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12. FLAVIO Y MAGA

30 abril 2010

“Presente, señorita”

Flavio abre la puerta y ella está ahí. Ella. Sanyi. Y su perfume. La hace pasar, ella entra con ese andar felino de conquista, ese leve moverse de la cabeza, histérico, dando lugar a un juego que hace mucho que no juegan. Él lucha con su voz interna que le dice: “Sos un boludo, te cagó y vos la invitás a cenar”. Cierra los ojos y se pide para adentro no escuchar más eso. No torturarse más con lo que pasó. Vivir el momento, el instante. Ella en su avance por la casa elogia las velas que él encendió, elogia el olor a la carne con curry que sale del horno, el cuadro nuevo que colgó y la remera que se puso. El elogio excesivo irrita un poco a Flavio. Pero cree que es por dolor. Por la puta voz interna detractora de Sanyi. Él le pide que se siente a la mesa que la comida ya está y ella lo hace. Él va a la cocina y saca la carne del horno. El olor es delicioso. Pero no bien apoya la bandeja con la colita de cuadril sobre la mesada, y hunde el cuchillo para cortarla, ni bien la hoja entra en la carne jugosa, crocante por fuera y sangrante por dentro, como les gusta a los dos, una pregunta enorme que lo abarca todo se le viene encima: “Qué estás haciendo?” “Qué carajo estás haciendo?!” y cómo si le trajera las respuestas, Sanyi entra en la cocina y dice: “Necesitás ayuda?” Él la mira. Silencio entre ambos. Esa sensación de tiempo detenido. “Está preciosa” piensa él. Y ella lo mira a los ojos, sabiéndose dueña de un poder infinito: “Estás bien, Flavio?” Él la mira y no, no está bien. Ella se acerca más y él, de una, se le tira encima y la besa en la boca. Sanyi trastabilla sorprendida, casi se cae. Fue algo bruto el movimiento, pero ella enseguida corrige y se agarra del cuello de Flavio. “Que rápida es” piensa él, “que bien se mueve”. Y la besa y la acaricia de arriba abajo, recorriendo el cuerpo que ha amado durante tres años. Se siente seguro y excitado. Se besan desesperados, desaforados, de una manera nueva y contundente. Ya no importa la carne, la cena, ya no importa quién tiene la culpa, ni el dolor ni la ausencia. Van a hacer el amor como nunca, como siempre y Flavio se siente feliz de estar viviendo el presente.

“No” dice Maga. “Está bueno”. Hormiga le pide que no le mienta. Sabe que es pésimo cocinando. Ella le dice que el mentiroso es él. Hormiga se ríe. Ella le dice que no es comida gourmet, son unas salchichas con huevos fritos. “Pero me gustan”. “Te gusta cualquier cosa” dice él. “No” dice ella “la verdad que no”. La verdad que la mayoría de las veces no sé lo que me gusta”. “Es imposible eso” dice Hormiga. “Uno siempre sabe lo que le gusta, lo siente en el cuerpo”. Y ella dice que no, que ella no lo siente. Que está por momentos como anestesiada. Muchas veces se da cuenta que siente dolor cuando ya hace rato que está llorando y no entiende por qué. “Soy negadora” dice “muy negadora, hice del ir para adelante tapando lo que siento, un leitmotiv y ya no doy mas”. “No se te nota” dice Hormiga. Ella lo mira desconcertada: “No?” “No” sentencia Hormiga. “Perdoname pero a mí me mostraste una amplia gama de emociones en un corto lapso de tiempo”. Maga sonríe y dice que este momento, hoy, es diferente. “Y todo es culpa de Sanyi” “Qué?” dice Hormiga. “La gata esa…” aclara Maga… “es como que me abrió. Tenerla y perderla me hicieron darme cuenta lo sola que estoy y lo metida para adentro. Y no me gusta, no quiero eso más en mi vida. No sé como mierda se hace pero no quiero más eso. No quiero más cenar sola, no quiero más despertarme sola los domingos… Sabés cuántas noches hace que duermo sola?” “No” dice él “ni idea”. “270 noches” dice ella. Él le sonríe y dice: “Yo hace 340. Te gané.” Y se ríen juntos. Y ella se ríe y llora y le dice: “Ayudame, tengo que recuperar a Sanyi, no se por qué pero siento que ella es la clave para que yo empiece a ser feliz”

