12. FLAVIO Y MAGA

“Presente, señorita”

Flavio abre la puerta y ella está ahí. Ella. Sanyi. Y su perfume. La hace pasar, ella entra con ese andar felino de conquista, ese leve moverse de la cabeza, histérico, dando lugar a un juego que hace mucho que no juegan. Él lucha con su voz interna que le dice: “Sos un boludo, te cagó y vos la invitás a cenar”. Cierra los ojos y se pide para adentro no escuchar más eso. No torturarse más con lo que pasó. Vivir el momento, el instante. Ella en su avance por la casa elogia las velas que él encendió, elogia el olor a la carne con curry que sale del horno, el cuadro nuevo que colgó y la remera que se puso. El elogio excesivo irrita un poco a Flavio. Pero cree que es por dolor. Por la puta voz interna detractora de Sanyi. Él le pide que se siente a la mesa que la comida ya está y ella lo hace. Él va a la cocina y saca la carne del horno. El olor es delicioso. Pero no bien apoya la bandeja con la colita de cuadril sobre la mesada, y hunde el cuchillo para cortarla, ni bien la hoja entra en la carne jugosa, crocante por fuera y sangrante por dentro, como les gusta a los dos, una pregunta enorme que lo abarca todo se le viene encima: “Qué estás haciendo?” “Qué carajo estás haciendo?!” y cómo si le trajera las respuestas, Sanyi entra en la cocina y dice: “Necesitás ayuda?” Él la mira. Silencio entre ambos. Esa sensación de tiempo detenido. “Está preciosa” piensa él. Y ella lo mira a los ojos, sabiéndose dueña de un poder infinito: “Estás bien, Flavio?” Él la mira y no, no está bien. Ella se acerca más y él, de una, se le tira encima y la besa en la boca. Sanyi trastabilla sorprendida, casi se cae. Fue algo bruto el movimiento, pero ella enseguida corrige y se agarra del cuello de Flavio. “Que rápida es” piensa él, “que bien se mueve”. Y la besa y la acaricia de arriba abajo, recorriendo el cuerpo que ha amado durante tres años. Se siente seguro y excitado. Se besan desesperados, desaforados, de una manera nueva y contundente. Ya no importa la carne, la cena, ya no importa quién tiene la culpa, ni el dolor ni la ausencia. Van a hacer el amor como nunca, como siempre y Flavio se siente feliz de estar viviendo el presente.

“No” dice Maga. “Está bueno”. Hormiga le pide que no le mienta. Sabe que es pésimo cocinando. Ella le dice que el mentiroso es él. Hormiga se ríe. Ella le dice que no es comida gourmet, son unas salchichas con huevos fritos. “Pero me gustan”. “Te gusta cualquier cosa” dice él. “No” dice ella “la verdad que no”. La verdad que la mayoría de las veces no sé lo que me gusta”. “Es imposible eso” dice Hormiga. “Uno siempre sabe lo que le gusta, lo siente en el cuerpo”. Y ella dice que no, que ella no lo siente. Que está por momentos como anestesiada. Muchas veces se da cuenta que siente dolor cuando ya hace rato que está llorando y no entiende por qué. “Soy negadora” dice “muy negadora, hice del ir para adelante tapando lo que siento, un leitmotiv y ya no doy mas”. “No se te nota” dice Hormiga. Ella lo mira desconcertada: “No?” “No” sentencia Hormiga. “Perdoname pero a mí me mostraste una amplia gama de emociones en un corto lapso de tiempo”. Maga sonríe y dice que este momento, hoy, es diferente. “Y todo es culpa de Sanyi” “Qué?” dice Hormiga. “La gata esa…” aclara Maga… “es como que me abrió. Tenerla y perderla me hicieron darme cuenta lo sola que estoy y lo metida para adentro. Y no me gusta, no quiero eso más en mi vida. No sé como mierda se hace pero no quiero más eso. No quiero más cenar sola, no quiero más despertarme sola los domingos… Sabés cuántas noches hace que duermo sola?” “No” dice él “ni idea”. “270 noches” dice ella. Él le sonríe y dice: “Yo hace 340. Te gané.” Y se ríen juntos. Y ella se ríe y llora y le dice: “Ayudame, tengo que recuperar a Sanyi, no se por qué pero siento que ella es la clave para que yo empiece a ser feliz”

Sanyi y Flavio yacen en la cama boca arriba, desnudos, sobre el acolchado nuevo. Ella sonríe, se acomoda el pelo en un gesto que vendría a equivaler a: “qué buen polvo, estoy feliz” y se acurruca junto a él. Flavio tiene los ojos cerrados y una expresión que podría significar: “Estoy exhausto, que polvazo” Pero no. significa otra cosa. “Estoy exhausto, que polvazo, cuánto esperé esto y sin embargo ahora quiero que se vaya, cómo se lo digo sin que piense que es revancha y sin que haga un escándalo” Abre lo ojos y la mira. Ella le sonríe y le pregunta: “Estás bien? La pasaste bien?” “Sí” dice él. “Muy bueno”. “Qué lindo” dice ella “Qué lindo volver a sentir tu cuerpo”. “Sí” dice él, “pero tenemos que hablar”. “Después” dice ella, “Flavio, no nos enrollemos, vivamos el presente”. Y él la mira muy calmo, es la clase de comentario de ella que odia y que ahora se da cuenta que odió siempre, esa parte didáctica fascista de Sandra, esa manera de decirle que él no sabe y ella sí, esa manera de decirle que tiene que aprender de ella ciertas cosas. Pero está vez algo cambió. Él cambió. Y no se enoja. Y le dice: “Estoy en presente Sanyi, mi presente y pasé un momento genial con vos, que nos lo debíamos, que yo tenía muchas ganas de que suceda, pero ahora, en este segundo, en este instante tan profundo, siento deseos de estar solo y siento que ya está. Que estuvo bueno y que es un final. Ese es mi presente”. Sinceramente Flavio creyó, por la sonrisa de ella, que se lo iba a tomar bien, pero no. Hizo un escándalo y se brotó. No soportó que el presente no sea como ella quería y había planeado. Y Flavio, entiende todo, o parte. Entiende qué le ha dolido y le duele tanto de ella. No es que lo haya ignorado y ninguneado cuando lo dejó. No, es darse cuenta que siempre lo ninguneó. No importa más que lo que ella quiere. Y se siente tan aliviado. Durante estos meses lo torturaba pensar qué había hecho mal, qué hizo mal para que ella se vaya. Y ahora se da cuenta de que no es él. Es ella, que no lo puede ver. Y no sabe cómo, están peleando en el comedor y no sabe cómo, él abre la puerta y ella se va. Y él cierra y vuelve a sentirse aliviado otra vez. Sabe que ya está. Que no es posible terminar bien con Sanyi, porque ella nunca va a admitir que él pueda tomar una decisión por él mismo. Flavio, en pelotas en medio del living, sube el volumen de la música y se pone a bailar desaforadamente. Un circulo terminó. Se siente libre, y con ganas de ser amado y de amar como hace tiempo no sentía.

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