Archive for 29 enero 2010

12. ANA Y EL GORDO

29 enero 2010

El primer día del resto de nuestras vidas o “Hablá Ana, sé que sos vos”

Amaneció  hace rato en Parque Chas. Por la ventana de la cocina de Nuria, luminosa y moderna, se ve el jardín lleno de flores de colores y pasto muy verde. Nuria lo cuida bien. La cocina es amplia y prolija. Las cortinas color pastel se agitan levemente con la brisa que entra. Todo está en calma. Tanta calma que da miedo. Es una foto detenida, silenciosa y cruel, como la de las revistas de decoración, ambientes hermosos de casas sin gente. Tan ausentes de vida que duele. La cocina de Nuria duele esa mañana, por un segundo, porque de un momento a otro, la pava empieza a silbar y Nuria entra a apagar la hornalla discutiendo con Ana.

“Por qué?” Grita Nuria.  “Porque te lo estoy pidiendo” dice Ana. “Porque lo necesito, es mi cable a tierra” “Es un celular” dice Nuria. “Que en este momento necesito mas que el agua” “Genial, llamalo al pibe y pedíselo” “No puedo” dice Ana. “No quiero volver a verlo ni hablarle en mi vida” “No seas pendeja” le dice Nuria. “Por favor” le dice Ana. “Por favor.” Y la mira con esa cara. Nuria se enoja. “Por qué? Por qué termino siempre haciendo lo que no quiero?” Dice Nuria y marca el número del celular de Ana. Ana logra que ella haga lo que no hace por nadie.  Qué es, piensa: gratitud? Imposibilidad de decir que no. “Una sola vez llamo” dice Nuria. “Si no me atiende, lo siento. Es una sola vez y le pido que traiga el teléfono.” “Acá no!” dice Ana. “Va a querer hablar conmigo.” “Y?” dice Nuria. “En algún momento vas a tener que hablar con él.” “No” dice Ana. “Sólo quiero mi celular. Mirá si me llama el Gordo. Si me llaman los chicos.” Nuria la mira. “Los chicos van a llamar desde el campamento? No contesta nadie. Corto. “Nooo” dice Ana.

Una versión de “Cae una lagrima sobre el teléfono”  bien trash, bien dark suena al palo. Javi toca la guitarra y canta. Ni bien terminan el tema, en el primer segundo de silencio en la sala de ensayo se oye un celular. Todos se miran. Javier dice: “Loco, que dijimos de los teléfonos.  Todos los músicos palpan sus celulares y todos dicen mío no es. Javi se queda. Ve que el sonido viene de su mochila. “Perdón. No dije nada.” Y va a su mochila y busca y saca el celular de Ana. En el display dice: Nuria. Javi atiende y se queda en silencio. “Hola…” dice Nuria… “Hola!” Javi no sabe si contestar o no… Nuria le dice: “Javier? Sos Javier…” Javi no dice nada…  “Soy Nuria, la hermana de Ana, ella me pidió que llame, necesita recuperar el celular…” “Sí” dice Javi “Se lo quería devolver, se lo olvidó…” “Sí, ya sé” dice Nuria y ve que Ana le hace gesto de que abrevie. Y Nuria le hace gesto de que la corte. Mientras, escucha que Javier le dice que decime a donde se lo alcanzo. “Ah… vos me lo alcanzarías?” Y ve que Ana le hace gesto de que NO. Y le habla a la hermana al otro oído del que tiene el teléfono y le dice que te lo dé en un bar. Y Nuria se la saca de encima y sigue hablando. “Anotá, Dublín 2338. Sí, también es Parque Chas”

Cuando Nuria corta, Ana está indignada. “Por qué le dijiste que venga?” y Nuria: “Para recuperar tu celular ya y no escucharte quejar más que si el Gordo te llama vos no te vas a enterar. Y porque ayer fue mi cumpleaños y como regalo me gustaría que me des la posibilidad de verle la cara al pendejo…  En serio canta?”

