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2. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

28 mayo 2010

Sarmiento 3924, 7° “A

Llueve y está molesta. Se acaba de comprar unas botas que quiere usar pero sabe que con el agua se le van a arruinar. Odia tener que conciliar entre su deseo y su sentido común. Lo odia porque sabe que siempre le gana el sentido común. Pero hoy no, de capricho aunque sea, no le va a dar el gusto a su monstruo dictador que le vive cuestionando lo que está bien y lo que está mal. No. Hoy se pone las botas nuevas, aunque llueva.

Apura el paso por Corrientes, cintureando entre la gente para poder avanzar y no mojarse la cabeza. Odia el pelo cuando se le moja. Le queda achaparrado y después se seca erizadito. “Achaparrado y erizadito” Son dos palabras que él solo usa para definir ese estado de su pelo. Está molesto y es la lluvia. Cree. No sabe bien. Algo lo inquieta. Algo le falta. Y no sabe qué.

Llega a la inmobiliaria con un insulto a flor de boca. No puede ser que todo la moleste, la saque de su eje. No puede ser la lluvia, no puede ser el día. Qué es? Piensa y trata de buscar entre los acontecimientos de su vida aquel que le provoque esa furia-angustia-desazón. Mientras se sirve un café, mira hacia el fichero de propiedades y lo ve: Valentín Gómez 2701 5 “B”. Es eso. Eso es. Es el beso. Ese beso que la llenó de alegría y gracia durante días, que la sostuvo a fuerza de recordarlo y hundirse en él. Ese beso que la hizo sonreír por horas y comprarse esas botas maravillosas… Ese beso que pensó que abría una puerta nueva en su vida, ahora se le está volviendo en contra como una granada, como una bomba de tiempo. Sí. Ese beso. Eso que la puso tan bien ahora la está poniendo tan mal.

Se va refugiando entre los puestos de diarios y los techitos que va encontrando en la avenida. Su caminar se torna lento, pero no está apurado. Salió antes de tiempo de la oficina. Está ansioso y no sabe por qué. No le gusta eso. Él siempre sabe más o menos por qué. Tiene todo controlado en su vida, u ordenado por lo menos. Todo encaja, todo tiene sentido. Todo cierra. Todo menos lo del departamento del otro día. No deja de pensar en eso. Una escena que por momentos siente que no le pertenece, que no la hizo él y por momentos siente que hay allí más verdad que en muchos momentos ordenados de su existencia. Que ahí hay, encerrada, una parte de él que no conoce mucho y por la que siente algo parecido al miedo. Y no quiere pensar mucho en eso. Aunque se le viene. Los ojos de la chica, la boca, el aroma de su cuello, se le viene y sonríe como un idiota. Ya le han preguntado varias veces qué le pasa, en qué piensa y él ha respondido vaguedades, pavadas. Se frena. Se queda bajo el alero de una pizzería. Le faltan dos cuadras y sigue lloviendo. No hay dudas de que va a llegar mojado.

No me voy a enojar, se dice ella. No me tengo que enojar. Salvucci no es idiota por faltar. La mujer tuvo mellizos. Es algo importante. Más importante que mi mal humor. Y se hace cargo de los clientes de Salvucci. Y cargando su enojo ante la alta probabilidad de mojar y/o arruinar las botas nuevas, toma las fichas de las propiedades que tiene que mostrar y sale a la calle.

Camina dos cuadras contento, paró de llover, apura el paso por Bulnes. Ya está viendo la plaza, falta poco para Sarmiento. Sonríe y el cielo se torna negro, un relámpago cruza el cielo y un segundo después se oye el trueno. Apura aún mas el paso, tratando de ser más veloz que el nuevo chaparrón que se va a descargar.

Ella llega empapada a la puerta del departamento y resbalando en la vereda por la suela nueva de la botas.

Él llega empapado a la puerta del departamento y con el pelo que le tapa los ojos y no lo deja ver nada.

Ambos chocan en la entrada y se atajan mutuamente. Ambos levantan la vista y se quedan paralizados. “Es ella” se shockea él. “Es él” rebota dentro de ella.

