3. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

Subte B. Estación Medrano.

Se siente distinta, hay algo como más ágil en ella, como más dispuesto. Ella es cortante generalmente, hace lo que tiene que hacer, lo que le corresponde, lo suyo y punto. Pero ahora no, se siente distinta, está más suelta, se ríe más y sobre todo atiende todos los llamados de teléfono que recibe.  Ella siempre fue más de evitar atender y filtraba  a todo el mundo con el contestador o la secretaria de la inmobiliaria, pero ahora no para de hablar con cuanta persona llame. Al cabo de unos días se da cuenta que no es que está más ágil o más feliz, no. Está ansiosa, atiende todos los llamados pero está esperando uno solo. El de él.

Él está desconcentrado y se le nota. Sobre todo en el peinado, el pelo lo tiene erizado y voluble, como nunca. La gallega de la recepción le dijo: “Qué pasa, tío, andas con la cabeza alborotada?” Y él se río y se acomodó el pelo, peinándoselo, y no le contestó nada. Es que él no se siente alborotado. Se siente… Raro. Por un lado expectante y por otro como si quisiera hacer algo y no sabe qué. Toda la semana le pasó eso, no sabía que pedir a la hora de almorzar, y él siempre come lo mismo: bife de lomo abierto al medio para que se haga más rápido, con ensalada de lechuga y tomate, aceto y oliva. Un sifón de soda chico y un café. Pero esta semana no podía elegir eso, quería otra cosa y no sabía bien que era. Más de una vez se sobresaltó llegando al trabajo y siempre fue cuando la secretaria le dijo: “Señor, lo está esperando una persona…” Era escuchar esa frase y sentir que el corazón le latía más fuerte. Hasta que veía a la persona que lo esperaba y toda la ansiedad se iba. Un día fue Daniel Crocetti de Indumar, otro día María Elisa de “La Nueva” y así pasaba gente, hasta que se dio cuenta que ninguna de las persona que lo esperaba era la que él esperaba ver. Él espera verla a ella.

Se siente idota y perdida. Qué hago? se dice. Tendría que llamar? Tengo ganas de llamar. Pero… Puedo? Debo? Sé el teléfono. Está en el ficha de los departamentos que vio. Pero puedo? Puedo llamarlo? Está bien que lo haga?

Se siente incómodo e inmaduro. Podría pasar por la inmobiliaria y verla. Preguntar cualquier idiotez y verla. Pero… debo? Está bien que lo haga? Tengo ganas, muchas ganas de verla. Pero no debo, no, no está bien. Está bien así, hasta ahora nos reunió el destino. Que siga siendo así, no?

Y si el destino no hace nada esta vez? Se pregunta ella. Hay que dejar todo librado a la casualidad, a la suerte?

O habría que hacer algo, accionar algo para verla. Ella querrá verme? Se interroga él.

Y si llamo y él me corta el rostro? No, no soportaría eso. mejor dejo que el destino haga algo.

Y si no paso a verla y el destino no hace nada?

Y así pasa el día y ninguno puede accionar nada. Y ninguno puede dejar de pensar en el otro. Él toma coraje y cuando sale del trabajo, camina hacia la inmobiliaria decidido. Pero llega veinte metros antes del lugar y se detiene. La respiración agitada. Un miedo de verla. Un pánico de verla. Qué le digo? Qué hago? No sé si puedo.

Ella está con el tubo en la mano y a punto de marcar. Un miedo de hablarle. Un pánico de hablarle. Qué le digo?  Qué hago?

Y él pega media vuelta y se va hacia Corrientes a tomar el subte.

Y ella corta sin haber llamado y mira como sus compañeros se están poniendo los abrigos para irse.

En medio de la estación Medrano llena de gente se siente cobarde pero seguro. No es el momento. No, se dice él. Es una locura. Y mete las manos en el bolsillo de su saco y las hunde. El subte se está acercando a la estación. Ya ha dejado pasar dos trenes llenos, este lo toma sí o sí. Se pone de pie y un aroma lo shockea. Es el perfume de ella, piensa. Cierra los ojos y el recuerdo del tenerla en sus brazos le estalla en el cuerpo. Abre los ojos y la busca por el andén, entre la cantidad de gente que ya se aglutina para subir primera al subte. Tal vez no sea ella, piensa, hay muchas otras mujeres que deben usar ese perfume. Él no lo había olido nunca y para él, es el olor de ella, pero puede que sea otra. Sigue buscándola pero no la ve, todo huele a ella, pero ella no está. Sí está se dice… y ahí, entre la gente que empuja para subir a un vagón, de espaldas, cree verla. Es ella? Se pregunta. No sabe bien. Qué hago?  La llamo? Y no se anima a gritar su nombre, le da vergüenza, nunca la ha llamado por el nombre hasta ahora… Y si no es… y tanto tarda que las puertas del subte se cierran, él queda en el andén,  y la mujer gira entre la masa de gente dentro del vagón y queda pegada al vidrio. ES ELLA. Sí,  es ella!  Que se queda mirándolo absolutamente anonadada mientras el tren arranca. Es un instante en el que él ve en el rostro de ella la sorpresa, la sonrisa, el intento de saludarlo y  el desconcierto porque el subte se aleja irremediablemente y ella no atina a hacer nada. Él supone que ella debe haber visto lo mismo en su rostro y en su cuerpo.