Javi guarda la guitarra en su funda. Enzo, el baterista se acerca. Ya te vas? “Sí“ dice Javi. Quedate, traje unas flores de mi terraza para compartir, te van a matar. Javi le dice que no se puede quedar, que tiene que hacer. Dale le dice el otro un segundo las probás y te vas. No dice Javi “Me están esperando. Y Enzo le dice  a los otros: “che, que cortado el Javi ya se va. Tenemos que hablar del show del 4 y de los temas nuevos”. Javi dice que en el próximo ensayo que se tiene que ir. Pero que cambien la fecha del 4 al 6 porque él tiene partido con los chiquitos de las inferiores de All Boys. Y se va. Enzo se acerca a Chili Willi que está armando y le dice: “En qué anda este?” Y Chilli le dice que se enamoró. “No! Cuándo?” “El sábado, fue a bailar y se enamoró.”

Cuando suena el timbre en casa de Nuria, Ana se pone muy nerviosa. Nuria va a atender y Ana le dice que no tarde mucho y que si él le pregunta no le diga que está ahí, que no le diga nada de ella. Nuria hace una venia y sale a la calle. Cierra la puerta con dos vueltas de llave. Eso a Ana la perturba, por qué cerró? Tiene miedo que salga? Qué le pasa? Y no puede con ella. Y se acerca a la ventana y espía por las hendijas de la persiana. Alcanza a ver a Nuria de espaldas a ella. Y a Javi que está tapado con el cuerpo de la hermana. Ve la funda de la guitarra. Quiere que la hermana se corra, quiere que hablen más fuerte. Quiere saber, quiere entender.

Nuria no deja de mirar a Javier que busca en su mochila el celular de Ana. Le causa mucha sorpresa que el Pendejo sea como es. Se lo imaginaba San Isidro y nada que ver. Su hermana no deja de sorprenderla. Y se queda un instante colgada mirando el brazo de Javi. Él le dice: “Acá está.” Y le  da el celular. Ella lo agarra y le sonríe. “Cómo está Ana?” Nuria le hace un gesto ambiguo levantando los hombros. “ Te pidió que no me digas nada” “La conocés bien” dice Nuria. “Está acá, en tu casa?” Y Nuria le dice: “Mirá, me pidió que recupere su celular… y que no abra la boca. “Y vos le hacés caso en todo a tu hermana.” Nuria sonríe de costado “Sos muy chiquito para cuestionar así relaciones familiares que no conocés” “ Y ustedes son muy grandes para comportarse así” Nuria lo mira, le cae bien el Pendejo. Y le dice: “Mirá, vos tenés razón, pero yo a vos no te voy a volver a ver en mi vida. Y ella es mi hermana. Probablemente estemos juntas en el mismo geriátrico y hasta la voy a tener que enterrar… o la voy a necesitar para que me entierre” Y se sonríe. Javi no, Javi no se sonríe. “Tienen el mismo humor ácido”. “Eso dicen” dice Nuria con orgullo. “No sé porque les da tanto orgullo eso”, dice Javi sacándole la ficha. “A vos no te conozco, pero tu hermana, creéme que tiene cosas mucho más valiosas que el humor ácido.  Mandale un beso. Chau” Y se va. Nuria se queda dura, paralizada. Hace años que nadie le pone los puntos así. Mientras el Pendejo se aleja hacia la esquina y ella no deja de mirarlo, escucha que Ana patea la puerta de su casa por dentro e intenta abrirla como una desaforada.


Encerrada en mí.

