Archive for 9 julio 2010

5. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

9 julio 2010

Esa delgada línea roja.

Hay un antes y un después. Ellos, ambos, saben que entraron en el después. Cruzaron una frontera. La primera. Y se adentran en tierras extrañas. Territorios que no han recorrido antes. Más de una vez fantasearon con hacerlo, pero nunca hasta ahora se animaron. Hay un antes y un después. Todo cambia, todo crece, todo sigue para adelante, y ellos también, sin saber bien si es el movimiento el que los empuja o ellos mismos son el movimiento.

Potosí 2354 2º “D”.

Entra rápido y se sumerge en el baño. No le da tiempo al marido a que la vea. Se mira al espejo. Siente que todo la delata. Se huele, quiere estar segura de que no le quedó olor a él. Respira un par de veces, su aliento, buscando rastros del otro. Se mira en el espejo de nuevo. Se sonríe y enseguida se corta. Se siente tan culpable que no quiere salir a escena. Siente que le golpean chiquito la puerta del baño: “Gorda… gorda…” dice el marido, y ella frunce el ceño y dice bajito: “Ahí voy, gordo, ahí voy…” Y se muerde el labio y hace tiempo tirando la cadena.

Colombres 767 timbre 3

Cierra la puerta y se alivia al ver el living a oscuras. Los chicos están durmiendo y su mujer evidentemente también. Avanza hacia la cocina y se detiene. La luz está encendida. Mierda. Entra y su mujer está sentada en un banquito, leyendo un libro y fumando un cigarrillo. “Hola” dice él sonriendo tenso. “Hola” dice ella, “me desvelé”. “Sí, veo” dice él. “Cómo estás?” pregunta ella y le da un beso en la boca, corto y algo seco. Él le dice:” bien, reventado”. “Muy pesada la
auditoría?” “Sí, dice él, un embole. Acá todo bien?” “Sí, dice ella, los mellizos se durmieron temprano y la gorda hace un ratito porque está con unas líneas de fiebre”. “Ah, dice él, qué macana…” “No, dice ella, no es nada… todo bien, yo aproveché y me vine a leer un rato. A ver si termino esta novela, que está muy buena… es la que me recordó tu mamá” y levanta el libro. Él simula que le interesa, mira la tapa y dice “Ah, cierto… que bueno” pero siente que todo el diálogo le resbala, lo resbala, se le desliza por la piel y cae al piso. Ella le pregunta si quiere un té, un mate cocido y él le dice que no, que se va a acostar que está fusilado. Ella le dice que ahora voy y él le dice no, quedate, leé, terminá el libro… está todo bien, y le da otro beso al pasar y sale hacia el cuarto.
La mujer abre el libro y continúa leyendo su ansiada novela: “Capítulo 7. La reina se muere sola en su torre. Los cascos del caballo resuenan poderosos en medio de la noche espesa y fría que cubre la campiña francesa. El galopar intenso no cesa. Es imperioso llegar a tiempo a Paris. Las noticias de la sublevación en Londres pueden modificar el curso de la coronación que se llevará a cabo mañana. El duque de Orleans siente más que nunca que el destino de una nación y la vida de la mujer que ama, están en sus manos…”
Ella sale del baño y el marido ya no está ahí. Va hacia el cuarto apagando luces. La del living comedor en L amplio, la de la cocina con comedor diario incorporado, el velador del cuarto de las nenas que duermen envueltas en sus acolchados de Barbie, la del pasillo y finalmente llega a destino. El marido está allí, en cuero, sentado en el borde de la cama. La mira entrar y le sonríe mientras se saca las medias: “Cómo te fue?” “Bien, dice ella, todo bien… estuvo bueno ir, pobre Mirian, me agradeció mucho, le hizo bien que charlemos”. “Y sí, dice él, pobre, qué garrón, pero qué… es definitivo?” “No sé, dice ella, es como que están en crisis, pero todavía no saben bien qué hacer”. “Claro” acota él. “Las nenas todo bien?” “Sí, dice él, se pelearon un poco por lo de siempre, pero todo bien” “Voy a cortar el cable, dice ella, en cualquier momento”. “No pasa nada” dice él y la mira desvestirse automáticamente. Ella lo nota: “Qué pasa?” “Nada, dice él, te miro”. “Qué tengo?” “Nada, dice él, veo como te sacas la ropa, nada más…” y se mete en la cama.
Ella termina de desabrocharse el corpiño, lo arroja a un costado y en bombacha busca el pijamas.

