Hace dos años que no me tomo vacaciones. Dos años hace que no salgo de la ciudad y no me había dado cuenta”. “Dos años” repite Flavio. “Sí, desde que nos fuimos a Merlo, te acordás’”. Y Flavio asiente mientras mete a Sanyi, la gata de Sanyi, ex Cigala, dentro de la jaula que trajo Hormiga. “Seguro que Sanyi no la quiere?” pregunta Hormiga”. “No” dice Flavio seco. “No le preguntaste”, acota el otro.  “No” confiesa Flavio. “Ni le voy a preguntar. Cuando me diga algo le digo que se escapó de vuelta”. Hormiga se ríe. “Che, qué mala onda mentir así”. Flavio lo mira con sorna: “Tuve un buen maestro”. “Yo ya no miento más, sabias?”. “No” dice Flavio “Qué pasó?  Te dejo de ver una semana y cambiás completamente, hasta te vas de vacaciones”. “Sí” dice Hormiga “Eso es culpa de Maga”. “Maga?” “Sí, la chica que conocí. La que le llevó la gata… Sabés quién es? La rompe que siempre llegaba los viernes a última hora al negocio, la que yo te llamé mil veces para pedirte ayuda con las películas para recomendarle… te acordás?” “Ah, sí…” dice Flavio…. “Es divina, y no sabés qué linda”  “Y qué,  estás enamorado? Te vas con ella de viaje?” pregunta Flavio algo celoso. Hormiga lo mira, sonríe y dice: “Ni en pedo. Es una amiga”. “Una amiga? Si vos no tenés amigas”. “No tenía” acota Hormiga “No podía, pero ahora sí… y sabés por qué? Porque me di cuenta que estaba enojado con las mujeres”. “Enojado?? Dice Flavio “Por qué?”. “Ni idea, a tanto no llegué, pero estaba muy enojado… por eso puteaba tanto a Sanyi también y me parecía una chota”. “Es una chota” dice Flavio. Hormiga lo mira con compasión: “Pobre no es chota… y cuando se te pase la bronca a vos, te vas a dar cuenta que la relación ya estaba y que ella por lo menos tuvo huevos para jugar algo, para hacer algo”. “Ah,  ahora la culpa es mía” resopla Flavio. “Nadie tiene la culpa, Flavio, pero ya está. Por suerte soltaste. Y ella también. Ya está. Game over” y lo mira al otro con ternura . “Te voy a extrañar, macho, cuando vuelva armemos algo para salir… ” Y le sonríe amenazador: “Eso sí, cuidame bien el boliche”. Y se abrazan un segundo más de lo normal y se miran al salir del abrazo y se sonríen chiquito y se palmean el hombro y parece que van a decirse algo más, que a los dos les cuesta terminar el momento, pero no…  Hormiga agarra la jaula, abre la puerta y silbando la cortina de “La Dimensión Desconocida”,  se va.

Viernes 21:57

Flavio está tan contento. El también se tomó una semana de vacaciones. Dejó la isla de edición y reemplazó a Hormiga en el video. No puede creer estar hablando con tanta gente por día. No puede creer estar recomendando películas y contarlas, ver a la gente en vivo y en directo. No puede creer que haya una vida detrás de la pantalla de la compu. O delante. Es viernes, ya se termina casi la semana y su reemplazo. Lo va a extrañar. Tanto que empieza a pensar en asociarse con Hormiga en el negocio o en poner otro, no sabe bien qué, pero ya sabe que a la isla no vuelve. Y con la felicidad y la excitación de un náufrago que ha avistado al barco que lo salvará, toma las llaves para ir a cerrar la puerta del local.  Está poniendo la llave en la cerradura cuando siente que golpean el vidrio, levanta la vista y la ve. Ella golpea el vidrio y le hace señas de que le abra. A Flavio le viene a la cabeza la voz de Hormiga: “…la rompe que siempre llega los viernes a última hora al negocio, la que yo te llamé mil veces para pedirte ayuda con las películas para recomendarle… “ Es linda,  piensa Flavio, tiene razón Hormiga… es  muy linda. Maga le sonríe y Flavio siente un escalofrío que le recorre el cuerpo. “No, no puede ser” Piensa y abre la puerta. “Hola” dice ella sonriente. “Hola” dice él, nervioso. “Perdón, está abierto todavía, no?” “Sí!” Sentencia él y la hace entrar. Ella pasa y le aclara que le tenga paciencia que no sabe bien qué llevar. Él cierra diciéndole que todo bien. Ella, mientras mira las tapas de las películas por las que van pasando, lo acribilla: “Con Hormiga es mas fácil, me conoce re bien, él siempre me recomienda cosas perfectas”. Flavio no se achica:  “Querés que te recomiende yo… mirá que puedo ser como Hormiga o mejor…” Ella lo mira de costado: “No creo, él jamás se equivocó con ninguna que me recomendó…” “Teneme fe” le pide él y va hacia un estante y agarra un película y se la da sin dudarlo, “Soñar, soñar” de Leonardo Favio. Ella mira la cajita un instante y en ese tiempo él anota algo en un papel. “Vos estás seguro? dice ella, “No me gusta mucho el cine argentino”. Y él le extiende el papel y se la juega: “Es mi teléfono, llamame cuando termine la película y me contás.”