Ana patea la puerta y forcejea con la manija. Inútil, está cerrada: “Abrí Nuria. Abrí!!!” Grita. Y se calma recién cuando escucha la llave en la cerradura. Nuria abre y la ve inyectada en sangre. “Estás loca!!!” se dicen al mismo tiempo. “Vos!!! Como se te ocurre dejarme encerrada.” “Estaba a medio metro, no te iba a pasar nada” “Por qué me encerraste???” “Para evitar que me dejes en ridículo. Estaba segura que un segundo después de que yo le diga al chico ese que no estás… vos ibas a aparecer dejándome como una imbécil.” “Te preguntó por mí?” “Obvio.” “Y que le dijiste?” “Nada. Que sólo tenía orden de agarrar tu teléfono. Te mandó un beso.” Y le extiende a Ana su teléfono. “Lindo pibe. Maduro para ser tan Pendejo”. “Qué te dijo? De qué hablaron?” “No tiene importancia” dice Nuria. “No, sí, quiero saber todo” dice la otra. “Hubieras salido. Hubieras dado la cara. Pero no quisiste. Sólo querías ver si te llamó el Gordo. Bueno, fijate si te llamó el Gordo. Si hay algún llamado de él”. Y Ana se va a fijar. Y cuando abre el celular, suena. Nuria pregunta. “Es el Gordo?”  “No sé” dice Ana  “Dice privado”. Y no sabe si atender o no.  “A lo mejor llama con *31# para que lo atiendas.” Y Ana se apresura a atender.

Nuria comiendo una tostada de pan integral y queso crema mira a su hermana que termina de hablar con el Pendejo. Ni bien corta, Ana deja de llorar, y se seca las lágrimas. Se queda en silencio un instante. Nuria no se atreve a cortar ese silencio. Pero la mira. Ana no la mira. Traga saliva. Sólo mira su celular en la mano. Hasta que lo abre nuevamente y mira las llamadas perdidas. Y se larga a llorar, más fuerte que antes. “Qué? Qué pasa?” dice Nuria. Y Ana la mira con los ojos llenos de lágrimas. “No me llamó. El Gordo no me llamó ni una vez”.


El fin de la agonía.

Han pasado 7 días. 7 días con sus 7 noches. 7 noches eternas y dolorosas en las que Ana no dejó de desear llamar al Gordo ni una vez, pero su hermana siempre la frenó. Le pedía que respire y que espere. Que piense. Pero Ana sólo se lamenta. El Gordo Turres, ese Gordo maldito!!! Ni un mensaje de texto le mandó. Ni un mensaje de texto en 7 días y llora Ana, ante la mirada de la hermana que le dice: “Pensá, Ana… algo bueno tiene que haber tenido. Para que llores así, para que te desgarres así, algo bueno tiene que haber tenido… ese Gordo maldito.”

Sentado en una silla de playa que tiene los caños oxidados. El Gordo se ha mantenido ahí durante los últimos 7 días. No ha salido más que para ir al baño o intentar comer lo poco que le pasaba por la garganta, casi nada y de vuelta a la reposera. No se quiere mover de ahí. No se va a levantar para nada. Quiere que lo encuentren muerto. 7 días que lo dejó y ni un llamado. Bah, eso él no lo sabe porque desconectó el teléfono, para no enterarse, para que cuando llame Ana y no conteste nadie crea que él se murió…

Han pasado 7 largos días, pero tanto Ana como el Gordo saben que la agonía tiene final. Y falta muy poco. Mañana los chicos vuelven de Córdoba adonde fueron de campamento con los boy scout de la iglesia. Mañana es el día D. El fin de la agonía. El Final.

Ana y el Gordo saben que se acerca el momento de la verdad. El problema es que ninguno de los dos parece saber cuál es su verdad.

11. ANA Y EL GORDO

21 enero 2010

“Mi vida sin ti”