No se han visto en una semana y no pensaban verse nunca más. Pero allí están, en la puerta de Sarmiento 3924 7º “A”, el departamento que él tiene que ver con un tipo de una inmobiliaria que le hizo cita su hermana, el departamento que ella tiene que mostrar a un cliente de Salvucci.

“Hola”…dice él. “Hola…” contesta ella “Qué casualidad”. “Vengo a ver un  departamento” explica él.  “Cuál?”  “El séptimo “B”… dice él. “Sos cliente de Salvucci?” Pregunta ella. “No sé, mi hermana me hizo el contacto.” Y ella, nerviosa, aclara: “Salvucci no va a venir, no puede, hoy tuvo mellizos… la mujer, bah…!!” Y siente mucha vergüenza, porque sabe que se está poniendo tonta, pero no puede ocultar la alegría que le da verlo. Una alegría que se le antoja infantil o adolescente, que hace años no siente pero que la devora. Él se quiere morir, su pelo está en su peor momento. Achaparrado y pegado a su cráneo… odia la forma de su cráneo… seguro que ella va a notar que es poco menos que la de un gorila. Soy un asco, piensa, pero ve que ella sonríe y eso lo desconcierta. Suben en el ascensor en silencio. Pero eso sólo dura dos segundos porque enseguida ella buscando las llaves en la cartera, la da vuelta y todo el contenido cae en el piso del ascensor. “Qué estúpida soy!!” dice y se agacha  a juntar las cosas. Él se agacha junto a ella para ayudarla y se chocan un poco las rodillas y quedan muy cercas sus caras. Se miran allí abajo, donde hay menos luz y algo pasa. Una energía tremenda corre entre ellos, como si un tigre hubiera pasado entre los dos… como si una fuerza enorme los intimara a pegarse el uno al otro. Esa fuerza los asusta y ambos se ponen se ponen de pie, eyectados. El ascensor llega al séptimo piso, ella abre y se abalanza sobre la puerta de departamento. Él la ve salir y se dice que debería irse antes de que sea muy tarde, pero no puede, el cuerpo avanza por delante de su pensamiento… y sale del ascensor. Cierra y ve que ella está abriendo la puerta del séptimo “B” y entra al departamento en penumbras… Él entra detrás de ella. Ella intenta subir la persiana , pero está pesada, él se acerca y le dice: “dejame a mí…” y toma la tira y la levanta un poco pero enseguida se le corta y la persiana cae abruptamente. Los dos lanzan la risa. El instante se afloja. Y se miran, esta vez riéndose… “Estás mojado” dice ella. “Vos también…” dice él… y ella tirita como si recién ahora tomara conciencia de cómo está. Él la ve tiritar y se acerca y la abraza, como si ese abrazo pudiera calmarla. Ella siente su ropa mojada contra la ropa mojada de él y detrás el calor inmenso de su cuerpo. Y el perfume de su cuello. No tardan un segundo en estar besándose y se olvidan de todo: de lo mojados que están, de la lluvia y del departamento vacío y oscuro.

Comienzan a besarse en el living comedor de 4 x ,60… a sacarse la ropa en el pasillo distribuidor, amplio, que da a los cuartos… allí quedan las blusa de ella, el saco y la camisa de él y la pollera de ella… dentro del cuarto mas pequeño, 3 x 2,5 una ventana generosa, piso de parquet, él le saca el corpiño y las botas nuevas empapadas… se saca los zapatos y hunde su cara en el pelo de ella,  castaño oscuro y largo…  Ella lanza un suspiro, él sonríe y la lleva a la habitación principal,  3,50 x 3,  también de parquet y ventana al balcón corrido…  besándole el cuello y el pecho, él abre el placard, amplio, de toda la pared, la pone a ella sobre uno de los estantes y no puede creer estar haciendo lo que hace. Ella se apoya en sus hombros y se dice: “Estás loca, muy loca”, pero se agarra mas a él y sabe que no quiere dejar ese momento por nada del mundo. Él se sumerge en el pecho de ella. Ella se abre como nunca. Los  gritos y gemidos rebotan y estallan en los 130 metros de departamento vacío.

