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7. ANA Y EL GORDO

26 diciembre 2009

Border Lines. Bordeando Parque Chas.

Con paso apretado. Con dientes apretados. Con dolor apretado, Ana avanza por Triunvirato y dobla en Alvarez Thomas. Hace tiempo que sabe que salió del campo visual del Gordo, pero igual ella sigue caminando para él. Como si él pudiera seguir viéndola. Como si el Gordo más que en la terraza de su casa estuviera sobrevolando el cielo de Parque Chas. Sobrevolando la vida de Ana. Recién cuando dobla en Alvarez Thomas, se relaja y deja de caminar y se apoya en una pared y toma aire. Y piensa. Que hago? Que hago? Y ve un taxi. Tiene la idea de tomarlo. Pero no puede, sabe que no puede. Busca en su cartera el celular y no lo encuentra. Busca en sus bolsillos. Tampoco está. Y se entra a desesperar. Se da cuenta que no lo tiene. Lo perdí. Dónde? Cuándo? Y hace memoria. Y como un rayo pasa por todo lo que ha vivido ese día.

Gordo Ana, pantuflas, soy tu comodidad, Javi Ana calle lo dejo, Javi Ana hotel la deja, Gordo Ana implosionan, explotan y suena la alarma. Va y viene de las imágenes.

Y se da cuenta que dejó su celular en el telo. Que Javi lo debe tener. Se siente al borde del abismo.

Y toma coraje y se dirige al único lugar donde puede llorar tranquila en todo Parque Chas.

La Camiseta en la Percha.

La camiseta de All Boys del Gordo está colgada en el placard. La que usa para ir a la cancha. El Gordo la mira y la descarta. Ama esos colores, ama esa tela sintética, pero necesita algo más neutro. Algo que no lo haga transpirar, que no le provoque ese olor rancio que le saca el ser hincha. Sigue buscando entre su ropa y sabe que todo lo que le gustaría ponerse, todo lo que lo hace sentir mínimamente seductor, no le entra. Odia admitirlo, pero no va a encontrar en el placard nada. Cierra la puerta enojado, como si la culpa fuera de otro. Y se queda mirando la ropa de Ana tirada en el piso, como un reguero absurdo…

Algunas perchas caídas, un zapato tirado y el otro dentro del placard, un par de bombachas al pie de la cama deshecha, como un puñado de pasto para los reyes magos que se quedó olvidado. Se pone mal. Fue violento. Fue un mal momento.

Y junto con un ardor que le sube del estomago, le vuelven los flashes de los ocho peores minutos de su vida. Peores que los que esperó cuando estaba por nacer Virgilio y el médico no salía y no salía… peores que cuando a los tres meses de novio la Rusa lo dejó porque no quería compromisos serios. Peores que la 1050, que el efecto tequila que lo fundió y hasta que el corralito. Fue horrible, horrible y el ardor se le intensifica.

Todo pasa velozmente, La Rusa roja, con los ojos inyectados en sangre le grita que no le tiene miedo!! Y él le dice que tampoco!! Y que venga la cana, la montada, el ejército, él de su casa no se va!! Ella gira y se va al cuarto, él la sigue, la retiene del brazo, ella se suelta, gritando: “Soltame, animal!!!” El Gordo shockeado por oírla decir esto y dándose cuenta que le apretó mucho el brazo, la suelta y ella huye de él. Entra al cuarto, abre el placard temblando, y saca algo de ropa, toma un montón con las manos, como si fuera tierra, como si estuviera trasplantando una maceta y busca donde meterla, y no ve nada y de los nervios, no encuentra el bolso… ni la valija, y el Gordo le dice que deje eso. Que hablen, que está loca. Y ella le grita que no quiere volver a verlo en su vida, que se vaya, que la deje en paz, que ya lo va a llamar su abogado… y el Gordo le dice que la corte que ya le conoce ese personaje de ácida, agreta, fin del mundo.

“De qué abogado me hablás, Rusa???

Pero ella sale del cuarto chorreando ropa y al pasar agarra una mochila de Cars de Homero, que está en una silla junto a la puerta del cuarto de los chicos y mete dentro su ropa y sigue su camino hacia la calle. Y el Gordo la quiere alcanzar y resbala, una de las pantuflas se le traba en el parquet y se cae. El Gordo grita. Ella se frena, lo miraParece que va a volver a ayudarlo, pero no, sigue. El se levanta dice: “Ana…” masculla un Ana… pero ella sigue hacia la puerta

Se sienten los chirridos de las gomas de los patrulleros que frenan. Las puertas que se abren.

