5. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

Esa delgada línea roja.

Hay un antes y un después. Ellos, ambos, saben que entraron en el después. Cruzaron una frontera. La primera. Y se adentran en tierras extrañas. Territorios que no han recorrido antes. Más de una vez fantasearon con hacerlo, pero nunca hasta ahora se animaron. Hay un antes y un después. Todo cambia, todo crece, todo sigue para adelante, y ellos también, sin saber bien si es el movimiento el que los empuja o ellos mismos son el movimiento.

Potosí 2354 2º “D”.

Entra rápido y se sumerge en el baño. No le da tiempo al marido a que la vea. Se mira al espejo. Siente que todo la delata. Se huele, quiere estar segura de que no le quedó olor a él. Respira un par de veces, su aliento, buscando rastros del otro. Se mira en el espejo de nuevo. Se sonríe y enseguida se corta. Se siente tan culpable que no quiere salir a escena. Siente que le golpean chiquito la puerta del baño: “Gorda… gorda…” dice el marido, y ella frunce el ceño y dice bajito: “Ahí voy, gordo, ahí voy…” Y se muerde el labio y hace tiempo tirando la cadena.

Colombres 767 timbre 3

Cierra la puerta y se alivia al ver el living a oscuras. Los chicos están durmiendo y su mujer evidentemente también. Avanza hacia la cocina y se detiene. La luz está encendida. Mierda. Entra y su mujer está sentada en un banquito, leyendo un libro y fumando un cigarrillo. “Hola” dice él sonriendo tenso. “Hola” dice ella, “me desvelé”. “Sí, veo” dice él. “Cómo estás?” pregunta ella y le da un beso en la boca, corto y algo seco. Él le dice:” bien, reventado”. “Muy pesada la
auditoría?” “Sí, dice él, un embole. Acá todo bien?” “Sí, dice ella, los mellizos se durmieron temprano y la gorda hace un ratito porque está con unas líneas de fiebre”. “Ah, dice él, qué macana…” “No, dice ella, no es nada… todo bien, yo aproveché y me vine a leer un rato. A ver si termino esta novela, que está muy buena… es la que me recordó tu mamá” y levanta el libro. Él simula que le interesa, mira la tapa y dice “Ah, cierto… que bueno” pero siente que todo el diálogo le resbala, lo resbala, se le desliza por la piel y cae al piso. Ella le pregunta si quiere un té, un mate cocido y él le dice que no, que se va a acostar que está fusilado. Ella le dice que ahora voy y él le dice no, quedate, leé, terminá el libro… está todo bien, y le da otro beso al pasar y sale hacia el cuarto.
La mujer abre el libro y continúa leyendo su ansiada novela: “Capítulo 7. La reina se muere sola en su torre. Los cascos del caballo resuenan poderosos en medio de la noche espesa y fría que cubre la campiña francesa. El galopar intenso no cesa. Es imperioso llegar a tiempo a Paris. Las noticias de la sublevación en Londres pueden modificar el curso de la coronación que se llevará a cabo mañana. El duque de Orleans siente más que nunca que el destino de una nación y la vida de la mujer que ama, están en sus manos…”
Ella sale del baño y el marido ya no está ahí. Va hacia el cuarto apagando luces. La del living comedor en L amplio, la de la cocina con comedor diario incorporado, el velador del cuarto de las nenas que duermen envueltas en sus acolchados de Barbie, la del pasillo y finalmente llega a destino. El marido está allí, en cuero, sentado en el borde de la cama. La mira entrar y le sonríe mientras se saca las medias: “Cómo te fue?” “Bien, dice ella, todo bien… estuvo bueno ir, pobre Mirian, me agradeció mucho, le hizo bien que charlemos”. “Y sí, dice él, pobre, qué garrón, pero qué… es definitivo?” “No sé, dice ella, es como que están en crisis, pero todavía no saben bien qué hacer”. “Claro” acota él. “Las nenas todo bien?” “Sí, dice él, se pelearon un poco por lo de siempre, pero todo bien” “Voy a cortar el cable, dice ella, en cualquier momento”. “No pasa nada” dice él y la mira desvestirse automáticamente. Ella lo nota: “Qué pasa?” “Nada, dice él, te miro”. “Qué tengo?” “Nada, dice él, veo como te sacas la ropa, nada más…” y se mete en la cama.
Ella termina de desabrocharse el corpiño, lo arroja a un costado y en bombacha busca el pijamas.

Él se saca la ropa y se acuesta. Debería ducharse… pero nunca lo hace de noche y eso llamaría la atención de la esposa. Y no quiere, no quiere responder preguntas de más, no quiere distraerla de su lectura, no, la prefiere así, en la cocina, lejos de él en este momento. Apoya la cabeza en la almohada y sonríe. En la oscuridad del cuarto, se huele los brazos buscando algún resabio del perfume de ella. Encuentra algo en el hombro. Huele ese territorio un par de veces y sonríe. Qué ganas de decirle algo. Que ganas. Le hormiguea el cuerpo. Gira en el la cama. Se tapa. Vuelve a girar, toma el celular
y escribe un mensaje de texto.

Ella ya está en la cama. El marido también. Él apaga la luz y se pone contra ella. Ella se queda de espaldas, con la mirada en la oscuridad. Siente el calor del marido y se aferra con las piernas a él que le susurra un: “Buenas noches, gorda”. “Buenas noches, gordo” responde ella. Silencio. Un instante
de oscuridad y silencio total que es cortado por el marido que enciende el velador y se levanta eyectado de la cama diciendo: “No! No doy más con esto” Ella sorprendida, dice: “Con qué? Qué pasa?” “La bomba, voy a apagar la bomba esa de mierda que no corta nunca y me tiene los huevos al plato” y sale hacia la terraza a cortar la bomba esa de mierda que no corta nunca. Ella respira aliviada, no sabe bien por qué. Va a apagar su velador cuando escucha el sonido de un mensaje de texto que le llega. Se queda. Tiene un presentimiento por dentro. Toma el celular y lee el mensaje: “Hermoso encuentro. Que descanses, preciosa :)” Ella se estremece. No le han dicho preciosa en años, menos escrito, y esa carita feliz, no se la esperaba de él. Ella detesta las caritas felices, pero
no esta noche. Cierra el celular y el marido vuelve al cuarto y se arroja en la cama. “Todo bien?” pregunta. “Todo bien” dice ella y apaga la luz y se duerme con el celular en la mano y una gran sonrisa en la boca, recordando su bella cara.

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