6. Tres Ambientes c/balcón terraza. Almagro.

“Jaque al rey”

El duque de Orleans da vueltas por la habitación en la que se ha alojado secretamente. Oculto por la oscuridad de una noche sin luna, envuelto en su capa y utilizando un nombre falso, hizo su arribo a París horas antes de este amanecer que lo desvela. Espera ansioso la llegada de su amigo y fiel sirviente Manon, él le traerá noticias de la corte. Mira por la ventana de la mugrienta posada que está muy por debajo de los sitios a los que el está acostumbrado a frecuentar, el movimiento de la calle comienza a marcar el inicio del nuevo día. Un carro desvencijado pasa bajo su mirada, observa a los caballos flacos y hambrientos, lacerados por los golpes de látigo del cochero y el hambre y ya sabe cuál es la carga. Una pila de cadáveres pasa delante de sus ojos, impiadosamente. Un escalofrío le recorre el cuerpo a él, que ha visto miles de muertos en el campo de batalla, la visión de esos cuerpos inertes, flacos, esqueléticos, devastados por la peste, le caen como un mal presagio. Se aleja de la ventana, no quiere que ningún pensamiento oscuro nuble su mente. No quiere que la visión de esa vida miserable que habita en secreto le haga olvidar quién es realmente. Él puede navegar en dos aguas, pero pertenece a una sola. Nació en cuna de oro, su madre, hija y hermana de reyes, fue relegada de la línea sucesoria de la corona despiadadamente, fue enviada fuera de Francia y casada con un príncipe imbécil, su padre. Su destino de rey se vio trunco desde la cuna, pero él, Antoine Marie Joseph de la Sainte Trinité, duque de Orleans, conde de Baviera, príncipe de Anjou, guerrero implacable, político sagaz y amante apasionado, ha logrado a fuerza de talento y voluntad armar su propio camino al trono. Años trabajando en las sombras para ello y sin embargo, ahora que está muy cerca de su objetivo, algo comienza a inquietarlo, a opacar el sabor de triunfo. Algo en su pecho se agita, algo lo atraviesa y lo desvela desde hace más de tres meses. Algo que él no puede llegar a definir. Un gallo canta cercano. Manón no tardará en arribar. Necesita verlo, abrazarlo, escuchar la risa del amigo y saber todo lo que ha sucedido en su ausencia, las intrigas de la corte, los movimientos de sus enemigos pero sobre todo, necesita noticias de ella. Desea más que nada escuchar de boca de Manon cada cosa que ella hizo o dijo, imaginarla mientras su amigo le cuenta todo lo que ha visto y oído de ella en estos tres meses de ausencia. Sólo pensarla, su corazón se agita y el enorme pecho de Antoine se vuelve vulnerable, él, que ha sobrevivido a dos cruzadas, a veinte batallas, siente que puede morir en un instante si no vuelve a verla. Y se odia, odia saber que su destino puede torcerse por un gesto de esta mujer que lo desvela. Odia saber que el sentido de su vida, ocupar el trono de Francia, puede evaporarse en un segundo si no la tiene, si ella no lo acepta. Sin el amor de ella, él, su sueño, su reino, no son nada… “

– Me voy – dice él y su esposa deja de leer y levanta la vista y lo mira. – Estás llorando… qué pasa? –  pregunta él sorprendido.

– No, nada – le responde la mujer. – Es el libro…-

– En serio?

– Sí… es… es el que me prestó tu mamá –

– Sí, el de los reyes esos que la volvieron loca, mi viejo estaba a las puteadas porque no le daba bola mientras leía eso.

– Sí – dice ella – es que están re buenos.

– Ah… qué cosa – dice él – yo nunca me enganché con la lectura, soy más del cine –

– Mirá –  dice ella como si no lo conociera desde hace quince años, como si él nunca hubiera dicho eso antes.

– Me voy –

– Adónde? – pregunta ella que aún sigue algo ida.

– A trabajar, a donde voy a ir…

– Sí, claro.. a qué hora volvés?