La lluvia ha cesado. Ellos también. Se han quedado abrazados, ella sentada sobre los cajones del ropero, él de pie frente a ella. Sus cuerpos se mueven al compás de sus respiraciones. Se sienten tan seguros dentro del abrazo del otro. Ni siquiera se han presentado. No saben o no recuerdan sus nombres, pero en ese segundo se sienten el uno del otro y es todo lo que importa.



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1. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

21 mayo 2010

Valentín Gómez 3701, 5° “B”

Un beso profundo. De esos en que la boca de uno se hunde en la del otro, carnosa, de labios calentitos. Un beso de esos en los que te quedás, de esos que no querés que terminen nunca. No querés que tus labios, tu lengua, tu saliva se separe de la del otro. No querés que tu cuerpo deje de estar pegado a la tibieza del otro y mucho menos que cese el cosquilleo creciente en la entrepierna. Solo querés apoyar el pecho en el otro pecho y sentirlo más, y más… pero no… la boca gana. La boca sigue siendo el centro del momento y podrías estar así,  toda la hora, toda la noche, dibujando círculos imperfectos con ese beso.

Silencioso e intenso, así es el instante del adiós entre ellos. Saben que cuando separen las bocas, los labios, los alientos, la lengua y la saliva es posible que el mundo se derrumbe. No es que haya mucho construido. Solo ese beso. Lo único contundente y sólido entre ellos.  El resto es  tan endeble que puede evaporarse en un segundo.

Ese beso, es el primero que se dan en sus vidas, y los acaba de tomar de sorpresa entre la habitación y el living vacíos del 5º “B” de Valentín Gómez 3701, tres ambientes luminosos, con balcón, al contrafrente, orientación norte, un mes de depósito y dos de comisión.

Mientras ella enumeraba las ventajas de la propiedad y el eco de su voz retumbaba en el departamento vacío, él no podía dejar de mirarle la boca y los ojos cristalinos. Algo irremediablemente seductor había en sus gestos. Algo que lo sorprendió y lo asaltó ni bien se presentaron en la puerta del edificio. Pensó que estaba loco, que no se puede sentir eso, pero lo sentía, mucho no la escuchaba, solo la miraba y asentía, y el mundo se volvió su boca…

…Y él, por primera vez en años, siguió el impulso dispuesto a afrontar lo que venga, y la besó. La tomó de la cintura y la puso contra la pared, y la besó. Se hundió en su boca y casi un poquito en ella.

Ella se dejó besar. Tembló apenas, lo que a él le dio aún mas satisfacción… lo estaba aceptando. Aquella perfecta extraña lo estaba aceptando.

Cuando el beso terminó, se miraron en silencio un segundo. Ella tragó saliva, él también. Nadie se animaba a disparar la primera palabra y por suerte nadie lo hizo. Ella tomó aire, sonrió y esta vez lo besó ella.

Otra vez el tiempo se detiene y no sabe cuánto es que están así, besándose. Pero cuando termina se da cuenta que tiene los ojos cerrados. Los abre y ella también los tiene cerrados. Está agarrada a su hombro y él no la siente una extraña. No recuerda su nombre pero no la siente una extraña.

Cuando bajan en el ascensor, ella le pregunta si le gustó el departamento y él le dice que no estaba mal, que lo va a pensar, y ella le da la ficha de la propiedad y le dice que se puede hacer una oferta interesante, los dueños están apurados. Él le dice que gracias. Se despiden en la puerta, ella camina hacia Bulnes y él hacia Corrientes, hacia la parada del colectivo. El sol cae. Los dos sonríen. Los dos se sienten los dueños del mundo. Los dos tienen ganas de darse vuelta y saludar al otro o mirarlo irse, pero ambos saben que eso puede llegar a romper este final perfecto. Pocas cosas perfectas han logrado en la vida. Este instante lo es. Han vivido algo muy intenso y tienen la fuerte convicción de que no se volverán a ver nunca más. Nunca más.