Sanyi y Flavio yacen en la cama boca arriba, desnudos, sobre el acolchado nuevo. Ella sonríe, se acomoda el pelo en un gesto que vendría a equivaler a: “qué buen polvo, estoy feliz” y se acurruca junto a él. Flavio tiene los ojos cerrados y una expresión que podría significar: “Estoy exhausto, que polvazo” Pero no. significa otra cosa. “Estoy exhausto, que polvazo, cuánto esperé esto y sin embargo ahora quiero que se vaya, cómo se lo digo sin que piense que es revancha y sin que haga un escándalo” Abre lo ojos y la mira. Ella le sonríe y le pregunta: “Estás bien? La pasaste bien?” “Sí” dice él. “Muy bueno”. “Qué lindo” dice ella “Qué lindo volver a sentir tu cuerpo”. “Sí” dice él, “pero tenemos que hablar”. “Después” dice ella, “Flavio, no nos enrollemos, vivamos el presente”. Y él la mira muy calmo, es la clase de comentario de ella que odia y que ahora se da cuenta que odió siempre, esa parte didáctica fascista de Sandra, esa manera de decirle que él no sabe y ella sí, esa manera de decirle que tiene que aprender de ella ciertas cosas. Pero está vez algo cambió. Él cambió. Y no se enoja. Y le dice: “Estoy en presente Sanyi, mi presente y pasé un momento genial con vos, que nos lo debíamos, que yo tenía muchas ganas de que suceda, pero ahora, en este segundo, en este instante tan profundo, siento deseos de estar solo y siento que ya está. Que estuvo bueno y que es un final. Ese es mi presente”. Sinceramente Flavio creyó, por la sonrisa de ella, que se lo iba a tomar bien, pero no. Hizo un escándalo y se brotó. No soportó que el presente no sea como ella quería y había planeado. Y Flavio, entiende todo, o parte. Entiende qué le ha dolido y le duele tanto de ella. No es que lo haya ignorado y ninguneado cuando lo dejó. No, es darse cuenta que siempre lo ninguneó. No importa más que lo que ella quiere. Y se siente tan aliviado. Durante estos meses lo torturaba pensar qué había hecho mal, qué hizo mal para que ella se vaya. Y ahora se da cuenta de que no es él. Es ella, que no lo puede ver. Y no sabe cómo, están peleando en el comedor y no sabe cómo, él abre la puerta y ella se va. Y él cierra y vuelve a sentirse aliviado otra vez. Sabe que ya está. Que no es posible terminar bien con Sanyi, porque ella nunca va a admitir que él pueda tomar una decisión por él mismo. Flavio, en pelotas en medio del living, sube el volumen de la música y se pone a bailar desaforadamente. Un circulo terminó. Se siente libre, y con ganas de ser amado y de amar como hace tiempo no sentía.

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11. FLAVIO Y MAGA

23 abril 2010

Acompañado y solo.

Flavio espera que lo atiendan nervioso, acaba de marcar el número de la chapita en forma de corazón. No sabe para qué lo está haciendo, ni por qué, es como un impulso, una suerte de extraña certeza de que hay algo por ahí. “Una extraña certeza” piensa, “Qué boludo. Qué cosas pienso”. Y empieza a sufrir, esperando que lo atiendan. Quiere que lo atiendan.

El celular de Maga suena y suena. Maga inmutable. Hormiga que está sentado junto a ella tomando un café le dice: “No vas a atender?” “No , dice ella, no sé quién es, el número no lo conozco. Que deje mensaje”. “Puede ser importante o urgente” dice Hormiga. “Que deje mensaje” dice ella y le sonríe. A Hormiga le gusta la postura de Maga, pero insiste:  “En serio,  no te da intriga?” “No” dice ella. Y él que mirá si es el destino… “Que deje mensaje” dice Maga. Y Hormiga se ríe: “Te podés estar perdiendo de algo grande”… y ella que puede ser o puede ser que atienda y sea algo urgente que la saque de ahí y se termine perdiendo eso que están haciendo ellos. Y Hormiga le dice que ellos no están haciendo nada. Y Maga que están hablando y tomando un café. “Ah, sí” dice él. “Y sabés una cosa” dice ella “Sos la primera persona en meses que invito a mi casa y con la que hablo por más de quince minutos de cosas que no sean boludeces”. “En serio” dice él… “Sí” dice ella… “Vengo de un período de ostracismo del que me acabo de dar cuenta recién, por tanto que hablamos”. Hormiga se ríe. Le dice que sabe del tema. Ella se sorprende: “No parecés muy solitario vos”. “No” dice Hormiga… “pero a veces uno se aísla igual entre la gente”. “Sí, sostiene ella, “A veces somos islas. Rodeadas de mucha agua, nos atrincheramos en medio del océano. Qué será lo que no queremos entregar?” Hormiga sonríe, no puede creer lo bien que le hace hablar con ella y escucharla. Y tiene una risa tan cálida. Lo hace sentir como en casa.