Soñar, soñar

Flavio está en el sillón, con la campera aún puesta, en la misma posición en la que llegó del videoclub, mirando el reloj del celular. Ha calculado el tiempo en que ella tardó en llegar a su casa, un tiempo lógico para hacerse una comida o comer algo recalentado y la duración de “Soñar, soñar” : 85 minutos. Ya se ha cumplido el tiempo y ella no lo llama. “No le gustó. Fracasé. No va a llamar”. Y se siente hundido por un segundo, un segundo que es como un abismo o un acantilado, un segundo que le duele justo por debajo de las costillas, un segundo que podría sepultarlo y/o catapultarlo a la calle o a la cama, pero no… no se catapulta ni se sepulta, solo mete la mano en la profundidad del bolsillo de su pantalón y saca la chapita en forma de corazón con el celular de Maga. La ha llevado con él desde que la encontró tirada, como un amuleto. Mira su pata de conejo, y sin pensarlo más, la llama. Oye el tono de llamada. Una y otra vez. Nadie contesta. Flavio sufre, el acantilado, el abismo vuelven aparecer contundentes, pero él los espanta y sostiene… y sostiene, y el milagro sucede. “Hola…” dice Maga con la voz estrangulada. “Hola” dice él “Maga?” “Sí, dice ella, quién habla?” Y Flavio siente unas  ganas enormes de cortar porque se le ocurre que la interrumpió en un mal momento y que ella ni vio la película o la vio y no le gustó y ahora está en otra historia por supuesto mucho más importante, por supuesto con otro tipo, mucho más lindo, mas inteligente, con más plata y hasta con más pelo que él…  pero no, sostiene, vence nuevamente el vértigo y dice: “Flavio habla…” y la voz de ella cambia por completo y le dice: “Flavio!!! Qué bueno que llamaste… la gata esta se comió el papel con tu teléfono y no sabía cómo llamarte.. y se queda… “De dónde sacaste mi teléfono…?” Él se queda en silencio… un segundo… y luego arroja: “De la ficha del Video Club…”  “Ah, claro” dice ella…   Y él no le da tiempo y nervioso al extremo manda: “Y… te gustó?” “No” dice ella “Me encantó. Me enloqueció. Tenías razón, sos mejor que Hormiga recomendando… él me recomendó muchas pero como ésta ninguna… ” Flavio sonríe, siente que el mundo se le ensancha, que de repente el horizonte está mucho más allá de Congreso… y se acurruca en el sillón y le pide a Maga que le cuente… todo…  Y ella se ríe y le empieza a hablar de la película y de todas y cada una de las cosas que le gustaron… y juntos van desgranando la película y sus vidas en una conversación que dura toda una noche. Una noche de una profunda intimidad y alegría que los hace sentir plenos y les regala la promesa de una nueva vida.



FIN FLAVIO Y MAGA

12. FLAVIO Y MAGA

30 abril 2010

“Presente, señorita”

Flavio abre la puerta y ella está ahí. Ella. Sanyi. Y su perfume. La hace pasar, ella entra con ese andar felino de conquista, ese leve moverse de la cabeza, histérico, dando lugar a un juego que hace mucho que no juegan. Él lucha con su voz interna que le dice: “Sos un boludo, te cagó y vos la invitás a cenar”. Cierra los ojos y se pide para adentro no escuchar más eso. No torturarse más con lo que pasó. Vivir el momento, el instante. Ella en su avance por la casa elogia las velas que él encendió, elogia el olor a la carne con curry que sale del horno, el cuadro nuevo que colgó y la remera que se puso. El elogio excesivo irrita un poco a Flavio. Pero cree que es por dolor. Por la puta voz interna detractora de Sanyi. Él le pide que se siente a la mesa que la comida ya está y ella lo hace. Él va a la cocina y saca la carne del horno. El olor es delicioso. Pero no bien apoya la bandeja con la colita de cuadril sobre la mesada, y hunde el cuchillo para cortarla, ni bien la hoja entra en la carne jugosa, crocante por fuera y sangrante por dentro, como les gusta a los dos, una pregunta enorme que lo abarca todo se le viene encima: “Qué estás haciendo?” “Qué carajo estás haciendo?!” y cómo si le trajera las respuestas, Sanyi entra en la cocina y dice: “Necesitás ayuda?” Él la mira. Silencio entre ambos. Esa sensación de tiempo detenido. “Está preciosa” piensa él. Y ella lo mira a los ojos, sabiéndose dueña de un poder infinito: “Estás bien, Flavio?” Él la mira y no, no está bien. Ella se acerca más y él, de una, se le tira encima y la besa en la boca. Sanyi trastabilla sorprendida, casi se cae. Fue algo bruto el movimiento, pero ella enseguida corrige y se agarra del cuello de Flavio. “Que rápida es” piensa él, “que bien se mueve”. Y la besa y la acaricia de arriba abajo, recorriendo el cuerpo que ha amado durante tres años. Se siente seguro y excitado. Se besan desesperados, desaforados, de una manera nueva y contundente. Ya no importa la carne, la cena, ya no importa quién tiene la culpa, ni el dolor ni la ausencia. Van a hacer el amor como nunca, como siempre y Flavio se siente feliz de estar viviendo el presente.

