4. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

“Después te llamo”

Eso fue lo ultimo que le dijo él. Y lo repasa y lo repite en su cabeza una y otra vez. Cierra los ojos y ve el fragmento de película: él que sonríe y la toma de la cintura en la esquina de Pringles y Corrientes y le da un beso suave en la boca. Se separa y le dice: “Después te llamo”. “Sí” dice ella, como si no le importara, como si el hecho de que llamara o no, de que se volvieran a ver o no, no tuviera la menor importancia en su vida.

No sabe bien qué hacer con ella. No sabe si invitarla a comer, a tomar algo, al cine o a un lugar más tranquilo. No sabe nada más que sus ganas de verla. Pero tiene miedo de invadirla. No se mostró muy efusiva cuando él le dijo: “Después te llamo”. Estará bien? Piensa. Le habrá gustado lo que pasó entre nosotros? El cree que sí, pero engendra como siempre el lugar para la duda, esa brecha inútil que lo puede hacer no verla nunca más.

Ella evalúa que no pase nada más y se pone de mal humor. No quiere. Quiere verlo de nuevo, besarlo, tocarlo, olerlo.

Él evalúa si llamarla o no. Quiere verla de nuevo, quiere, besarla, tocarla, tenerla. Mira la tarjeta de la inmobiliaria. Y el mundo se bifurca ante él. Llamo o no llamo? El corazón bombea fuerte… llamo o no llamo? La recuerda desnuda de espaldas caminando hacia el baño del último departamento al que fueron: Pringles 585, PB “C”. Llamo o no llamo? Y llama.

Él llama. Su llamado la toma de improviso decidiendo si se larga a llorar o se va al Shopping al patio de comidas.

La conversación dura unos cinco minutos que para ambos son como eternos. Qué raro escuchar su voz, es mas linda aún por teléfono, piensa ella. Y por pensar no escucha lo que él le dice y quedan en silencio. El se siente pésimo, le acaba de decir de verse y ella no dice nada. No quiere, piensa él, no quiere verme otra vez. Y ella que se da cuenta le dice que se corta un poco que no escuchó lo que le dijo y él le dice que nada, que si quiere se pueden ver hoy a la tarde. Ella responde al instante que sí, claro, que quiere. Y él sonríe. Y se alivia. Ella que sale a las seis del trabajo, él que la espera a la salida, la pasa a buscar con el auto y ven a donde van. Si ella quiere. Y ella de nuevo contesta rápido como un resorte. Sí quiere.

Cortan y se quedan pegados al teléfono. Quieren verse, eso los entusiasma, los llena de una extraña emoción impregnada de temor. Hay temor, sí, por algo que asoma por debajo. Algo que inquieta y los embarga cuando piensan en el otro. Algo agazapado que pugna por salir.

Ella sale de la inmobiliaria y busca el auto de él. Hace conjeturas sobre cual será. Ve venir un Dodge medio escorado y no le gusta. Se siente frívola por este pensamiento, pero no le gustaría ahora subirse a ese Dodge. Mas atrás viene un Clío, tampoco le gusta y se reta por dentro, qué importa eso. Pero le importa. Se acomoda la ropa y escucha una bocina, levanta la vista y ve un Peugeot 308, negro… le gusta. Le gusta ese auto y eso la alivia, es estúpido pero la alivia. Él le sonríe, se detiene, y le hace señas de que se suba. Ella nerviosa, va hacia adelante y se sube. Todas las conjeturas que hizo de cómo sería volver a verlo se parten en ese instante. Se sube y el sonríe, ancho, tranquilo y le
dice “Hola…” “Hola” dice ella y se dan un beso en la boca.

Inca 3819. 4º “16”

Están besándose desde hace rato. Un largo rato. Una hora. En medio del pasaje Inca. Estacionados, mientras deciden a donde van, están besándose y acariciándose. Los vidrios del auto están empañados, completamente empañados, ocultándolos desde afuera de la vista de la gente, poca, que transita por el pasaje. Él le dice si quiere ir a cenar y ella sacando un juego de llaves le dice que sí, que puede ser, pero que antes tiene que ver un departamento nuevo y le pregunta si quiere verlo con ella. Él sonríe, sabe que es una excusa, que no va a haber cena y le gusta, sin inmutarse le dice a ella
que sí, claro, dale, vamos a verlo. Y bajan los dos del auto y entran al edificio. La construcción es antigua y el olor a madera de las aberturas le agrada. Ella abre la puerta y entran al cuatro ambientes desnudo, los pisos de pinotea lustrada la fascinan. A él le gusta el lugar, le da seguridad a pesar de estar vacío. “Acá estamos” dice ella y él la toma del brazo y la vuelve a besar desaforado.
Está anocheciendo, ya prácticamente está todo oscuro y en medio de la penumbra ella admira los ojos de él. Son raros, de un color indefinido. Le gustan. Creen que podrían estar toda la noche así, toda, pero no, algo comienza a inquietarlos. Lo que hay debajo empuja, empieza a carcomerlos por dentro. Los dos tiene algo que decir y no pueden. Los dos sienten que tienen que sincerar lo que pasa por dentro, eso los frena y ambos lo notan. Él la mira a los ojos, están muy cerca el uno del otro, y hablando bajo, casi susurrado, él le dice: “Estás bien?” “Sí” dice ella… “Vos…?” “Sí” dice él… Silencio, tenso. Se dan otro beso y de él asoma un: “pero…” “Qué?” dice ella… rápida. Él la mira desprotegido, desarmado: “tengo que decirte algo…” “Yo también” dice ella conmovida… y él la mira y ella lo mira, y él le dice: “Soy casado”. Y ella lo mira y dice: “yo también”.

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