Flavio mira el celular, no lo atendió nadie en el número de la chapita. Sólo un contestador, de los de la empresa telefónica, impersonal. Odia eso, le gusta cuando la gente deja su mensaje. Él se dice que tiene el poder de conocer a la gente por su voz y sus gestos. Un defecto profesional. Una idea surgida de las entrañas de la isla de edición en la que vive la mayor parte del día. Se la pasa mirando y escuchando gente, y rebobinándola y adelantándola y fundiendo y pegando. Cientos, miles de personas con las que convive. Personas que a él no lo conocen ni lo conocerán, pero que él tiene en su retina y su memoria como si fueran familiares. Rostros y voces que se lleva cada día con él cuando termina de trabajar. A algunos, alguna vez se los cruzó luego en la calle y pensó, yo a este lo edité. Y se sintió orgulloso del cruce. A otros hasta les imaginó vidas. “La puta” piensa, aún parado en el medio del living con la campera puesta. “Tengo que cambiar de laburo,  qué solo estoy.  Que acompañando pero solo”. Y se angustia, no quiere estar solo. Y marca en su celular otro número.

Hormiga se está  riendo a carcajadas de Maga con los lentes en forma de corazón que le imita una línea de texto de “Lolita”. Es muy graciosa piensa, que este momento no termine nunca. Y suena su celular… mira el identificador de llamadas. Ella hace una carita con los anteojos puestos y dice: “Es el destino?” “No” dice él….  Y piensa  que debería atenderlo a Flavio y decirle a ella que es mi amigo el que tiene la gata, pero si lo hace van a tener que ir a lo de Flavio a buscar a la puta gata y se va a cortar ese momento tan lindo, tan intenso. Y no quiere. Hace años que no se siente tan relajado con una chica, ni tan él con una persona. Siente que no tiene que fingir nada,  que no tiene que competir, que vale por él. El celular sigue sonando. Ella lo mira y sonríe. Y él baja el volumen y le dice: “A ver dame los lentes…” y se los pone él… y le dice el la línea de texto de Lolita y los dos se ríen esta vez.

Flavio corta al borde del abismo. Otra vez un contestador. Hormiga no lo atendió. Dónde está? Qué está haciendo? Por qué carajo no lo atiende? En estos tres meses nunca dejó de atenderlo. A lo mejor está ocupado o se olvidó el teléfono en algún lado. A lo mejor lo tiene apagado. No, apagado me hubiera atendido el contestador de una. O se quedó sin batería. Es lo mismo que apagado. No me atendió. O no escuchó. O lo que sea. Él sabe que no tiene nada que reprocharle a su amigo que estuvo al pie del cañón durante estos tres meses, pero igual siente que empieza a reprocharle. No quiere estar solo. No quiere. Sabe que el Alien lo está empezando a carcomer por dentro y que le va a ganar. Sanyi volvió y él necesita hablar con alguien. Necesita sacar de adentro lo que tiene atravesado y tiene que ser ya. Ya. Ya. Ya. Porque además del Alien está el deseo que avanza. Sanyi no volvió sola. Volvió con el pasado y con las sensaciones que quedaron truncas cuando lo dejó, y no sabe por qué, pero así a la distancia él parece empezar a desearla más que cuando estaban juntos. Y odia eso. Odia el maremoto de sensaciones intensas y contradictorias que empiezan a aparecerle. Lo odia. Odia sentir que viene avanzando por la espalda, por detrás, algo a paso agigantando que no puede contener. No quiere. Quiere poder dominarse. Quiere hacer las cosas de otra manera, pero ya está cerca la marea, y camina por la casa tratando de alejarse de esa sensación, que lo sigue, como una niebla espesa y  cálida, como un aire tórrido y tropical que quiere envolverlo. Se mete en el cuarto y cierra la puerta pero la bestia entró con él. Se tira en la cama. En medio de la cama, con la campera aún puesta, mira el techo tratando de resistir. Pero es inútil, la bestia lo posee y sin más, saca el celular del bolsillo y marca el número que tanto se resistió a marcar. Lo atienden enseguida. Desde un plano cenital él cierra lo ojos y se abandona a su destino.

“Hola, Sanyi… soy yo”.

“Flavio…” dice ella… y a él le hormiguea el cuerpo de solo escuchar eso.

“Sanyi…” dice él con un tono que parece significar que aun la adora y le perdona todo.