Él se saca la ropa y se acuesta. Debería ducharse… pero nunca lo hace de noche y eso llamaría la atención de la esposa. Y no quiere, no quiere responder preguntas de más, no quiere distraerla de su lectura, no, la prefiere así, en la cocina, lejos de él en este momento. Apoya la cabeza en la almohada y sonríe. En la oscuridad del cuarto, se huele los brazos buscando algún resabio del perfume de ella. Encuentra algo en el hombro. Huele ese territorio un par de veces y sonríe. Qué ganas de decirle algo. Que ganas. Le hormiguea el cuerpo. Gira en el la cama. Se tapa. Vuelve a girar, toma el celular
y escribe un mensaje de texto.

Ella ya está en la cama. El marido también. Él apaga la luz y se pone contra ella. Ella se queda de espaldas, con la mirada en la oscuridad. Siente el calor del marido y se aferra con las piernas a él que le susurra un: “Buenas noches, gorda”. “Buenas noches, gordo” responde ella. Silencio. Un instante
de oscuridad y silencio total que es cortado por el marido que enciende el velador y se levanta eyectado de la cama diciendo: “No! No doy más con esto” Ella sorprendida, dice: “Con qué? Qué pasa?” “La bomba, voy a apagar la bomba esa de mierda que no corta nunca y me tiene los huevos al plato” y sale hacia la terraza a cortar la bomba esa de mierda que no corta nunca. Ella respira aliviada, no sabe bien por qué. Va a apagar su velador cuando escucha el sonido de un mensaje de texto que le llega. Se queda. Tiene un presentimiento por dentro. Toma el celular y lee el mensaje: “Hermoso encuentro. Que descanses, preciosa :)” Ella se estremece. No le han dicho preciosa en años, menos escrito, y esa carita feliz, no se la esperaba de él. Ella detesta las caritas felices, pero
no esta noche. Cierra el celular y el marido vuelve al cuarto y se arroja en la cama. “Todo bien?” pregunta. “Todo bien” dice ella y apaga la luz y se duerme con el celular en la mano y una gran sonrisa en la boca, recordando su bella cara.

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4. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

2 julio 2010

“Después te llamo”

Eso fue lo ultimo que le dijo él. Y lo repasa y lo repite en su cabeza una y otra vez. Cierra los ojos y ve el fragmento de película: él que sonríe y la toma de la cintura en la esquina de Pringles y Corrientes y le da un beso suave en la boca. Se separa y le dice: “Después te llamo”. “Sí” dice ella, como si no le importara, como si el hecho de que llamara o no, de que se volvieran a ver o no, no tuviera la menor importancia en su vida.

No sabe bien qué hacer con ella. No sabe si invitarla a comer, a tomar algo, al cine o a un lugar más tranquilo. No sabe nada más que sus ganas de verla. Pero tiene miedo de invadirla. No se mostró muy efusiva cuando él le dijo: “Después te llamo”. Estará bien? Piensa. Le habrá gustado lo que pasó entre nosotros? El cree que sí, pero engendra como siempre el lugar para la duda, esa brecha inútil que lo puede hacer no verla nunca más.

Ella evalúa que no pase nada más y se pone de mal humor. No quiere. Quiere verlo de nuevo, besarlo, tocarlo, olerlo.

Él evalúa si llamarla o no. Quiere verla de nuevo, quiere, besarla, tocarla, tenerla. Mira la tarjeta de la inmobiliaria. Y el mundo se bifurca ante él. Llamo o no llamo? El corazón bombea fuerte… llamo o no llamo? La recuerda desnuda de espaldas caminando hacia el baño del último departamento al que fueron: Pringles 585, PB “C”. Llamo o no llamo? Y llama.