Y él hace una pausa… y estira los ojos… – No sé bien, porque hay algunos temas que resolver supongo que terminaré a las siete, ocho –

– Ah, bueno – dice ella.

–  No, pero… capaz que tengo después, a eso de las ocho, una reunión con unos gallegos que vienen a proponernos un negocio.

– A las ocho? –

–  Sí, llegan a la tarde, están un par de horas y se van para Córdoba… pero no es seguro…

– Ah – dice ella

Y él sigue – Igual si no se hace lo de los gallegos capaz que paso a ver a los chicos de karate… tengo ganas de retomar y… no sé, quedé en verlos…

– Ah, vas a retomar… –

– Tengo ganas de hacer algo, mover el cuerpo…

– Sí –  dice ella – estaría bueno. Entonces no te esperamos para cenar…

Y él se siente culpable y dice – No, sí, pero tarde… –

Y ella le dice que las nenas cenan temprano. – Te espero yo –

Él se pone peor y le dice que no sabe –  después te aviso, te mando un mensaje de texto, dale? –

– Sí, dale –

– Igual si tenés ganas de hacer algo vos, hacelo… –

– No – dice ella – Todo bien… te espero, avisame…

– Sí – dice él – te mando un mensajito – Y le da un beso corto, rapidito y se va.  Ella no espera a que él cierre la puerta que se sumerge, poseída, en el siguiente capitulo de su novela: Capítulo 13: “Jaque al rey”

– Gorda, te dejo en la esquina, dale? –

– Dale –  dice ella, pero odia que el marido le haga eso. Lo espera hora y media para que él la traiga al trabajo, cosa que ella puede y desea hacer sola y él nunca tiene tiempo de dejarla en la puerta, la deja en la esquina así no tiene que dar la vuelta manzana. Lo detesta en ese segundo, pero es incapaz de decirle nada. Ya está, es así. Ha sido así por años.

– No te jode, no, gorda? –

– Para nada – dice ella – Dale, andá, así agarrás la onda verde – Y le da un beso rápido medio en la comisura de la boca, medio en el cachete y se baja. Cuando ella está cerrando la puerta él le dice:

–  Te quiero – Y ella desde afuera lanza un automático

– También…-  Él arranca, agarra la onda verde y se aleja y ella siente que le sacaron 820 kilos de encima. Se queda un instante en la esquina. Como reponiéndose. No sabe de qué. No sabe qué hacer ni adonde ir. Es claro que va rumbo al trabajo pero algo la detiene. No sabe qué es hasta que se mira en una vidriera, reflejada, y empieza a darse cuenta. Necesitaba estar sola… y se mira, sola, recortada en el reflejo del vidrio, la gente pasa detrás de ella, pero ella solo se mira, se enfoca en ella… respira y se mira. El sol de la mañana la entibia y ella se queda quietita. Quietita tratando de hacer silencio dentro de ella y saber qué pasa. Qué le pasa. “Qué me pasa?” piensa. Y no sabe. O no sabe que quiere, sabe lo que no quiere… “bueno ya es algo” piensa. Pero en este segundo no le alcanza.

Sentado dentro del auto en el estacionamiento, espera que pase Pedutti rumbo al ascensor y el lugar quede desierto. Saca el celular y escribe un mensaje de texto. Se corta. Es muy temprano para mandarlo se dice y abre la puerta del auto y se baja. Rumbo al ascensor ya se arrepintió. Saca el celular, aparece Mancuso.

– Buen día – le dice.

– Buen día – contesta él y se abre el ascensor y él le dice – Andá, Mancu, me olvidé algo en el  auto –  y se vuelve. El ascensor cierra sus puertas con Mancuso adentro y él se frena y saca el celular de nuevo y lee el mensaje que ya tiene escrito. “Lo mando o no lo mando?”. Y se contesta apretando send.”

Le gusta su reflejo. Tal vez el pelo se cambiaría, sí un corte de pelo. Escucha el mensaje de texto que entra y piensa que es del trabajo, sabe que está llegando tarde. No lo quiere ver. Va a inventar que se olvidó el celular en la casa. Pero no puede, no quiere mentir. Saca el celular y se queda dura al ver el número del que le han mandado el mensaje. Es el de ÉL. Respira agitada y tarda un poquito en abrir el mensaje. Maneja su propio suspenso. Al límite de no dar más… Abre y lee.