“La policía” dice él, “Ana”… Pero ella no lo mira. Solo le dice: “Feliz Navidad, Feliz año nuevo, Feliz cumpleaños… que tengas una buena vida” y abre la puerta. Al mismo tiempo que el Gordo abre la boca al máximo de sus posibilidades y cree que grita desesperadamente: noooooooooooooooooooooooooooooooo!!!!!! Su boca está abierta, muy abierta, muy abierta… pero ningún sonido ha salido de ella. El Gordo desde sus entrañas siente que ha gritado como nunca. Pero nunca dijo nada.


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6. ANA Y EL GORDO

18 diciembre 2009

Ocho Minutos después.

Londres 2056. Silencio en la calle. Silencio en Parque Chas. Un patrullero se detiene frente a la casa de Ana y El Gordo. La sirena suena ronca, un instante. Un segundo patrullero aparece rápido y frena con chirrido de gomas. Los siguen dos policías más en moto. Un gran operativo.

Los dos policías del primer patrullero se bajan mirando la casa como si fueran a traspasarla con su visión de rayos X, uno se hace el duro y se acomoda la cintura del pantalón. El otro, mastica el chicle más fuerte y más rápido y roza su arma como corroborando que está ahí.

Los del segundo patrullero directamente abren las puertas y se colocan en posición de tiro.  Parece una escena de alguna película yanqui, podría ser cualquiera de sábados de súper acción, salvo por la cumbia que sale de la radio del patrullero: “Mala” de El Gordo Luis.

Los policías que van al frente, llegan hasta la puerta y tocan timbre que se oye clarito, nítido. Nadie contesta. Los policías se miran entrecerrando los ojos. Como diciendo: “Ajá…!” Y vuelven a tocar. Nada. Silencio. Tensión. El más bajito, el que no deja de masticar chicle de una manera asquerosa y compulsiva, le dice al otro: “ Entramos?” Y El otro no le responde, pero toma aire fastidioso, omnipotente. No se sabe si va a sacar un pucho o va a agarrar la puerta a patadas. Pero no suceden ninguna de esas dos cosas, porque en ese mismo momento la puerta de casa se abre. Todos los policías miran. Los que están parapetados en el patrullero, preparan sus armas.

Del interior de la casa, oscuro, oscurísimo, emerge Ana. Los canas la miran… “señora… está bien?” Ella los mira pálida, aferrada a una mochila de “Cars”.

“Señora” – repite el que está al mando. “Está bien?”

Ana lo mira y le dice que sí, que está bien. El cana le dice que sonó la alarma. La señal de pánico. Los mandaron de la comisaría 39.

Y ella les pide disculpas. Pero es un error.

El cana se pone molesto. Se agranda. Viendo que no hay ladrones, que no va a haber enfrentamientos, que su vida no corre peligro alguno, se pone soberbio con Ana.

“Cómo que es un error?” Dice él.

“Sí” dice Ana. “Un error. Se ve que se disparó sola”.

El cana le dice que esas cosas no se disparan solas y su compañero asiente. Y los del patrullero ya están en otra, buscando en el dial otra radio donde pasen cumbias.

Ella le dice que disculpe, que no sabe, que se tiene que ir. Y el cana la hostiga, insiste queriendo hacer valer su poder. Le dice que no se puede ir, que les tiene  que firmar el informe. Ana temblando le dice: “No puedo, ahora viene mi…” y se corta… y duda que decir y termina diciendo: “ahora sale mi marido… él los va atender… yo me tengo que ir… acaban de llamarme, internaron a un familiar…” Y no les da tiempo y se va. Mientras se aleja,  siente la mirada de todos los policías clavadas en su espalda…

Las siente como agujas, pero no le importa en lo más mínimo. Hay otra mirada que siente más punzante, más hiriente. La del Gordo.

Ella sabe que él la está mirando irse. Sabe, después de los 8 peores minutos de su vida, que el muy maldito del Gordo la está mirando irse. Está monitoreando cada paso que ella da, cada zancada que la aleja de la casa. Sabe bien eso. Sabe que cada paso es una puñalada para él. Y no piensa darle el gusto de detenerse…

La Frontera .

Ana no se equivoca. Desde la terraza, parapetado, agazapado como un ladrón, como un animal herido, el Gordo la espía irse. Con los dientes apretados, aferrado a su bata, sintiendo que su panza choca contra la pared de la terraza. Su mejilla roza el salpicré que siempre odió y que ahora le está rayando la piel. Le duele la piel. Pero no le importa. No puede más que seguir atento a Ana. Está seguro en cada paso que ella da, que va a detenerse. Que no va a seguir adelante con esto. La ve cruzar la calle La Haya y se dice: “ es el impulso, ya va a frenar” pero ella sigue. Y él se tiene que correr un  poco de donde está para verla y ella sigue avanzando y cruza la calle Ginebra y a él le tiembla el estómago. Y se estira más y con pánico ve que ella ya está llegando a Triunvirato. La Avenida. La Frontera.

