2. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

Sarmiento 3924, 7° “A

Llueve y está molesta. Se acaba de comprar unas botas que quiere usar pero sabe que con el agua se le van a arruinar. Odia tener que conciliar entre su deseo y su sentido común. Lo odia porque sabe que siempre le gana el sentido común. Pero hoy no, de capricho aunque sea, no le va a dar el gusto a su monstruo dictador que le vive cuestionando lo que está bien y lo que está mal. No. Hoy se pone las botas nuevas, aunque llueva.

Apura el paso por Corrientes, cintureando entre la gente para poder avanzar y no mojarse la cabeza. Odia el pelo cuando se le moja. Le queda achaparrado y después se seca erizadito. “Achaparrado y erizadito” Son dos palabras que él solo usa para definir ese estado de su pelo. Está molesto y es la lluvia. Cree. No sabe bien. Algo lo inquieta. Algo le falta. Y no sabe qué.

Llega a la inmobiliaria con un insulto a flor de boca. No puede ser que todo la moleste, la saque de su eje. No puede ser la lluvia, no puede ser el día. Qué es? Piensa y trata de buscar entre los acontecimientos de su vida aquel que le provoque esa furia-angustia-desazón. Mientras se sirve un café, mira hacia el fichero de propiedades y lo ve: Valentín Gómez 2701 5 “B”. Es eso. Eso es. Es el beso. Ese beso que la llenó de alegría y gracia durante días, que la sostuvo a fuerza de recordarlo y hundirse en él. Ese beso que la hizo sonreír por horas y comprarse esas botas maravillosas… Ese beso que pensó que abría una puerta nueva en su vida, ahora se le está volviendo en contra como una granada, como una bomba de tiempo. Sí. Ese beso. Eso que la puso tan bien ahora la está poniendo tan mal.

Se va refugiando entre los puestos de diarios y los techitos que va encontrando en la avenida. Su caminar se torna lento, pero no está apurado. Salió antes de tiempo de la oficina. Está ansioso y no sabe por qué. No le gusta eso. Él siempre sabe más o menos por qué. Tiene todo controlado en su vida, u ordenado por lo menos. Todo encaja, todo tiene sentido. Todo cierra. Todo menos lo del departamento del otro día. No deja de pensar en eso. Una escena que por momentos siente que no le pertenece, que no la hizo él y por momentos siente que hay allí más verdad que en muchos momentos ordenados de su existencia. Que ahí hay, encerrada, una parte de él que no conoce mucho y por la que siente algo parecido al miedo. Y no quiere pensar mucho en eso. Aunque se le viene. Los ojos de la chica, la boca, el aroma de su cuello, se le viene y sonríe como un idiota. Ya le han preguntado varias veces qué le pasa, en qué piensa y él ha respondido vaguedades, pavadas. Se frena. Se queda bajo el alero de una pizzería. Le faltan dos cuadras y sigue lloviendo. No hay dudas de que va a llegar mojado.

No me voy a enojar, se dice ella. No me tengo que enojar. Salvucci no es idiota por faltar. La mujer tuvo mellizos. Es algo importante. Más importante que mi mal humor. Y se hace cargo de los clientes de Salvucci. Y cargando su enojo ante la alta probabilidad de mojar y/o arruinar las botas nuevas, toma las fichas de las propiedades que tiene que mostrar y sale a la calle.

Camina dos cuadras contento, paró de llover, apura el paso por Bulnes. Ya está viendo la plaza, falta poco para Sarmiento. Sonríe y el cielo se torna negro, un relámpago cruza el cielo y un segundo después se oye el trueno. Apura aún mas el paso, tratando de ser más veloz que el nuevo chaparrón que se va a descargar.

Ella llega empapada a la puerta del departamento y resbalando en la vereda por la suela nueva de la botas.

Él llega empapado a la puerta del departamento y con el pelo que le tapa los ojos y no lo deja ver nada.

Ambos chocan en la entrada y se atajan mutuamente. Ambos levantan la vista y se quedan paralizados. “Es ella” se shockea él. “Es él” rebota dentro de ella.

No se han visto en una semana y no pensaban verse nunca más. Pero allí están, en la puerta de Sarmiento 3924 7º “A”, el departamento que él tiene que ver con un tipo de una inmobiliaria que le hizo cita su hermana, el departamento que ella tiene que mostrar a un cliente de Salvucci.