“Flavio” repite ella, sonriendo, como feliz de escuchar eso…

“Sanyi” repite él, como diciéndole… qué loca! Todo lo que hiciste! Casi como retándola.

“Flavio…” enuncia ella como pidiéndole disculpas.

Y se hace una pausita.

“Flavio…?” pregunta  ella apurada, con temor a que él haya cortado.

“Sanyi.”  Aclara él, tranquilizándola, diciéndole estoy acá…

“Flavio…” exhala ella aliviada. “Flavio…” vuelve a repetir como diciéndole te extrañé tanto, te necesito.

“Sanyi…” dice él como afirmando nuevamente la pertenencia. Y se quedan un segundo en silencio. Y luego él dispara, por fin, una frase entera.

“Me gustaría verte. Querés venir a casa a cenar esta noche?”

10. FLAVIO Y MAGA

16 abril 2010

El regreso del Pasado.

Flavio sale del baño. Secándose la cara con la toalla. Secándose la cara con la toalla. Secándose la cara con la toalla. No quiere sacar nunca más la cara de la toalla. Pero lo hace y ella sigue allí. Está sentada en el sillón, acariciando a Bebo con esas manos largas y elegantes, con esa suavidad que solo ella tiene.

Sanyi levanta la vista. Lo mira. Le pide con un gestito y su vocecita mas chiquita que se siente junto a ella. Él traga saliva y le dice que no, pero no tarda un segundo en hacer lo que ella le pide. Ella está ahí y su cuerpo quiere estar cerca del de ella. Flavio se sienta junto a Sanyi y ya el aroma de su perfume lo perturba. Le trae cientos de imágenes que no quiere de vuelta. La tibieza del cuerpo de Sanyi, puede sentirla a la distancia, como un aura. Qué cosas pienso, se dice. Un aura. Soy un boludo. Y la mira. Ella se acerca más a él, como admitiendo que no puede estar lejos de su cuerpo tampoco. Él no le dice nada. La necesita cerca. Soy un boludo, piensa. Por lo menos escuchá lo que tenga para decirte.

Ella le dice “Me equivoqué. Quiero volver. Necesitaba espacio, libertad, aventura”.

“Me heriste mucho” dice él. “Lo sé” dice ella. “Me imagino y no me lo perdono, Fla. No soporto haberte causado tanto dolor”.

Flavio la mira y asiente.

Ella lo mira y le pasa la mano por el pelo, por sus rulos. “Es tan hermoso tu pelo, sos tan lindo… Te extrañé, sabés?” “No” dice él. “Cómo voy a saber, no sé nada de vos… desde ese mensaje de texto que me mandaste”. Y ella lo mira y le dice “sé que fue poco, pero era lo que sentía y no te lo podía caretear. Era eso.” Y Flavio la mira, seco y recita casi: “estoy viva, Flavio, y pasando por un momento muy intenso y de gran cambio. Sólo puedo decirte que pase lo que pase con lo nuestro, me siento honrada de haberte conocido”. Ella lo mira y sonríe, “Lo sabés de memoria” “Sí,” dice él, “lo miré cien, mil veces, durante un mes, no podía dormir…” Sanyi baja la vista. “Me hiciste mal” le dice él. “Es lo que sentía, Flavio.” “Honrada de haberme conocido?” Le dice él. “Quién soy yo? Perón? Tres años y vos te sentís honrada, que honré?” Dice Flavio. “Tu memoria, honré? Si te honré, por qué te fuiste así? Por qué me mentiste? Por qué me engañaste con otro?.”

Sanyi dice que no lo engañó. Ni le mintió. Y Flavio le grita casi, que omitir es tan choto como mentir. Y Sanyi le pide que se calme, que baje el tono y ataca con que estábamos mal. Vos siempre editando, o dando clases, casi no nos veíamos. Y él que para eso eran las vacaciones. Para reencontrarnos, para volver a vernos. Sanyi que a veces no se puede volver a verse en una vacación, que uno no se reencuentra porque lo decida por calendario. A veces es la vida y las cosas que nos pasan las que nos reencuentran. O no. Te fuiste sola, loca, conmigo no te querías reencontrar. Le dice él. Y ella que necesitaba reencontrarme conmigo. Y él, nervioso, herido, celoso: “Y? Te encontraste? Dónde estabas? En el bosque de Arrayanes o chupándosela al que te hizo sentir viva?” Y ella se enoja en serio, y le pide firme que la corte, “No va el sarcasmo,  Flavio. Tratá de abrirte, de escucharme.” Y él le dice: “Agradecé que te abrí la puerta y fue porque me agarraste desprevenido”. Y ella le dice hice mal en venir. Y él que me tendrías que haber llamado antes… y ella que es mi casa, también. Y estos son mis muebles y mis gatos… y agarra a la gata y la acaricia… y ve la medallita: Sanyi y el número de teléfono de Maga. “Y esto qué es?”