El Gordo tiene miedo. Por primera vez en mucho tiempo tiene miedo. Ella no ha volteado la cabeza ni una vez. Y  se  hace un puntito cada vez más cerca de Triunvirato. El Gordo se corre el pelo de la cara y pide para adentro:

“Qué no cruce la avenida, que no cruce la avenida..” Sabe que si ella cruza Triunvirato, La Avenida, La Frontera, sabe que si ella cruza y sale de Parque Chas… nada tendrá vuelta atrás. Nada.

Ana cruza la calle Ginebra y siente que se le acelera el pulso. Y los pasos se le hacen más rápidos. Y para dentro dice: “mirá, Gordo… mirá lo que hago… tomá!!!” Llega a Triunvirato, La Avenida, La Frontera y se siente como si hubiera llegado al mar. Sonríe. Es feliz. Va a cruzar y no va a volver nunca mas!!! El semáforo se pone… el muñequito blanco la mira desde el otro lado de la Avenida. “Tomá Gordo, tomá!!!”

Y va a bajar a la calle por la senda peatonal, pero no puede. De pronto, no puede. Una angustia enorme, como un balazo de cañón le atraviesa el pecho. No entiende nada, ha fantaseado esto muchas veces. Lo ha soñado incluso. Pero ahora no puede. No puede hacerlo. Y se encuentra parada frente al cordón de Triunvirato, La Avenida, La Frontera… Y no puede… no puede hacerlo. El semáforo cambia. Ana se ha quedado ahí estaqueada, mirando como el grueso de la gente cruza. El semáforo cambia. Los autos avanzan. Ana mira la avenida con odio. Gira y comienza a caminar aferrada a la mochila de Cars,  por Triunvirato hacia Avenida de los Incas, bordeando Parque Chas.



El Gordo se deja caer en el piso de la terraza. No cruzó. No pudo irse!!!! Va a volver!! Se dice. Y mira el cielo y sonríe. Se siente por un segundo feliz. La idea de que ella no cruzó Triunvirato, la Avenida, la Frontera, lo acerca a la idea de que ella aún lo sigue amando. Toma aire y se ríe. Debería bañarme, cambiarme y esperarla. Pedirle disculpas. Y se ríe. NO. No pudo irse. No me pudo dejar. Ella se fue, pero no me pudo dejar. Es ella la que está en falta. Que venga al pie. Sí, que venga al pie. Y se siente canchero. Ganador. Por un segundo se siente bien. Pero al segundo siguiente esas mismas frases le hacen mal. Se siente miserable por pensar eso, por especular con ANA, pero no sabe exactamente por qué. Cree que algo anda mal. Que él también hizo algo mal. Pero no sabe bien qué. Y es que él es así. Nunca quiere pensar por qué. El Gordo cree que lo que pasó, pasó y ya está. No hay que darle vuelta a las cosas, dice. Todo es más simple. No hay que pensar tanto. Dice. Él, que no para de pensar nunca. Debería bañarme, cambiarme y esperarla. Va a volver. En menos de una hora, va a volver. Y me va pedir disculpas y yo también le voy a pedir disculpas. Y descorchamos un vino y le doy de tomar en la boca. Y le hago unos mimos y ella se acurruca en mí y me dice: “Gordo… no me hagas más esto…” y yo me voy a reír y le digo: “Ana, Anita, Rusa, Rusita, qué lindas tetas que tenés…” Sí, me tengo que bañar. Y le sonríe a una nube que para él, tiene forma de la Unión Soviética.


5. ANA Y EL GORDO

11 diciembre 2009

Encendiendo la mecha.

Ana se baja del taxi frente a su casa. Londres 2506. Parque Chas.

No hay muchos taxis por Parque Chas, para agarrar uno siempre hay que ir a una avenida, a Triunvirato o a Avenida de los Incas. No bien abre la puerta, hay otra pasajera esperando para subirse.

Es Marilda. Ana no entiende. Marilda, seca, le dice: “su marido, el Gordo, me echó. Mañana la llamo por lo que me deben”. Y no le da tiempo a nada más, cierra la puerta del taxi y le dice al tachero: “Lacarra al 3.000.”

Ana entra a su casa furiosa, el dolor se le transformó en ira en solo 20 metros. La echó! A Marilda! Quién mierda se cree que es para echar a Marilda???!! Quién mierda se cree que es???!! Y avanza por la casa buscándolo, los ojos inyectados en sangre, la yugular hinchada.