Nos vemos hoy? 🙂

Carita feliz, odia la carita feliz, pero no en él. Nos vemos hoy? Relee, como si hubiera mucho para releer y ya sabe la respuesta. Sí. Sí. Nos vemos hoy. Y eso va contestar pero se dice: “No, tan rápido no, tan rápido no. Esperá, que sufra un poco. Que se coma las uñas”. Y lee nuevamente: nos vemos hoy? :). Y se ensancha y camina unos metros hacia la inmobiliaria y a medida que se acerca al trabajo las ganas de contestar le golpean en la panza y piensa: “Ahora voy a entrar a trabajar y me van a  invadir con pedidos, llamados y recién voy a  poder contestar tranquila al mediodía… y voy a  estar todo el tiempo pensando en eso. Y si él puede verse al mediodía? Ya no llego…” Y se dice un par de excusas, pero la realidad es que no da más y se frena un negocio antes de la inmobiliaria y saca el celular y escribe:

Sí, a q hora? 🙂

Él recibe el mensaje en el ascensor y se alegra de que ella le haya contestado rápido. Ni bien baja se manda al baño, se mete en un box y sentado en el inodoro le responde.

A las 19 hs te parece bien?

Perfecto

Le contesta ella, aunque sabe que va tener que mover una cuantas fichas. Hoy es el cumpleaños del sobrino y el gordo juega al fútbol y la suegra le pidió que la pase a buscar para ir al cumpleaños porque el regalo que compró es enorme y no quiere ir en colectivo ni tomarse un taxi. Uno de los nenes tiene turno en la peluquería y el otro tiene psicóloga. Es un día complicado, pero ella contesta: Perfecto…

En un rato te digo donde nos vemos.

Ok – responde él – Besos 🙂

“Pasaje King 324, departamento 4. (Entre Díaz Vélez y Potosí 🙂 ”

Ese es el mensaje de texto que recibe él a las cuatro de tarde. Y contesta con solo ;)…. Ella no entiende que es eso y le da vergüenza preguntar, pero lo hace y mientras le pide a Alicia la llave del inmueble del pasaje King le pregunta si sabe que es eso.

– Un emoticón – dice Alicia.

– Ah –  dice ella.

– Sí, es otra carita tipo la carita feliz que es una guiñada de ojos –  y le guiña el ojo.

– Ah – dice ella.

– Quién te mando eso?-

– Nooooo – dice ella – No me lo mandaron, mi hija me lo dibujó.

– Ah – Aclara Alicia – Es como medio de picardía, de complicidad. Mirá las cosas que aprenden los pibes ahora. Está re lindo este Ph, yo no se por qué no se vende. Suerte – Y le da las llaves.

Ella le agradece y toma el llavero que tiene otra carita feliz.

Ella llama a su marido y le dice –

– Gordo, tengo una reunión urgente por la venta de las nuevas torres de Barracas, voy a terminar tarde, necesito que te encargues vos de llevar a los chicos al cumpleaños de tu sobrino y a tu vieja-

– Gorda, no, hoy es martes, tengo fútbol…  no puedo suspender, los muchachos me matan –

– Que consigan un suplente, no sé, Gordo.

– Hace cuatro años que jugamos juntos –

– Por eso, un martes que no vayas no se va a morir nadie. Ocupate de los chicos y de tu vieja, plis. Hoy yo no puedo-  Y le corta llena de culpa pero sintiendo que tiene que hacerlo.

Él llama a su mujer y le dice que no lo espere, que no va a cenar, se hace lo de los gallegos , no sabe cuánto tardaran pero tipo diez está por la casa o antes, no sabe bien… la mujer le responde que se tome todo el tiempo que necesite y sigue leyendo. Él le pregunta antes de cortar si estuvo llorando y ella le miente que no, que está resfriada, pero es verdad estuvo llorando pero le da vergüenza confesarle a él que lloró por el desencuentro casi fatal que sufrieron el conde de Anjou y su amada. Él nunca lo entendería, es tan pragmático, tan materialmente práctico que no lo entendería.