“No” dice Maga. “Está bueno”. Hormiga le pide que no le mienta. Sabe que es pésimo cocinando. Ella le dice que el mentiroso es él. Hormiga se ríe. Ella le dice que no es comida gourmet, son unas salchichas con huevos fritos. “Pero me gustan”. “Te gusta cualquier cosa” dice él. “No” dice ella “la verdad que no”. La verdad que la mayoría de las veces no sé lo que me gusta”. “Es imposible eso” dice Hormiga. “Uno siempre sabe lo que le gusta, lo siente en el cuerpo”. Y ella dice que no, que ella no lo siente. Que está por momentos como anestesiada. Muchas veces se da cuenta que siente dolor cuando ya hace rato que está llorando y no entiende por qué. “Soy negadora” dice “muy negadora, hice del ir para adelante tapando lo que siento, un leitmotiv y ya no doy mas”. “No se te nota” dice Hormiga. Ella lo mira desconcertada: “No?” “No” sentencia Hormiga. “Perdoname pero a mí me mostraste una amplia gama de emociones en un corto lapso de tiempo”. Maga sonríe y dice que este momento, hoy, es diferente. “Y todo es culpa de Sanyi” “Qué?” dice Hormiga. “La gata esa…” aclara Maga… “es como que me abrió. Tenerla y perderla me hicieron darme cuenta lo sola que estoy y lo metida para adentro. Y no me gusta, no quiero eso más en mi vida. No sé como mierda se hace pero no quiero más eso. No quiero más cenar sola, no quiero más despertarme sola los domingos… Sabés cuántas noches hace que duermo sola?” “No” dice él “ni idea”. “270 noches” dice ella. Él le sonríe y dice: “Yo hace 340. Te gané.” Y se ríen juntos. Y ella se ríe y llora y le dice: “Ayudame, tengo que recuperar a Sanyi, no se por qué pero siento que ella es la clave para que yo empiece a ser feliz”

Sanyi y Flavio yacen en la cama boca arriba, desnudos, sobre el acolchado nuevo. Ella sonríe, se acomoda el pelo en un gesto que vendría a equivaler a: “qué buen polvo, estoy feliz” y se acurruca junto a él. Flavio tiene los ojos cerrados y una expresión que podría significar: “Estoy exhausto, que polvazo” Pero no. significa otra cosa. “Estoy exhausto, que polvazo, cuánto esperé esto y sin embargo ahora quiero que se vaya, cómo se lo digo sin que piense que es revancha y sin que haga un escándalo” Abre lo ojos y la mira. Ella le sonríe y le pregunta: “Estás bien? La pasaste bien?” “Sí” dice él. “Muy bueno”. “Qué lindo” dice ella “Qué lindo volver a sentir tu cuerpo”. “Sí” dice él, “pero tenemos que hablar”. “Después” dice ella, “Flavio, no nos enrollemos, vivamos el presente”. Y él la mira muy calmo, es la clase de comentario de ella que odia y que ahora se da cuenta que odió siempre, esa parte didáctica fascista de Sandra, esa manera de decirle que él no sabe y ella sí, esa manera de decirle que tiene que aprender de ella ciertas cosas. Pero está vez algo cambió. Él cambió. Y no se enoja. Y le dice: “Estoy en presente Sanyi, mi presente y pasé un momento genial con vos, que nos lo debíamos, que yo tenía muchas ganas de que suceda, pero ahora, en este segundo, en este instante tan profundo, siento deseos de estar solo y siento que ya está. Que estuvo bueno y que es un final. Ese es mi presente”. Sinceramente Flavio creyó, por la sonrisa de ella, que se lo iba a tomar bien, pero no. Hizo un escándalo y se brotó. No soportó que el presente no sea como ella quería y había planeado. Y Flavio, entiende todo, o parte. Entiende qué le ha dolido y le duele tanto de ella. No es que lo haya ignorado y ninguneado cuando lo dejó. No, es darse cuenta que siempre lo ninguneó. No importa más que lo que ella quiere. Y se siente tan aliviado. Durante estos meses lo torturaba pensar qué había hecho mal, qué hizo mal para que ella se vaya. Y ahora se da cuenta de que no es él. Es ella, que no lo puede ver. Y no sabe cómo, están peleando en el comedor y no sabe cómo, él abre la puerta y ella se va. Y él cierra y vuelve a sentirse aliviado otra vez. Sabe que ya está. Que no es posible terminar bien con Sanyi, porque ella nunca va a admitir que él pueda tomar una decisión por él mismo. Flavio, en pelotas en medio del living, sube el volumen de la música y se pone a bailar desaforadamente. Un circulo terminó. Se siente libre, y con ganas de ser amado y de amar como hace tiempo no sentía.