13. FLAVIO Y MAGA

7 mayo 2010

La dimensión desconocida

“A dónde?” Pregunta nuevamente Flavio, extrañado. “A Santa Clara”, le repite Hormiga. “Mi prima me presta la casa”.  Y Flavio le dice: “La verdad que no te puedo creer”. “Yo tampoco” dice Hormiga “Hace dos años que no me tomo vacaciones. Dos años hace que no salgo de la ciudad y no me había dado cuenta”. “Dos años” repite Flavio. “Sí, desde que nos fuimos a Merlo, te acordás’”. Y Flavio asiente mientras mete a Sanyi, la gata de Sanyi, ex Cigala, dentro de la jaula que trajo Hormiga. “Seguro que Sanyi no la quiere?” pregunta Hormiga”. “No” dice Flavio seco. “No le preguntaste”, acota el otro.  “No” confiesa Flavio. “Ni le voy a preguntar. Cuando me diga algo le digo que se escapó de vuelta”. Hormiga se ríe. “Che, qué mala onda mentir así”. Flavio lo mira con sorna: “Tuve un buen maestro”. “Yo ya no miento más, sabias?”. “No” dice Flavio “Qué pasó?  Te dejo de ver una semana y cambiás completamente, hasta te vas de vacaciones”. “Sí” dice Hormiga “Eso es culpa de Maga”. “Maga?” “Sí, la chica que conocí. La que le llevó la gata… Sabés quién es? La rompe que siempre llegaba los viernes a última hora al negocio, la que yo te llamé mil veces para pedirte ayuda con las películas para recomendarle… te acordás?” “Ah, sí…” dice Flavio…. “Es divina, y no sabés qué linda”  “Y qué,  estás enamorado? Te vas con ella de viaje?” pregunta Flavio algo celoso. Hormiga lo mira, sonríe y dice: “Ni en pedo. Es una amiga”. “Una amiga? Si vos no tenés amigas”. “No tenía” acota Hormiga “No podía, pero ahora sí… y sabés por qué? Porque me di cuenta que estaba enojado con las mujeres”. “Enojado?? Dice Flavio “Por qué?”. “Ni idea, a tanto no llegué, pero estaba muy enojado… por eso puteaba tanto a Sanyi también y me parecía una chota”. “Es una chota” dice Flavio. Hormiga lo mira con compasión: “Pobre no es chota… y cuando se te pase la bronca a vos, te vas a dar cuenta que la relación ya estaba y que ella por lo menos tuvo huevos para jugar algo, para hacer algo”. “Ah,  ahora la culpa es mía” resopla Flavio. “Nadie tiene la culpa, Flavio, pero ya está. Por suerte soltaste. Y ella también. Ya está. Game over” y lo mira al otro con ternura . “Te voy a extrañar, macho, cuando vuelva armemos algo para salir… ” Y le sonríe amenazador: “Eso sí, cuidame bien el boliche”. Y se abrazan un segundo más de lo normal y se miran al salir del abrazo y se sonríen chiquito y se palmean el hombro y parece que van a decirse algo más, que a los dos les cuesta terminar el momento, pero no…  Hormiga agarra la jaula, abre la puerta y silbando la cortina de “La Dimensión Desconocida”,  se va.