Ella traga saliva. Se siente culpable por las mentiras, pero a la culpa la tapa la excitación de volver a verlo. Le cosquillean varias partes de cuerpo. No puede concentrarse en el trabajo porque no deja de pensar en las manos de él, recorriéndole el cuerpo.

Llega diez minutos antes, nervioso se queda sentado en el auto a metros de la dirección de encuentro. Se huele el aliento, el cuello de la camisa, se come un chicle, se tira perfume del frasco que guarda en la guantera, sube la música, la baja. Está nervioso.

Llega diez minutos antes, y camina nerviosa hacia la puerta del Ph, a medida que se acerca detiene la marcha como tratando de hacer más tiempo, se mira en los vidrios de los autos chequeando estar bien. Llega a la puerta del Ph y está por abrir cuando lo ve. “Es él?” Piensa. “Sí, es él. Ese es su auto”. Y lo mira.

El desde el auto la mira “Es ella? Sí, es ella” Y ella ya se está acercando. Él le sonríe, ella también, él baja el vidrio y la observa. Lo fascina como camina, sus piernas largas, los muslos rellenos que se le marcan bajo la pollera. Siente un golpeteo en la entrepierna, sabe que ha comenzado a excitarse. Ella se acerca mirando sus labios carnosos, mullidos y le viene a la mente el primer beso que él le dio, inmediatamente la asalta el olor a su aliento y la humedad de su boca. Sigue caminando como si nada pero ya sabe que está mojada.

Llega hasta él.

– Hola – dice ella.

– Hola – dice él.

Y el tiempo se suspende por un instante, mientras se miran, se comen con la mirada, ella ve su camisa entreabierta y la calienta ver su cuello y el nacimiento de su torso, de piel tan suave y blanca,  él le mira los pechos grandes y redondos, las caderas amplias, le gusta ese cuerpo de mujer grandota, y piensa que solo desea hundirse en ella. Se miran, sostienen un instante y él lanza un:

– Perdoname, conocés la calle King? –

Ella se queda. Él le sonríe.

– Creo que estoy perdido.

Ella entrecierra los ojos y no tarda en responderle.

– No, para nada. Estás en la calle King, este el pasaje King.

– Ah, mirá – dice él –  nunca lo hubiera encontrado, gracias.

– De nada – dice ella – Te puedo ayudar con algo más?

– Sí, dice él – Estás sola?

Ella se ríe y dice – Sí… y vos? –

– También – Te gustaría ir a tomar algo conmigo o a cenar? –

– Me encantaría – dice ella – Tengo que chequear un departamento… que acabo de remodelar y después estoy libre… Soy Arquitecta – Aclara ella, regodeándose en el invento y sonríe.

– Arquitecta…  Qué interesante.

– Depende – Cancherea ella –  Cuando estaba en Boston hacíamos cosas interesante, pero acá hago cosas pequeñas.

– Boston? – Trabajaste en Boston?

– Cuatro años y tres en Los Angeles con Cesar Pelli, una gloria – y ella se inclina un poco hacia él, mostrándole el nacimiento de sus tetas y le dice con voz suave –  Termino el trabajo y soy toda tuya. Querés esperarme acá o acompañarme a dar el final de obra? –

Él traga saliva, aunque la mira a los ojos, por el rabillo ve el inicio de sus pechos y eso lo enciende aún más – La acompaño arquitecta – dice él más que ansioso y rápidamente se baja del auto.

Ni bien entran al Ph, no llega a encender la luz de pasillo, que él la toma por detrás y la besa en la nuca salvajemente. Ella apenas alcanza a decir entredientes, jugando un…

– Qué haces?

– Shhh… – la calla él. Y le levanta la pollera mientras le muerde la nuca y le susurra – Que linda obra, arquitecta… y le corre la bombacha dispuesto a todo.

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