Son las cuatro de la mañana. El Gordo solo en la casa. Aún con la bata. Da vueltas por el lugar como si fuera un decorado vacío. No sabe qué hacer, no puede hacer nada. Y se da cuenta del error. La quiere llamar. Le quiere pedir que vuelva. Pero no quiere aflojar. Algo le dice que tiene que aguantar. Y mira el reloj. Son las cuatro y cinco. Cuánto debería pasar hasta que la llame? Un día? Dos? Y algo le grita adentro que la llame ahora que sino va a ser demasiado tarde. Y toma el teléfono y empieza a marcar el celular de Ana y corta antes de terminar. Le da miedo. Que no lo atienda, que le deje el contestador o que lo atienda y le diga de todo o peor que lo atienda y lo trate bien, calmada y él se daría cuanta que a ella ya no le importa nada, que está en otra. NO. No puede llamarla. Ninguna de las opciones le harían bien en este momento. No puede enfrentarse con nada. No. Se dice. No puedo. Tengo que ser fuerte. Tengo que esperar, Y mira el reloj, sólo ha pasado otro minuto mas. Y desespera y siente que debería hacer algo contundente, definitivo. Pero no sabe qué. Algo como lo que hicieron John y Yoko o Charly García. Algo extremo, desbordado, algo como ir caminando a Mar del Plata, o alquilar River y cantarle una canción sólo para ella, o subir hasta la ventanita del obelisco y gritarle lo que siente. El obelisco. A Virgilio lo vuelve loco esa ventanita siempre iluminada. Virgilio. Los chicos. La puta. Y mira el reloj. Han pasado dos minutos. No puede seguir así. Y toma una decisión.

Sale al patio y se sienta en su reposera. Una reposera oxidada que juntó de la calle hace dos años, que la Rusa detesta y que él nunca quiere tirar.

Se cruza de brazos y se dice que hasta que la Rusa no vuelva él no se levanta de ahí. Así pasen cinco años.


“El tren en el pasillo”

Nuria se despierta abruptamente. Son las cinco de la mañana. Mira el otro lado de la cama y su hermana no está. Se levanta y va hacia el baño. Ni bien entra, escucha la ducha y detrás el llanto de su hermana. Automáticamente, cierra la puerta del baño. No es que no quiera oír el agua correr, no soporta oír el llanto de su hermana. En el fondo siente que con ese llanto, Ana la está llamando. Quiere que vaya y le pregunte que le pasa y que la vuelva a abrazar. Y ella no puede. No puede más.

Le duele verla mal. Pero también le jode. Porque sabe lo que viene, sabe que nada de lo que le diga la va a satisfacer. Que se va a oponer y enojar con casi todo lo que ella opine. Ana no está dispuesta a escuchar, por lo menos no a ella. Nuria se siente descartada de antemano por su hermana como interlocutora. Pero sabe que desde un lugar muy profundo su hermana no entiende que es culpa de ella, su hermana no entiende nada.

Cuando termina de cerrar, Ana la llama de adentro de la ducha. “Nuria, Nuri…” y Nuria quiere arrojarse debajo de un tren, ojalá el tren bala pasara por el pasillo de su casa… como le gustaría hacerse la sorda y salir ya mismo por la puerta de calle y alejarse de ahí. Pero no hace nada de eso. Abre la puerta y dice: “Qué?” Y la hermana se larga a llorar. Y Nuria se acerca. Ana le dice: “Por qué? Por qué me duele tanto?” Y Nuria le pregunta: “Qué es lo que te duele tanto, por quién llorás? Por el Pendejo o por el Gordo?.” “No sé” dice Ana, “No sé…” y la mira… “Sabés? Creo que no soy capaz de soportar ver tanta monstruosidad junta…”

“De quién hablas, del Gordo o del Pendejo? “De mí” dice Ana. Y se abraza desnuda y mojada a su hermana. Y llora.  “De mí.”