Maga está sentada en el umbral de un edificio, llora desconsolada, mientras trata de ponerle cinta scotch a unos carteles patéticos que ella misma hizo con su puño y letra: “Busco gatita perdida, se llama Sanyi, tiene chapa identificatoria con nombre. No tengo foto. Recompensaré información.” Su letra es horrible, infantil, torcida por el dolor. Ella lee el cartel y se siente perdida. Jamás va a encontrar a Sanyi.  Se siente pésimo. Se siente tan chota. Se fue, la gata se le fue. Y  no sabe por qué le importaba tanto en tan poco tiempo y se le fue. Tira el marcador negro con furia, y se larga a llorar sobre el cartel y corre todas las letras. No sabe cuanto tiempo pasa hasta que alguien le dice: “Estás bien, loca?” Y levanta la vista y lo ve al chico del Video Club, el que le regaló la gata y se quiere morir!! Cómo le dice que perdió la gata de la abuela!

El Hormiga ve a Maga llorando y siente inmediatamente ganas de salir corriendo. Él no puede con el dolor, y sobre todo con el ajeno. El propio ni lo registra. Apenas un poco de mal humor cuando algo lo pone mal y después se evade. Tiene miles de estrategias para evadirse, las películas de terror, las maratones de películas de terror, las revistas especializadas en películas de terror, los clubes de fans de las películas de terror, todo de terror. Piensa rápido y no tiene tiempo de buscar una excusa para irse de al lado de Maga, porque ella no bien lo ve se abraza a él. Fuerte, muy fuerte y con una congoja que saca a Hormiga de todo pensamiento. Hormiga se sumerge en la congoja de Maga como nunca ha hecho en la de ninguna mujer. Al único ser que le toleró los dolores ha sido Flavio, por eso lo sorprende tanto sentir lo que siente en este abrazo con esta desconocida.

“Qué carajo es esto?” Dice Sanyi “Le cambiaste el nombre a mi gata?” Y Flavio le dice que no, que no sabe bien que es eso, que ya va a averiguar, que después le contesta. Ella le dice que no, que quiere saber ahora. Y sigue: “Cambiaste de celular?” No, dice Flavio, no es mi celular. “Y de quién es? Y por qué le cambiaste el nombre a Cigala”. Y Flavio quiere que se vaya, sabe que es raro lo que pasa pero también sabe que ella está haciendo tiempo para quedarse, cualquier situación que se prolongue es peligrosa para ambos, pero mucho más para él. Ella toma la medallita y repite el número en voz alta: “154423038”. Y agarra su celular y empieza a marcar.

Maga angustiada le dice a Hormiga que la gata que le regaló, “Sanyi”, la que era de su abuela, se le escapó. Y Hormiga le dice que no importa. Y ella que se siente muy mal, de alguna manera la quería. Hormiga insiste con que se olvide. Que es un mensaje que se haya ido. “Un mensaje de qué?” dice ella y Hormiga la mira tentado de contarle todo.

Sanyi no llega a terminar de marcar el número porque Flavio le saca el teléfono y la medallita en forma de corazón y le dice que deje eso. Ella lo mira y no entiende por qué se puso tan nervioso. Él le pide que se vaya, que mañana hablan, que necesita estar solo. Y Sanyi lo mira largo y le dice que está bien, pero que si no le jode va a ir hasta la pieza a buscar un par de cosas que necesita. Por supuesto que a Flavio le jode, pero no tiene huevos en ese momento para decirle que no. Ella va hacia la pieza y la gata la sigue contenta. Ni bien cierra la puerta, Flavio se arroja sobre el teléfono.