El corazón le late fuerte. Estaba ahí y se fue. Qué tiene que hacer? Esperarla ahí… o tomarse el subte y seguirla. Seguirla?? A dónde? A la estación siguiente, piensa. Ella seguramente se baja en la estación siguiente y lo espera. O vuelve a acá. Por qué no anoté su teléfono. Qué hago?? Mira le escalera… Corro hasta la otra estación? Me tomo un taxi? Me voy a casa? Trata de calmarse y se sienta nuevamente. Más gente vuelve a invadir el andén. El olor a ella desaparece y eso lo desespera.

De todas las opciones la mejor le pareció tomar el subte siguiente y ver si ella está en la estación siguiente, sino sigue su camino hacia su casa. Las pocas cuadras que separan la estación Medrano de la estación Ángel Gallardo le parecen interminables. Mira fijo la pared grasosa y oscura del túnel del subte como si allí pudiera verla aparecer. Soporta el acordeón desafinado de un niño ucraniano con cachetes rosaditos de muñeca de porcelana y los lamentos de una mujer a la que el marido la dejó por una más joven y flaca hace veinte años. Vislumbra a los lejos las luces de la estación. Estará? Estará? Y cierra lo ojos un segundo cuando siente que el subte va frenando. Los abre con la luz de la estación y va viendo en el andén si descubre su rostro. No… no… no… El tren se detiene, no sabe si bajarse o seguir. Se asoma. Toda la gente sube y recién ahí la ve. Ella está paradita mirando los rostros dentro de otro vagón. Siente un alivio increíble, como si hubiera terminado una guerra y baja y le dice: “Hola…” Ella gira la cabeza y lo ve y sonríe de oreja a oreja. Él traga saliva y algo se le mueve en el estómago, mi Dios, piensa, que hermosa sonrisa tiene. Y ella lo ve y piensa, mi Dios, que lindo verlo. Y se acerca y se ríen. Y Ella dice: “Hola, qué casualidad” “Sí” dice él. Y ella sigue: “No sabía que hacer y me bajé acá… Y él le contesta: “Pensé que te ibas a bajar acá…  yo hubiera hecho lo mismo” Y se miran… y se quedan ahí…  el subte ya se fue… “Querés tomar algo?” primerea ella. “Sí, claro…” dice él.  Y ella le dice que tiene que ir a ver un departamento que les entregaron hoy si no la acompaña y  después toman algo. “Sí, claro, de cuánto ambientes es?” Y ella sonriente dice: “De tres, pero no tiene balcón.. vos buscas con balcón, no?” Él asiente.  Y ella dice: “Este es planta baja con patio” “Puede ser otra opción” dice él mientras van subiendo la escalera mecánica que los saca de la estación de subte.

Pringles 585, PB ° “C

El departamento le gusta mucho a él. El patio es hermoso, lleno de plantas. Como un jardín secreto, dice. Ella sonríe y le dice que tiene una manera muy poética de decir algunas cosas. Él se ríe: “poética? Creo que no hay nadie menos poeta que yo. Soy una bestia Ella niega: “No parece, para nada…” Y se levanta, desnuda, del piso en el que han hecho el amor, tirados sobre el saco de él y la campera de ella.

Él la mira desde abajo, es tan linda desnuda y todo su cuerpo huele a ella, a ese perfume que él nunca ha olido antes. La observa irse desnuda hacia la cartera y revolverla. “Te tenés que ir?” le pregunta. “No, voy a buscar un cigarrillo…” dice ella y saca el paquete y se pone uno en la boca y lo mira: “tenés fuego?” “Sí” dice él y saca un encendedor del interior de su saco que yace bajo él en el piso. Ella se acerca y le acerca el cigarrillo. El se lo enciende, fascinado con el gesto que hace ella cuando da la primera pitada. “Hace mucho que fumás…?” No, un par de años… pero no fumo mucho, diez por día o menos. Hay días que no fumo” “Qué suerte dice él “Ojalá pudiera… yo ahora dejé de fumar, porque me fumo un paquete como nada” “Sos nervioso, ansioso…” dice ella. “No, para nada, soy fumador” dice él. “Y si no fumás más, para que tenés el encendedor” Él la mira y se ríe. “Fumás a escondidas” dice ella. “No, dice él, lo tengo porque siento que en cualquier momento vuelvo. Lo extraño. Estoy tratando de ser fuerte… pero lo extraño. Es raro extrañar algo que te hace mal, no?” “Para nada” dice ella. “La mayoría de las cosas nos hacen bien y mal, el tema es la cantidad. No?” Puede ser, dice él y le sonríe. Se miran. Ella fuma despacio. “Qué te gustaría hacer ahora?” le pregunta él.  Ella lo mira soltando el humo y dice: “Puedo pedir cualquier cosa…” “Sí” dice él “Cualquier cosa Ella se entusiasma: “Quiero que me dejes dibujarte “Dibujás?” dice él. Y ella se ríe: “Noooo.. con el dedo… y le empieza a pasar la punta del dedo por la frente y el resto de la cara. Él cierra los ojos y se abandona al placer de sentir como el índice de ella le va marcando uno a uno de los rasgos: los ojos, las cejas, la curva de la nariz, la comisura de los labios… el mentón… el cuello… él se hunde en el placer, el infinito placer de  sentir cómo ella le da forma a su cuerpo, y siente que todo tiene más sentido que nunca. Ella se inunda del éxtasis que le da recorrerlo y sentir que su dedo le da vida a partes que él ni sabe que tenía.

Cuando ella termina de dibujarlo, él se siente otro. Y le pide permiso a ella para hacer lo mismo. Él lo hace, nunca antes ha hecho algo así, le lleva una hora o más y cuando termina ella tiene lágrimas en los ojos. Se miran. Extasiados. Plenos. Nuevos. Se han dibujado un nuevo contorno. Nada puede ser igual a partir de ahora.



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