Amanece en Parque Chas. El Gordo, Daniel “el Gordo Turres”, sigue con los ojos abiertos. Mirando al frente, respirando. Cada tanto alguna que otra imagen  de su vida lo asalta. Él no entiende por qué, no puede unirlas, no sabe por qué le vienen. Piensa que tal vez sea por estar tanto tiempo quieto. O porque sí. Pero se le cruza su abuelo Tato, llorando frente al televisor en el que estaba en blanco y negro Perón muerto en el cajón. El quería ir a la plaza a jugar al fútbol con sus amigos y su abuelo lloraba. Su abuela le trajo un pañuelo y dijo algo como que se lo merecía Perón por haber matado a Evita. El abuelo le grita que la mató el cáncer. Y la abuela no se calla: “Él fue su cáncer, no le dio el lugar que ella merecía, ella tenía que ser presidenta, no esta copera barata que nos queda ahora!!” Y el abuelo le chistó silencio. Y más allá, su madre lloraba también y él creía que era por Perón, pero ella no se despegaba del teléfono. Esperaba un llamado que fue el que la dejó de hacer llorar. Y se ve insistiendo, e insistiendo tanto que el abuelo apaga el televisor y lo termina llevando a la cancha de la placita. El Gordo niño es feliz jugando a la pelota. El abuelo llora por que se está perdiendo el velorio de Perón, se terminó una época dice. Se terminó una era. Y el Gordo que tiene la pelota, se acerca al arco contrario patea y… GOOOOOOLLLL!!!! Y pone a su equipo 2 a 0. Y se abraza con sus amigos. Y se siente mal de golpe, por  haberle quitado a su abuelo el velorio. Tuvo tantos partidos después. El abuelo murió al poco tiempo. Cómo se hace cuando uno se siente culpable por cosas tan viejas? Piensa. Necesito perdón. NO tengo perdón.  Y cierra los ojos y los abre al instante y ve que un hilo de Luz aparece en el cielo. Está amaneciendo. Y el Gordo amanece ahí. Con los ojos abiertos. Mirando la nada. Esperando que vuelva la Rusa o que pasen cinco años.



10. ANA Y EL GORDO

15 enero 2010

“Que los cumplas Feliz”

Ana le pide disculpas a la hermana. Nuria le dice que está todo bien. Ana que no, que es una boluda, que se olvidó, que no la llamó siquiera, pero con todo esto del Gordo…. Y Nuria dice que él sí me llamo. Y Ana se queda. “El Gordo te llamó? Cuándo?” Y Nuria que a la mañana. “Ah” dice Ana. “Ah, qué?” dice Nuria. “El se acordó. Se levantó y me llamó.” Y Ana le dice que te juro que no lo puedo creer. Nuria que el Gordo siempre se acordó de sus cumpleaños. Que me vas a decir ahora dice Ana que hice mal en dejarlo!!! “No te brotes”, le dice la otra, “yo dije nada más que me llamó”. “Me comparás con él”. “No te comparo nada, te dije que me llamó. Y no me tires el fardo la que se olvidó fuiste vos. Bancátela, si te jode bancátela”. Y Ana afloja, sabe que la hermana tiene razón.

Ana le dice: “perdón, perdón…” y Nuria que no pasa nada…  que igual no iba a festejar hoy. “Voy a hacer algo el sábado con amigos en el Tigre Por qué en el Tigre? Queda lejos” dice Ana. Para vos le contesta la otra. A mi me encanta ir. Y no me ofendo si no vas No mientas dice la Rusa. Me encantaría que vayas le dice Nuria, “pero si no vas no me ofendo. Tomo en cuenta que el Tigre es lejos para hacer algo por mí. “Me estás pasando la factura?” dice Ana. “No. Te digo lo que pienso. Dame la mochila. Dice Nuria y le saca a Ana la mochila que trae aún aferrada al hombro. Vení, vamos a arriba. “No” dice Ana “Arriba no, prefiero dormir con vos”.

Y se manda para el cuarto de Nuria. “Pero yo no!” dice Nuria.”Yo prefiero que duermas arriba”. Pero La Rusa no le hace caso. Nuria odia eso. Y entra detrás de su hermana en la habitación, va tocando la mochila, flaca, casi vacía. “Qué traes acá?” Ana le dice que puso lo que alcanzó a agarrar. Nuria empieza a sacarle las cosas de la mochila: Un desodorante, una bombacha horrible negra, un corpiño rojo, una remera vieja, “y esto??” Ana se justifica: es  lo que pudo poner en ocho minutos… y le saca la mochila y la deja sobre la cama y se queda colgada viendo la pared sobre la cama de Nuria. Hay una foto enorme de Nuria de bebé, de un año y medio, en blanco y negro con un teléfono en la mano. “Esa foto no es la que estaba colgada en el living de mamá?” “Sí” dice Nuria,” toda la vida estuvo colgada ahí”. Y Ana la mira.