Hormiga le da a Maga un pañuelo de papel y le dice que se le corrió el coso de los ojos, que le queda gracioso. Ella se limpia el rimmel apenas corrido y le agradece. “Sabés que me jode más?” dice ella, “que la había empezado a querer, que nunca tuve mascota, y empezaba a ser importante para mi”. “Era un jodida” dice Hormiga. “Sanyi?” pregunta ella sorprendida.  “Sí” dice Hormiga. Y le suena el celular y atiende de una.  Del otro lado está Flavio exasperado: “Hormiga!!! Volvió!!!” “Quién volvió?” pregunta Hormiga desprevenido. “Sanyi!!!!” Grita susurrado Flavio. “Sanyi volvió???” dice Hormiga muy sorprendido. Maga que escucha, se pone alerta: “Sanyi?? Adónde volvió???” Hormiga frenándola le dice ”No, la gata, no…” pero Flavio  del otro lado, que escucha, dice: “No, sí, la gata también volvió…” “Volvió la gata?” dice Hormiga. “Sí, la encontró un vecino en el ascensor, Hormiga decime que está pasando, tiene un chapita que dice Sanyi y un número de teléfono”. Hormiga le dice que después te explico, “dónde está Sanyi?” “En el cuarto buscando cosas” Hormiga dice: “mierda!” Y piensa que evidentemente es un película clase “B”, las dos Sanyi vuelven al mismo tiempo, no es lógico, es un recurso de guión, pésimo. Pero a Flavio solo le dice: “qué loco”. “Sí, muy loco” dice el otro y Hormiga que como sea, él lo que necesita es que le dé la gata ya, la persona que la tenía está destruida y se la tenemos que dar. Maga junto a Hormiga asiente y le pregunta: “Dónde está? Es muy lejos?” “No, está en la casa de mi amigo, el ex dueño de la gata” Ella sorprendida: “No  era de tu abuela…?” Hormiga sonríe tenso: “Después te explico…” y sigue hablando con Flavio y le dice que van a pasar ya a buscar a la gata. Flavio le dice que no, de ninguna manera, que ahora no puede que él lo llama cuando resuelva con Sanyi  y agrega: “Pensá bien todo lo que me vas decir,  porque me vas a tener que explicar como mierda hizo la gata para venir desde el campo hasta Congreso y por qué ahora se llama Sanyi…” y justo vuelve la verdadera Sanyi del cuarto seguida por la falsa gata Sanyi y Flavio le dice a Hormiga que después lo llama y le corta.

Hormiga corta y mira a Maga. “Alegrate, una buena, la gata está bien y segura” Maga asiente y le sonríe. Hormiga siente un nudo en la garganta. Y de nuevo, ella se le abraza fuerte, fuerte, pero ahora no con angustia, ahora es un abrazo cálido, intenso. En medio del abrazo ella le dice: “Gracias, gracias…” Él no puede creer sentirse tan bien, y piensa en que será que tiene esta chica que le trae tantas sensaciones juntas en un solo día.

Sanyi avanza hacia Flavio con una bolsa de ropa. Llega hasta él, deja la bolsa y lo mira intensa. “Cómo hago?? Cómo hago para que me perdones…” y él seco: “Podrías empezar por pedirme perdón”. “Ya lo hice” dice ella, “varias veces”. “No” dice él… “ni una vez… dijiste que vos no te perdonabas, a vos… pero a mí no me pediste ni una puta vez perdón”. Y va hacia el sillón, agarra su campera y le dice que se tiene que ir. Ella lo mira y dice esperá, Flavio. Y él que no se te ocurra pedirme perdón ahora. Y ella que no… que tienen que tomar una decisión. “Ahora?” dice él “De qué?” “De cómo seguimos” dice ella. “No seguimos, Sany. Te fuiste a buscar tu vida. Espero que la hayas encontrado, ya está”. Y ella que no es así. Que él sabe que como sea, tienen que hablar. Él le dice que no. “No puedo. Loca, vos te vas cuando querés y volvés cuando querés?! No es así! No es todo a tu tiempo y antojo!” Y se queda. “Te admito que así fueron siempre las cosas entre nosotros. Pero ya no. Yo tengo mis tiempos” “Largos” dice ella. “Cómo sean” dice él. “Son los míos. Y ahora no quiero hablar. Y no sé si quiero hablar con vos” Sanyi baja y le dice que tiene razón, que se va que va a la casa de la madre. Que hablan a la noche. Y toma sus cosas y se va. La puerta se cierra por fin, y Flavio se queda con la campera puesta, en medio del living,  no sabe qué hacer. Otra vez solo. Mira la chapita roja en forma de corazón y sabe que lo único que tiene que hacer ahora es llamar a ese número.  Y llama.