Viernes 21:57

Flavio está tan contento. El también se tomó una semana de vacaciones. Dejó la isla de edición y reemplazó a Hormiga en el video. No puede creer estar hablando con tanta gente por día. No puede creer estar recomendando películas y contarlas, ver a la gente en vivo y en directo. No puede creer que haya una vida detrás de la pantalla de la compu. O delante. Es viernes, ya se termina casi la semana y su reemplazo. Lo va a extrañar. Tanto que empieza a pensar en asociarse con Hormiga en el negocio o en poner otro, no sabe bien qué, pero ya sabe que a la isla no vuelve. Y con la felicidad y la excitación de un náufrago que ha avistado al barco que lo salvará, toma las llaves para ir a cerrar la puerta del local.  Está poniendo la llave en la cerradura cuando siente que golpean el vidrio, levanta la vista y la ve. Ella golpea el vidrio y le hace señas de que le abra. A Flavio le viene a la cabeza la voz de Hormiga: “…la rompe que siempre llega los viernes a última hora al negocio, la que yo te llamé mil veces para pedirte ayuda con las películas para recomendarle… “ Es linda,  piensa Flavio, tiene razón Hormiga… es  muy linda. Maga le sonríe y Flavio siente un escalofrío que le recorre el cuerpo. “No, no puede ser” Piensa y abre la puerta. “Hola” dice ella sonriente. “Hola” dice él, nervioso. “Perdón, está abierto todavía, no?” “Sí!” Sentencia él y la hace entrar. Ella pasa y le aclara que le tenga paciencia que no sabe bien qué llevar. Él cierra diciéndole que todo bien. Ella, mientras mira las tapas de las películas por las que van pasando, lo acribilla: “Con Hormiga es mas fácil, me conoce re bien, él siempre me recomienda cosas perfectas”. Flavio no se achica:  “Querés que te recomiende yo… mirá que puedo ser como Hormiga o mejor…” Ella lo mira de costado: “No creo, él jamás se equivocó con ninguna que me recomendó…” “Teneme fe” le pide él y va hacia un estante y agarra un película y se la da sin dudarlo, “Soñar, soñar” de Leonardo Favio. Ella mira la cajita un instante y en ese tiempo él anota algo en un papel. “Vos estás seguro? dice ella, “No me gusta mucho el cine argentino”. Y él le extiende el papel y se la juega: “Es mi teléfono, llamame cuando termine la película y me contás.”

Soñar, soñar

Flavio está en el sillón, con la campera aún puesta, en la misma posición en la que llegó del videoclub, mirando el reloj del celular. Ha calculado el tiempo en que ella tardó en llegar a su casa, un tiempo lógico para hacerse una comida o comer algo recalentado y la duración de “Soñar, soñar” : 85 minutos. Ya se ha cumplido el tiempo y ella no lo llama. “No le gustó. Fracasé. No va a llamar”. Y se siente hundido por un segundo, un segundo que es como un abismo o un acantilado, un segundo que le duele justo por debajo de las costillas, un segundo que podría sepultarlo y/o catapultarlo a la calle o a la cama, pero no… no se catapulta ni se sepulta, solo mete la mano en la profundidad del bolsillo de su pantalón y saca la chapita en forma de corazón con el celular de Maga. La ha llevado con él desde que la encontró tirada, como un amuleto. Mira su pata de conejo, y sin pensarlo más, la llama. Oye el tono de llamada. Una y otra vez. Nadie contesta. Flavio sufre, el acantilado, el abismo vuelven aparecer contundentes, pero él los espanta y sostiene… y sostiene, y el milagro sucede. “Hola…” dice Maga con la voz estrangulada. “Hola” dice él “Maga?” “Sí, dice ella, quién habla?” Y Flavio siente unas  ganas enormes de cortar porque se le ocurre que la interrumpió en un mal momento y que ella ni vio la película o la vio y no le gustó y ahora está en otra historia por supuesto mucho más importante, por supuesto con otro tipo, mucho más lindo, mas inteligente, con más plata y hasta con más pelo que él…  pero no, sostiene, vence nuevamente el vértigo y dice: “Flavio habla…” y la voz de ella cambia por completo y le dice: “Flavio!!! Qué bueno que llamaste… la gata esta se comió el papel con tu teléfono y no sabía cómo llamarte.. y se queda… “De dónde sacaste mi teléfono…?” Él se queda en silencio… un segundo… y luego arroja: “De la ficha del Video Club…”  “Ah, claro” dice ella…   Y él no le da tiempo y nervioso al extremo manda: “Y… te gustó?” “No” dice ella “Me encantó. Me enloqueció. Tenías razón, sos mejor que Hormiga recomendando… él me recomendó muchas pero como ésta ninguna… ” Flavio sonríe, siente que el mundo se le ensancha, que de repente el horizonte está mucho más allá de Congreso… y se acurruca en el sillón y le pide a Maga que le cuente… todo…  Y ella se ríe y le empieza a hablar de la película y de todas y cada una de las cosas que le gustaron… y juntos van desgranando la película y sus vidas en una conversación que dura toda una noche. Una noche de una profunda intimidad y alegría que los hace sentir plenos y les regala la promesa de una nueva vida.



FIN FLAVIO Y MAGA