Él llama. Su llamado la toma de improviso decidiendo si se larga a llorar o se va al Shopping al patio de comidas.

La conversación dura unos cinco minutos que para ambos son como eternos. Qué raro escuchar su voz, es mas linda aún por teléfono, piensa ella. Y por pensar no escucha lo que él le dice y quedan en silencio. El se siente pésimo, le acaba de decir de verse y ella no dice nada. No quiere, piensa él, no quiere verme otra vez. Y ella que se da cuenta le dice que se corta un poco que no escuchó lo que le dijo y él le dice que nada, que si quiere se pueden ver hoy a la tarde. Ella responde al instante que sí, claro, que quiere. Y él sonríe. Y se alivia. Ella que sale a las seis del trabajo, él que la espera a la salida, la pasa a buscar con el auto y ven a donde van. Si ella quiere. Y ella de nuevo contesta rápido como un resorte. Sí quiere.

Cortan y se quedan pegados al teléfono. Quieren verse, eso los entusiasma, los llena de una extraña emoción impregnada de temor. Hay temor, sí, por algo que asoma por debajo. Algo que inquieta y los embarga cuando piensan en el otro. Algo agazapado que pugna por salir.

Ella sale de la inmobiliaria y busca el auto de él. Hace conjeturas sobre cual será. Ve venir un Dodge medio escorado y no le gusta. Se siente frívola por este pensamiento, pero no le gustaría ahora subirse a ese Dodge. Mas atrás viene un Clío, tampoco le gusta y se reta por dentro, qué importa eso. Pero le importa. Se acomoda la ropa y escucha una bocina, levanta la vista y ve un Peugeot 308, negro… le gusta. Le gusta ese auto y eso la alivia, es estúpido pero la alivia. Él le sonríe, se detiene, y le hace señas de que se suba. Ella nerviosa, va hacia adelante y se sube. Todas las conjeturas que hizo de cómo sería volver a verlo se parten en ese instante. Se sube y el sonríe, ancho, tranquilo y le
dice “Hola…” “Hola” dice ella y se dan un beso en la boca.

Inca 3819. 4º “16”

Están besándose desde hace rato. Un largo rato. Una hora. En medio del pasaje Inca. Estacionados, mientras deciden a donde van, están besándose y acariciándose. Los vidrios del auto están empañados, completamente empañados, ocultándolos desde afuera de la vista de la gente, poca, que transita por el pasaje. Él le dice si quiere ir a cenar y ella sacando un juego de llaves le dice que sí, que puede ser, pero que antes tiene que ver un departamento nuevo y le pregunta si quiere verlo con ella. Él sonríe, sabe que es una excusa, que no va a haber cena y le gusta, sin inmutarse le dice a ella
que sí, claro, dale, vamos a verlo. Y bajan los dos del auto y entran al edificio. La construcción es antigua y el olor a madera de las aberturas le agrada. Ella abre la puerta y entran al cuatro ambientes desnudo, los pisos de pinotea lustrada la fascinan. A él le gusta el lugar, le da seguridad a pesar de estar vacío. “Acá estamos” dice ella y él la toma del brazo y la vuelve a besar desaforado.
Está anocheciendo, ya prácticamente está todo oscuro y en medio de la penumbra ella admira los ojos de él. Son raros, de un color indefinido. Le gustan. Creen que podrían estar toda la noche así, toda, pero no, algo comienza a inquietarlos. Lo que hay debajo empuja, empieza a carcomerlos por dentro. Los dos tiene algo que decir y no pueden. Los dos sienten que tienen que sincerar lo que pasa por dentro, eso los frena y ambos lo notan. Él la mira a los ojos, están muy cerca el uno del otro, y hablando bajo, casi susurrado, él le dice: “Estás bien?” “Sí” dice ella… “Vos…?” “Sí” dice él… Silencio, tenso. Se dan otro beso y de él asoma un: “pero…” “Qué?” dice ella… rápida. Él la mira desprotegido, desarmado: “tengo que decirte algo…” “Yo también” dice ella conmovida… y él la mira y ella lo mira, y él le dice: “Soy casado”. Y ella lo mira y dice: “yo también”.

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