9. FLAVIO Y MAGA

9 abril 2010

Vete de mí

Flavio está paralizado. Sanyi está frente a él. Le sonríe apenas, con su boca carnosa y sus ojos hermosos. Él solo siente el sonido del bombeo estrepitoso de su corazón, y el sudor que le puebla las manos. “Se me mojaron las manos” piensa y se siente tan chiquito, tan vulnerable. Su vida entera pasa en este instante por sus manos, sudadas. “Mi vida en mis manos” piensa, con la mirada crucificada en los ojos de Sanyi pero sin poder mirarla en realidad, como traspasándola, como si alguna suerte de vergüenza lo poseyera y no pudiera realmente mirarla a los ojos. “Culpa de qué?” Piensa él que se sabe el menos culpable de los dos. Y le viene la imagen de sus manos sobre el teclado de la compu en la isla de edición. La vida en sus manos. El sudor en sus manos. Sanyi frente a él. Tan esperado el momento, tan esperada ella en su vida de vuelta y sin embargo… ahora la ve y le parece una extraña. Nada se parece a su fantasía, él no está enojado, ella no llora, nadie habla, solo ese sudor en las manos, y el nudo en el estómago. “Hay algo calcificado” piensa él… pero no, de pronto, lentamente como el agua avanzando por una cañería, comienza a sentir algo… sí… ahora siente… siente, de pronto, que le suben unas ganas horribles de vomitar.

Sanyi golpea la puerta del baño insistente. “Dejame entrar, Flavio” “Estás bien?? Fla,” “Contestame”, “Dejame ayudarte”. Flavio arrodillado frente al inodoro, vomita y vomita. Nada, apenas un liquido transparente, saliva, nada. Se odia. Sabe que no es algo que comió que le cayó mal. Sabe que la situación lo puede y odia eso. Sanyi está afuera y sigue golpeando. Él no quiere, ni puede dejarla entrar. Ella sabe todo de él, ella sabe cómo ayudarlo, cómo contenerlo, cómo cuidarlo, ella compartió su vida durante tres años, y fue lo mas íntimo y lo más cercano a su cuerpo y su alma. No puede haber pudor por dejarla entrar al baño en este estado, lo ha visto en peores situaciones. Sin embargo no puede. Siente que algo más que la puerta los separa. Y sin embargo está allí. Y por un segundo reprimiría sus arcadas, abriría la puerta y se arrojaría en sus brazos. Pero desiste, no puede, no le sale.  Le tiene tanto miedo. Y le viene a la mente el Hormiga en un primerísimo primer plano diciéndole: “No esperes que te cure la herida el mismo que te la hizo”. Es tan sabio el Hormiga a veces, no entiende cómo puede decir cosas tan relevantes y mantener una existencia insignificante, tan vacía de afectos. Otra arcada, Sanyi sigue golpeando y él tiene que tomar una decisión. Abre los ojos y frente a él está la gata, que lo mira muy tranquila. Flavio la mira, es extraño, está cambiada la gata esa. Siempre tuvo una mirada ladina y ahora no, es como si lo entendiera, si lo acompañara, si le estuviera conteniendo. Él se queda quieto. La arcada se va. Le tiembla la pera. Los ojos se le llenan de lágrimas. La gata se acerca y coloca su cabecita bajo la pera de Flavio. Se quedan así un largo rato, los dos quietitos en ese extraño acto de amor y contención. Flavio baja la vista y se queda colgado mirando la medallita en forma de corazón que la gata tenía en el collar y que ahora está suelta en el piso. Se le salió , piensa y estira la mano y toma la medallita. La mira, es roja y dice: “Sanyi. 154423038”. Por alguna extraña razón, mirando la medallita no se siente solo por primera vez en muchos meses.

8. FLAVIO Y MAGA

2 abril 2010

Sanyi regresa (Parte 3)