“Hola”…dice él. “Hola…” contesta ella “Qué casualidad”. “Vengo a ver un  departamento” explica él.  “Cuál?”  “El séptimo “B”… dice él. “Sos cliente de Salvucci?” Pregunta ella. “No sé, mi hermana me hizo el contacto.” Y ella, nerviosa, aclara: “Salvucci no va a venir, no puede, hoy tuvo mellizos… la mujer, bah…!!” Y siente mucha vergüenza, porque sabe que se está poniendo tonta, pero no puede ocultar la alegría que le da verlo. Una alegría que se le antoja infantil o adolescente, que hace años no siente pero que la devora. Él se quiere morir, su pelo está en su peor momento. Achaparrado y pegado a su cráneo… odia la forma de su cráneo… seguro que ella va a notar que es poco menos que la de un gorila. Soy un asco, piensa, pero ve que ella sonríe y eso lo desconcierta. Suben en el ascensor en silencio. Pero eso sólo dura dos segundos porque enseguida ella buscando las llaves en la cartera, la da vuelta y todo el contenido cae en el piso del ascensor. “Qué estúpida soy!!” dice y se agacha  a juntar las cosas. Él se agacha junto a ella para ayudarla y se chocan un poco las rodillas y quedan muy cercas sus caras. Se miran allí abajo, donde hay menos luz y algo pasa. Una energía tremenda corre entre ellos, como si un tigre hubiera pasado entre los dos… como si una fuerza enorme los intimara a pegarse el uno al otro. Esa fuerza los asusta y ambos se ponen se ponen de pie, eyectados. El ascensor llega al séptimo piso, ella abre y se abalanza sobre la puerta de departamento. Él la ve salir y se dice que debería irse antes de que sea muy tarde, pero no puede, el cuerpo avanza por delante de su pensamiento… y sale del ascensor. Cierra y ve que ella está abriendo la puerta del séptimo “B” y entra al departamento en penumbras… Él entra detrás de ella. Ella intenta subir la persiana , pero está pesada, él se acerca y le dice: “dejame a mí…” y toma la tira y la levanta un poco pero enseguida se le corta y la persiana cae abruptamente. Los dos lanzan la risa. El instante se afloja. Y se miran, esta vez riéndose… “Estás mojado” dice ella. “Vos también…” dice él… y ella tirita como si recién ahora tomara conciencia de cómo está. Él la ve tiritar y se acerca y la abraza, como si ese abrazo pudiera calmarla. Ella siente su ropa mojada contra la ropa mojada de él y detrás el calor inmenso de su cuerpo. Y el perfume de su cuello. No tardan un segundo en estar besándose y se olvidan de todo: de lo mojados que están, de la lluvia y del departamento vacío y oscuro.

Comienzan a besarse en el living comedor de 4 x ,60… a sacarse la ropa en el pasillo distribuidor, amplio, que da a los cuartos… allí quedan las blusa de ella, el saco y la camisa de él y la pollera de ella… dentro del cuarto mas pequeño, 3 x 2,5 una ventana generosa, piso de parquet, él le saca el corpiño y las botas nuevas empapadas… se saca los zapatos y hunde su cara en el pelo de ella,  castaño oscuro y largo…  Ella lanza un suspiro, él sonríe y la lleva a la habitación principal,  3,50 x 3,  también de parquet y ventana al balcón corrido…  besándole el cuello y el pecho, él abre el placard, amplio, de toda la pared, la pone a ella sobre uno de los estantes y no puede creer estar haciendo lo que hace. Ella se apoya en sus hombros y se dice: “Estás loca, muy loca”, pero se agarra mas a él y sabe que no quiere dejar ese momento por nada del mundo. Él se sumerge en el pecho de ella. Ella se abre como nunca. Los  gritos y gemidos rebotan y estallan en los 130 metros de departamento vacío.

La lluvia ha cesado. Ellos también. Se han quedado abrazados, ella sentada sobre los cajones del ropero, él de pie frente a ella. Sus cuerpos se mueven al compás de sus respiraciones. Se sienten tan seguros dentro del abrazo del otro. Ni siquiera se han presentado. No saben o no recuerdan sus nombres, pero en ese segundo se sienten el uno del otro y es todo lo que importa.



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