1. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

Valentín Gómez 3701, 5° “B”

Un beso profundo. De esos en que la boca de uno se hunde en la del otro, carnosa, de labios calentitos. Un beso de esos en los que te quedás, de esos que no querés que terminen nunca. No querés que tus labios, tu lengua, tu saliva se separe de la del otro. No querés que tu cuerpo deje de estar pegado a la tibieza del otro y mucho menos que cese el cosquilleo creciente en la entrepierna. Solo querés apoyar el pecho en el otro pecho y sentirlo más, y más… pero no… la boca gana. La boca sigue siendo el centro del momento y podrías estar así,  toda la hora, toda la noche, dibujando círculos imperfectos con ese beso.

Silencioso e intenso, así es el instante del adiós entre ellos. Saben que cuando separen las bocas, los labios, los alientos, la lengua y la saliva es posible que el mundo se derrumbe. No es que haya mucho construido. Solo ese beso. Lo único contundente y sólido entre ellos.  El resto es  tan endeble que puede evaporarse en un segundo.

Ese beso, es el primero que se dan en sus vidas, y los acaba de tomar de sorpresa entre la habitación y el living vacíos del 5º “B” de Valentín Gómez 3701, tres ambientes luminosos, con balcón, al contrafrente, orientación norte, un mes de depósito y dos de comisión.

Mientras ella enumeraba las ventajas de la propiedad y el eco de su voz retumbaba en el departamento vacío, él no podía dejar de mirarle la boca y los ojos cristalinos. Algo irremediablemente seductor había en sus gestos. Algo que lo sorprendió y lo asaltó ni bien se presentaron en la puerta del edificio. Pensó que estaba loco, que no se puede sentir eso, pero lo sentía, mucho no la escuchaba, solo la miraba y asentía, y el mundo se volvió su boca…

…Y él, por primera vez en años, siguió el impulso dispuesto a afrontar lo que venga, y la besó. La tomó de la cintura y la puso contra la pared, y la besó. Se hundió en su boca y casi un poquito en ella.

Ella se dejó besar. Tembló apenas, lo que a él le dio aún mas satisfacción… lo estaba aceptando. Aquella perfecta extraña lo estaba aceptando.

Cuando el beso terminó, se miraron en silencio un segundo. Ella tragó saliva, él también. Nadie se animaba a disparar la primera palabra y por suerte nadie lo hizo. Ella tomó aire, sonrió y esta vez lo besó ella.

Otra vez el tiempo se detiene y no sabe cuánto es que están así, besándose. Pero cuando termina se da cuenta que tiene los ojos cerrados. Los abre y ella también los tiene cerrados. Está agarrada a su hombro y él no la siente una extraña. No recuerda su nombre pero no la siente una extraña.

Cuando bajan en el ascensor, ella le pregunta si le gustó el departamento y él le dice que no estaba mal, que lo va a pensar, y ella le da la ficha de la propiedad y le dice que se puede hacer una oferta interesante, los dueños están apurados. Él le dice que gracias. Se despiden en la puerta, ella camina hacia Bulnes y él hacia Corrientes, hacia la parada del colectivo. El sol cae. Los dos sonríen. Los dos se sienten los dueños del mundo. Los dos tienen ganas de darse vuelta y saludar al otro o mirarlo irse, pero ambos saben que eso puede llegar a romper este final perfecto. Pocas cosas perfectas han logrado en la vida. Este instante lo es. Han vivido algo muy intenso y tienen la fuerte convicción de que no se volverán a ver nunca más. Nunca más.



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