Y se dice es culpa mía, es culpa mía porque yo avalé esto. Esto qué? Piensa. Y se contesta. Este abuso permanente, este cagarse en mí como si yo no existiera, como si estuviera dibujada, este ninguneo. Primero todo bien y después en la primera de cambio se cagan en vos. Te desaparecen. A mi no me puede estar pasando esto! Son todos una mierda. Una reverenda mierda!

Y en eso… la presa aparece en el ángulo de tiro. El Gordo asoma desde la cocina, en bata y pantuflas, y la mira desencajado.

– Dónde mierda estabas, Rusa??

Y ella por primera vez en todo este tiempo, no se justifica, ni trata de calmarlo, ni nada… por primera vez, explota.

– Quién te creés que sos para echar a Marilda?

– El dueño de casa… Te suena?

– Me recontra suena – dice ella – el dueño de casa que no tiene ni la mas puta idea de nada de esta casa… el dueño de casa que le chupa un huevo la casa y la gente que vive adentro, pero que se brota y echa a la única persona que se ocupa de esta casa!

– Me hablás como si la hubiera echado a tu vieja!

– A mi vieja también la echaste!

– Es una bruja tu vieja y Marilda también! Loca, es grave!! Sale marrón el agua de las canillas.

– Así saliera mierda – dice Ana – eso no es lo grave, lo grave es que esto no tiene solución, que no soporto más vivir así, que no te soporto más Gordo, que ya está, que ya fue… que no voy a tolerar uno solo de tus abusos más.

– Abusos?! Vos estás loca, sale marrón el agua de la canilla, que tiene que ver con nosotros?

– Todo, deja de hacerte el boludo Gordo… todo es una excusa para pelear, para decirme cosas horribles… para hacerme cargo de cosas que vos jamás podés hacer, estoy harta de cargar con vos.

– Y yo estoy harto de que me trates así, como si me hicieras el favor de quererme y de ser mi mujer… de que me trates como a un inútil, que no te importe lo que me pasa. Estoy mal. Hace 14 meses que no duermo de noche.

– Por suerte!!! Me pase años sin dormir por tus ronquidos!!!

– Y el egoísta soy yo… Vos estás loca.

– Ya está Gordo. Ya está. No doy mas. Cambiate ya, y andate! Andate de mi casa!

– Yo no me pienso ir… si te jode esto andate vos… yo estoy bien así.

– No me provoqués, Gordo… Andate.

Pero el Gordo no afloja y Ana tampoco. Están frente a frente, enardecidos. Echándose. Ninguno afloja. Ninguno quiere dejar el fuerte. Ninguno quiere ser el que se vaya. Los gritos crecen, los rostros se inyectan de sangre. Ana se acerca al display de la alarma.

– Andate ya o te juro que toco el botón de panic alarm y van a venir los patrulleros y te hago sacar con la cana…

– Qué conchuda que sos!! dice el Gordo, miles de veces te expliqué como funciona esa puta alarma y nunca entendiste nada… y ahora resulta que sabés perfectamente cual es el botón de panic alarm. Qué conchuda que sos!!!

– Andate Gordo.

– Es mi casa no me voy!!!!

– Es mi casa te vas!!!

Y Ana aprieta el botón de la alarma de pánico. Los gritos cesan. El Gordo la mira sin poder creerlo.

Ella temblando dice: “tenés ocho minutos antes de que caiga la cana”.

4. ANA Y EL GORDO

4 diciembre 2009

La Llave de paso.

“De todas las canillas sale oscura el agua” Dice Marilda “ ve?” Mientras abre la canilla de la cocina y el Gordo mira salir el agua marrón. El Gordo asiente y la mira con odio: “Y qué quiere que haga?” “No se” dice Marilda “algo, usted no fue al industrial?” Y el Gordo le dice que fue hace treinta años al industrial y solo hizo una jarra de lata… “Sí”, dice Marilda “la que está colgada ahí”. El Gordo mira la jarra de lata y dice: “quién puso eso ahí?”

“La señora, cuando se mudaron acá.”