“Vos estás mal, no la podés poner arriba de tu cama?” “Por qué no?” dice Nuria. “Así me siento.” “Así como?” “Una nena, en blanco y negro así me siento ahora…” “Pero es tu cama… es tu cuarto” “Por eso…  Para mí la cabecera de la cama es como la frase del perfil del Facebook” dice Nuria sin inmutarse, engullendo una tostada de pan integral con queso crema, mientras la Rusa la mira con odio. “Eso solo vas a comer y encima diciéndome tamaña pelotudez?”

“No es una pelotudez, dice Nuria. Es importante lo que ponés sobre el respaldo de tu cama. Es lo que te respalda.” “No empieces” dice la otra.

Pero Nuria sigue. “Es un mensaje. De uno mismo al mundo. Es una declaración.” “Te parece????” “Sí” dice  Nuria. “Es así, lo que ponés sobre el respaldo de la cama es una declaración de principios encubiertas. O por los menos marca estado de ánimo, de vida.” La Rusa se queda. Hace memoria, qué tengo yo sobre la cama, que me respalda? Un cuadrito… no sé, unos dibujos de los chicos… Y hace fuerza con el cerebro y ve el respaldo de su cama, en el medio de la pared… una cruz tallada en madera y a los costados varios dibujos de los chicos y por un segundo no puede dejar de imaginar al Gordo tirado en la cama haciendo zapping. Disfrutando de su soledad. Siendo feliz sin ella. La imagen la indigna, la enoja. “Es que no podés tener la cruz del tío Jorge y los dibujos de los chicos!! Perdoname, pero no podés” Dice Nuria. “ El tío Jorge es un amor, e hizo esa cruz con sus propias manos en el taller de la parroquia!” “Le tendrían que haber cortado las manos a ese chupacirios, solo por llenarnos de eso regalos horribles, rosarios, cruces, velas, pesebres, estampitas… un asco.  No podés tener eso sobre la cama. Y los dibujos de los chicos menos. Es como tener a los chicos en la cama. Y la cama es para otra cosa.” “No me jodas” dice Ana… “Son mis hijos, me los hicieron con cariño.” “Y ponelos en el pasillo, en el living, en la pared del comedor diario, pero no sobre tu cama… porque es tu declaración: más que mujer soy la madre de estos chicos… Más que pareja somos los padres de estos pibes…” “Dejate de joder…” “Es así, Ana, pensá un poco, no se puede garchar viendo a Tribilin y a Mickey dibujados por tus hijos!!!!” Ana se indigna: “Qué me decís? Qué no pienso…?” “Sí” dice Nuria. “Desde que sos madre no pensás, en vos… en vos como mujer y en el Gordo como hombre…”

“Ah, bueno, el problema es que somos padres…” No, dice Nuria. “El problema o el tema es que no pueden ser pareja. Loca, a la cama hay que cuidarla”.“Que hablás vos de cama? Si hace cuánto que no estás con un tipo.”

Nuria la mira y sonríe de costado. “No todo es coger.” Le dice y qué sabés. “Hace un mes que no estoy con ningún tipo. No, miento, dos meses.” “Dos meses???” Dice Ana. “Sí” dice Nuria. “Prefiero estar sola que con cualquier imbécil.” “Suena a resentimiento” dice Ana. “Lo decís por el Gordo?” Nuria la mira como desconociéndola. “A mí el Gordo nunca me pareció un imbécil.” “Nuuuria, vivías agrediéndolo. Buscándole pelea.” Nuria la mira molesta. “Pelea?” “Sí” dice la Rusa. “Discutían por todo siempre.” “Conversábamos” dice Nuria. “El Gordo se pone loco porque es medio apasionado de defender ciertas cosas y yo soy una contreras y él lo sabe y aprovecha para hacerme engranar. Creo que le da cierto placer verme enojar.” Dice Nuria y medio se sonríe. La Rusa engrana por dentro. Odia esa risita. Y además no entiende nada, siente que está viendo otra película, que estuvo viendo otra película. “Cómo que siente placer? Cuando te diste cuenta de eso, que sabés vos del placer del Gordo… de mi Gordo?” Y Nuria la mira y le dice: “Vos nunca entendiste que la gente tiene otras relaciones además de las que tiene con vos.” “No digas boludeces, soy una tipa abierta.”