“Sanyi. 154423038” lee Maga en voz alta. Le gusta. Sonríe mientras le dice a la Gata: “quedó bien. Te queda bien”. Y se ríe por dentro de su madre, que se burló de ella cuando compró el collar y la medalla. “A los gatos no se les pone eso, si nunca lo vas a sacar a pasear. Es para lo perros. Deberías haberte comprado un perro”. “Pero tengo un gato, mamá, una gata… Sanyi, y me la regalaron… no la compré. Estoy en contra de comprar animales”. “Por qué?” dice la madre, “hoy en día hasta el sexo se compra y no es nada malo”. Y Maga toma aire, ya sabe donde termina esa conversación, en el mismo lugar de siempre, en el taxi boy que tuvo el invierno pasado. Como le gusta hablar a mamá de eso, siente como que humilla un poco a los hombres, que ella también paga por sexo, o pagó, y se siente con algo de poder. Pero no se da cuenta, no registra por un puto segundo que con eso, más que sostener algún tipo de dignidad, ella se convierte en un hombre más. “Mamá, no tienen nada que ver las mascotas con el sexo”. “Sí!” dice la madre “Es una compañía. Es parte de llenar el mismo hueco”. “NOOOO, mamá, te juro que yo con mi gata no pretendo llenar el mismo hueco que vos. Chau.” Y le corta. Y se toca el corazón, “Por qué?? Por qué hablar con mi vieja es siempre terminar con taquicardia”. La tía Celia, la hermana de mamá, la que debería haber sido mi madre, dice que es un rasgo adolescente, de las dos, que tanto ella como yo estamos en el mismo estadio muerto de la adolescencia. Yo tengo más derecho que mamá, según la tía Celia, pero igual, mal no me vendría salir de ahí y madurar. Aunque mamá no lo haga jamás. “Qué linda”, le dice a la gata. Y se enorgullece de haberle comprado esa chapita con forma de corazón y haberle hecho grabar el número de su celular, es como apropiarse de la gata. “Sanyi es mía. Y el mundo lo va a saber.” Es raro para Maga sentir que tiene algo propio, le gusta esa sensación, le gusta Sanyi. La acaricia y le da un besito en la cabeza y toma sus cosas para irse a dar clases. Sanyi la mira con los ojos entreabiertos. Maga sabe que todavía no se encuentra del todo en la casa y por las noches duerme junto a la puerta de calle, pero entiende que ya se hallará. Abre la puerta y se le caen las llaves. En el tiempo que se toma en recogerlas, Sanyi salta del sillón y se escapa. Maga le grita, pero la gata encara la escalera y baja hacia la Planta Baja. Maga la sigue desesperada. Baja los escalones de dos en dos y cuando llega al palier de Planta Baja, busca a la gata pero no la encuentra. En la puerta está Obdulio, el portero, limpiando el portero eléctrico de bronce. La puerta de calle abierta, cosa que a Maga la alarma aún más. “Obdulio, no vio pasar a una gata?” “No” dice él “Pero estaba de espaldas.. es que no salen las manchas de acá del portero. Tienen que tener cuidado cuando tocan porque lo manchan, señorita” y Maga en medio de su desesperación no puede creer que le esté contestando: “Mire, yo vivo acá, no toco el portero… dígale a la gente que viene…” y mira para todos lados buscando a la gata. No la ve. Pasa una señora con un changuito de las compras, Maga le pregunta por la gata, y la señora le dice que la vio pasar hacia la esquina. Maga le agradece y sale corriendo, mirando en todos los umbrales, deseando que Sanyi esté allí; pero llega a la esquina de Virrey Ceballos y Alsina y no hay rastros de la gata. Mira hacia la plaza de Congreso, mira hacia Entre Ríos, mira hacia los cuatro puntos cardinales, tratando de adivinar por donde se fue Sanyi. Su Sanyi. Elige Entre Ríos y corre hacia la avenida deseando encontrarla con todo su corazón.

Flavio se lava la cara en el baño de su casa. Se mira en el espejo. Está más flaco. Toma la toalla y se seca el rostro y luego las manos. La escena tiene aroma a  dejá vu. Pero él no se quiere enganchar. Tarde. Suena el timbre. A Flavio se le hiela la sangre, queda detenido. Sin dejar de secarse las manos con la toalla, como en su fantasía, y con el corazón bombeándole a mil, va hacia la puerta del departamento y la abre. Frente a él está Paco, el vecino del primero piso. La desilusión es enorme. Tiene que hacer un esfuerzo para escucharlo y entender que le dice. Paco, con el ascensor abierto, le pide que venga a buscar a su gata que está en el ascensor. Dice que estaba en la puerta de calle cuando él llego y ni bien abrió se metió como loca en el edificio y luego se le metió en el ascensor, que él la quiso agarrar pero está medio agresiva. Flavio le dice que no, que es imposible, que su gata está en el campo, lejos. Pero Paco insiste: “nene, es tu gata… mirá.” Flavio con miedo se asoma al ascensor y por entre las puertas de rejas abiertas, la ve. Sí, es ella. Su gata. No entiende nada. La agarra y la entra a la casa. Le agradece a Paco cree, no sabe porque está shockeado. Deja a la gata en el piso y recién ahí nota que tiene una chapita con forma de corazón. Lee la chapita y se le hiela la sangre: “Sanyi y un número de teléfono, qué es esto??” Bebo viene a saludar a Cigala. Se frotan, se miman felices.  “Sanyi???” Sigue diciéndose Flavio. “Qué es esto??? Y vuelve a sonar el timbre y Flavio, esta vez, abre la puerta automáticamente y ni tiempo tiene de nada, el mundo se le detiene. Frente  él, ahora sí, está Sanyi. Su Sanyi. La que lo dejó con un mensaje de texto, la que no dio señales de vida por dos meses, la que estaba viviendo un momento muy intenso y de gran cambio, está ahí, frente a él y lo mira con culpa, como pidiéndole disculpas.