“Hace diez años que eso está colgado ahí?” Marilda lo mira como si fuera a asesinarlo con un cuchillo Tramontina y dice: “no se, yo hace cuatro años que estoy con ustedes…” Se asoma Homero, el hijo menor, vestido de boy scout, pantalón caqui, camisa caqui, pañuelo y un banderín en la mano que dice “Patrulla Zorro”. Y le dice al Gordo: “papi, me arreglás el banderín”. El Gordo toma el banderín y le dice que no tiene que ir a los boy scouts, por qué va ahí? Y el nene dice que mamá nos anotó. Dice que se aprenden cosas útiles y es amiga del tipo que guía. “ ¿Y a vos te gusta ir?” Le dice el Gordo. Y su hijo sonríe y dice: “sí a mi me encanta”. Y ahí llega Virgilio, el mayor, también vestido de boy scout y le dice al menor: “vamos…” Y el Gordo los mira: “no se vayan, el agua sale marrón”. Y el mayor dice que se lavan las manos en la parroquia. “Vamos, papá?” “Adonde’” dice el Gordo… “Quedaste en llevarnos, nos vamos de campamento a Córdoba… tenemos que llevar la carpa y las bolsa de dormir. Te olvidaste?” “No”, dice el Gordo, mintiendo… “Pero… sale marrón el agua de la canilla”. Virgilio sonríe de costado, se esperaba algo así. “Todo bien” dice, “nos cruzamos a lo de Milton y nos vamos con él, el padre se compró una camioneta”. Y el Gordo dice: “No, esperen, llamo a mamá, que ella los lleve”. Pero los chicos ya están agarrando sus mochilas, las bolsas de dormir y la carpa y salen rumbo a la puerta. El Gordo insiste: “esperen que llamo a mamá”. Virgilio le dice: “no te gastes, tiene el celular apagado, ya está, nos arreglamos solos” Y abren la puerta, le hacen un saludo con la mano al Gordo y se van.

“ Buen viaje” dice el gordo, mientras mira por la ventana a sus hijos irse vestidos de pequeños militares, de juventud nazi y se pregunta en voz alta: “Qué hice? Cómo los eduqué?” Y Marilda le contesta que no se eche culpas, “si usted no los educó, la señora Ana se ocupa de todo lo de los chicos”.
Y el Gordo mira a Marilda y se le va encima. Ella retrocede pero él ya la arrinconó contra la pared y le dice que si quiere seguir trabajando ahí que llame a la mujer ya! “Usted sabe donde está Ana, dígale que aparezca, que de señales de vida o que por lo menos  mande a un plomero. Dígale eso o dese por echada”.
Y se va para arriba. Y se encierra nuevamente en el baño. Baja la tapa del inodoro y se sienta, creyendo que haciendo fuerza con su cerebro Ana va a volver rápido y todo se va a solucionar.


No ve, no oye, no habla.

Ana se viste rápido, muy rápido. Casi ni mira lo que se pone. El Pendejo trata de frenarla, no quiere que se vaya así, quiere hablar. Decirle lo que siente, lo que le pasó. Ana, sin mirarlo, como si ya lo hubiera echado de su vida, dice con tono frío y seco, que ya sabe lo que siente él. Se enamoró. Y agarra su cartera y dice: “Me dejaran salir de acá sola?” Habla sin mirarlo como si él no estuviera.
A él le duele. Le duele que lo trate mal. Le duele verla así. Vestida y agarrada a su cartera como si fuera un salvavidas. Y él sigue desnudo, y no encuentra el calzoncillo. Ella lo mira un instante, con una mirada fulminante, hiriente y mordaz que él jamás le vio y le dice: “Feliz Navidad, Feliz año nuevo, que tengas una buena vida”. Y se va.
El masculla un: “Ana…” pero ella ya cerró de un portazo. Javi se tira en la cama. Suena un celular. Es el de Ana, se lo olvidó sobre la mesa de luz. Javi lo agarra, mira el display: “Casa” dice. Javi se lo queda mirando un segundo y luego vuelve a dejar el celular sobre la mesa de luz.

El Espejo

Ana camina buscando un taxi. El corazón le late muy fuerte. Levanta la mano y todos vienen ocupados. Traga saliva. Me dejó, le cruza por la cabeza pero enseguida vuelve a levantar la mano para parar otro taxi que sigue de largo. Sigue caminando. Mira de costado su reflejo en una vidriera, sigue. En la siguiente vidriera su reflejo nuevamente de costado la llama, se frena, se mira. Está flaca. Y va a seguir y se da cuenta que no se ha mirado la cara. Que hace mucho que no se mira la cara. Que lo evita. Que cree que se mira pero que se maneja con una imagen de ella de hace años. Le duele esta idea. Tiene que mirarse. Tiene que levantar la vista y mirarse, se dice. Pero no se anima. Y gira y frena a un taxi que se detiene frente a ella. Cuando va a abrir la puerta, se choca con su imagen reflejada en el vidrio de la puerta del auto. Se queda helada. No se parece a la imagen que tiene dentro. Está más vieja,  y está llorando.