“Posesiva, miedosa y dependiente. Así sos.”

“Dejame de joder Nuria. Dejá de agredirme! La estoy pasando mal. Dos hombres me dejan en un día.” “Qué???” dice Nuria. “Javi, el Pendejo, me dejó.”  Nuria se enardece: “Te dije!!! Te lo dije!!!”

Ana se pone loca y se pone en víctima. “Por qué todo a mí…?? Por qué todo junto?” Y Nuria le dice: “Disculpame pero al Gordo lo dejaste vos” Y Ana engrana: “él no me retuvo. No hizo nada porque me quede! Y el Pendejo turro me dejó, se enamoró de otra y encima de la bronca me olvidé el celular en el telo. Mirá si el Gordo me está llamando. Seguro que me debe estar llamando. Nuria ayudame, hacé algo. Es grave.” “Sí” dice Nuria. “Soplamos la velitas y después pienso algo.  Te quedas a cenar?”

“Me quedo a dormir. Tenés una foto mía para poner en el respaldo de tu cama” Nuria se pone firme:

“No, conmigo no dormís.”



9. ANA Y EL GORDO

8 enero 2010

Dublin 2334  – Toma dos: Ana y Nuria.

Nuria está llegando a su casa y ve a su hermana sentada en el escalón de entrada, apretada a una mochila de Cars.  “Nuria!” dice la Rusa con la voz estrangulada. “Qué pasa?” dice Nuria, “tenés una cara”. “Me fui” dice la Rusa. “A dónde?” dice Nuria.

“De dónde, Nuria… de dónde!!!”

Nuria revolea los ojos, a nadie le dejaría pasar eso salvo a ella, a la Rusa, a su hermana.

“De dónde te fuiste?” Y la Rusa la mira como si fuera una infradotada: “de mi casa, Nuria!! De dónde va a ser? Lo dejé al Gordo.” Y entra por la puerta que Nuria acaba de abrir. Se le mete. Nuria la mira entrar molesta. Y le dice: “Perdón?.” La Rusa se queda. “Me podrías pedir permiso para entrar”.

“Nuria” dice Ana…

“Vos te pensás quedar acá? Te fuiste de tu casa pero te estás viniendo acá? A la mía?”

“No sé, Nuria!!! Ahora sí, después no sé, no sé nada. Me acabo de ir de mi casa y solo atiné a venir acá… Por qué????  Porque acá está mi hermana. Mi única hermana” Y la mira. Y traga saliva.

Nuria ya sabe lo que viene. Va a llorar. La Rusa va a llorar y ella va a abrir sus brazos y la va a contener. Y eso hace, ve una lagrima que cae por la mejilla de la Rusa y abre los brazos y la Rusa se hunde como un misil en el pecho de su hermana y llora como una descosida. Se afloja y llora.

Nuria la abraza fuerte. Y le dice que ya va a pasar. Que llore: “Si querés llorar, llorá…” no seas boluda”, dice la otra entre riendo y llorando. Y Nuria le dice que la boluda es ella. “Justo hoy tenías que dejar al Gordo”.

“Qué? Qué pasa hoy?” pregunta Ana.

“Nada, nada…” dice la otra. “No, decime…, qué pasa?” “Hoy es mi cumpleaños, Ana”.


La ceremonia

El Gordo está parado frente a una botella de vino abierta  y dos copas. No se ha bañado. No se ha cambiado. No puede. No puede hacer nada. Salvo esperar que Ana vuelva. Y ella no vuelve. Y él no lo puede creer. No puede creer que ella lo haya dejado, no lo puede dejar solo. A él. Ella no se pude ir así. No tiene derecho. No se puede ir. Ella no. Y mira la copa y no se anima a servirse vino. Se muere por tomar un trago de vino tinto pero no quiere hacerlo. Como si el romper esa pequeña ceremonia de las dos copas limpias esperando ser servidas fuera a romper alguna magia del universo. Como si romper esa pequeña magia le quitara posibilidades de que Ana vuelva. Y se queda quieto y casi no respira y pasan los minutos y traga saliva. Y siente que se le aflojan las rodillas. Y la panza le tiembla. Es raro, es raro lo que le está pasando. Es como si tuviera ganas de llorar, pero él no llora nunca. Nunca. No recuerda la última vez que lloró. Ni se acuerda. Ha sentido miedo, cree que dolor, pero llorar… y respira aún parado frente a las copas. Sabe que está a punto de llorar y no quiere. Se resiste. Nuevamente algo adentro le dice que si llora, todo está perdido. Y como un resorte, estira la mano y se sirve una copa, prefiere tomarse el vino, y quebrar la ceremonia, que ponerse a llorar.




8. ANA Y EL GORDO

1 enero 2010

Dublin 2334.

Toca timbre una y otra vez. Nadie contesta. Ana se pone loca. Odia eso de su hermana. Nuria jamás atiende el timbre a menos que sepa quien va a ir. Siempre que está en su casa y tocan el timbre, a veces durante minutos y minutos, ella dice: “no espero a nadie”. Y no abre. A Ana la exaspera eso. Muchas cosas de Nuria la exasperan. El Gordo le dice siempre que es de envidia. Que ella envidia a Nuria porque Nuria sabe lo que quiere y ella no. Porque Nuria pone limites como nadie y ella no. Por favor!!! Claro que Nuria sabe poner límites y los pone todo el tiempo y pone tantos que no deja que nadie se acerque. Que no deja lugar para la espontaneidad. Los límites son importantes, mujer… eso decía Javi. Y me daba una vergüenza. Cómo un pendejo puede decirme eso. Qué sabe??? Yo trato con chicos, Ana y los chicos necesitan límites. Y los grandes también, decía todo el tiempo… Toca Ana otra vez timbre en Dublín 2334. Nada. Qué yegua sos Nuria!!! Y pega la oreja a la puerta. Y escucha música. Está… piensa. Y le grita: “Nuria!! Abrí…” y como no le contesta, toca timbre como una desaforada. La vecina de Nuria se asoma y le dice que la hermana se fue hace un rato con una valija grande. Ana se quiere morir. Llamala al celular. Y Ana le dice que no tiene el suyo y que no sabe el número de memoria. Y putea. La vecina le dice que es una lástima pero que Nuria nunca le dio el número de celular a ella. “Ni el número de la casa me dio”. Ana se pone mal. Sabe que no tiene otra que ir a buscar su celular. Javi está en el trabajo a esta hora. No quiere ir. No quiere verlo. No quiere verlo ahí. En el lugar donde lo conoció. Maldice la hora en que lo conoció. Maldice a All Boys. Maldice a su hermana por no estar y dejarla sola en este segundo en el que se siente caer. Tal vez deteniendo la caída o dándose un empujón más, se sienta en el cordón de la vereda. Mete la mano en el bolsillo interno de la cartera y saca su MP3. Se pone los auriculares y mira el botón de play. Le duele. De solo pensarlo le duele, sabe que no debería hacerlo, que no tiene que hacerlo, pero no puede evitarlo. Necesita escuchar su voz. Necesita escuchar a Javi. Necesita sentir que él le canta. Ana aprieta los ojos, aprieta los dientes y aprieta play.