Archive for the ‘parque chas’ Category

13. ANA Y EL GORDO

5 febrero 2010

The dream is over. El campamento terminó

Ana se levanta temprano. Se cambia varias veces de ropa. Nada le gusta como le queda. Le cuesta encontrar en el ropero de su hermana algo que la haga sentir cómoda. Todo es tan Nuria, tan apretado. De pronto, se siente mal. Tiene una náusea en el estómago. Sabe que va a verlo. Sabe que lo va a tener que enfrentar. Irá? El Gordo irá a buscar a los chicos que vuelven de campamento? Se acordará?

Se acordará de mi? Habrá pensado en mí en estos días. “Adónde vas?” Le dice Nuria. “A la parroquia.” Y Nuria ríe. “Te vas a encomendar a Dios?” Ana niega, sin ánimo de hacer chistes. “Hoy vuelven los chicos del campamento. Los tengo que ir a buscar.” “Ah… y qué vas a hacer?” “Irlos a buscar.” “Ya sé, nena. Y después? Adónde los vas a llevar? Qué les vas a decir? Qué vas a hacer?”

“No sé” dice Ana. Y Nuria le dice que algo tendría que ir pensando. “A qué hora llegan? “A las 12 dice Ana. “Son las 11” dice la otra.

Y Ana mira el reloj. Y cierra los ojos. Y traga saliva. “Sí, algo tengo que hacer.” Pero no sabe qué. No tiene la más remota idea de qué hacer. Irá? El Gordo irá?

Ana llega unos minutos antes de que llegue el micro. Ya hay un revuelo de padres que esperan a sus hijos en la puerta de la parroquia. Ileana, la madre de Yamila la saluda eufórica y dice que los chicos están bien, que la hija la llamó y lo pasaron bárbaro… “Cuándo llamó?” pregunta Ana. “Recién, del celular.” dice Ileana.  “Tiene celular?” Pregunta Ana. “Y no para de llamarme. Qué va a hacer. Y hoy en día todos los chicos tienen celular. Los tuyos no, ya sé… pero vos y el Gordo son tan especiales…”

Y ella se queda, no entiende el comentario. La molesta, no le interesa. No puede con eso. En eso ve que el micro se acerca y todos los padres y madres se excitan más. Y ella mira para todos lados. Buscando al Gordo. No está. No vino. No se acordó. O no quiso. Y se pone mal. Y el micro frena y los chicos llegan y bajan y besan a su padres y lo suyos no bajan. Y en eso baja Homero bronceado, hermoso, sonriente y le grita: má!!!! Y ella se muere, contiene las lágrimas. Qué les va a decir? Y detrás aparece Virgilio, más relajado, más sonriente. Carga su mochila y la de su hermano. Virgilio es tan solidario, tan íntegro, la Rusa no sabe a quién salió. A ella y al Gordo no. Los chicos bajan y la abrazan. No preguntan por el padre. Ella se aferra a los chicos y están un rato así, tanto que los demás se van y el micro también se va y ellos quedan solos en la vereda y cuando el micro termina de irse, Ana descubre aún abrazada a su hijos, que del otro lado, en la vereda de enfrente, está él. El corazón se le detiene. Como si no pudiera creerlo. Ahí está el Gordo, impecable, con jeans y la camisa de salir que le queda tan bien y el pelo corto. El pelo corto, hace veinte años que no se cortaba el pelo. Ana lo mira, él la mira. De lejos. Ninguno atina un movimiento. Ninguno sabe que hacer. Homero lo ve y dice: “Pá!!! Papá…” y el Gordo recién ahí, cruza la calle y se acerca a ellos. Le sonríe a los chicos y los saluda mientras se acerca. Los chicos lo miran sorprendidos: “Te cortaste el pelo, pá” dice Homero. “Te queda re bien” “Sí, te queda re cool, Gordo” le dice Virgilio. La Rusa no puede decir nada, pero tampoco puede dejar de mirarlo de costado. Se cortó el pelo, está lindo. Es lindo. Tiene esa sonrisa y esas pestañas. Los ojos del Gordo la pueden. No debería mirarlo a los ojos. Nunca más. Pero no puede. Esos ojos la pueden y lo mira y él la mira de refilón, casi por equivocación y enseguida corre la vista. No quiere mirarla, no puede mirarla. Tampoco quiere sentirse torpe. Se abraza a sus hijos. Los besa. Les dice que los extrañó. Los chicos se ríen un poco. Virgilio con algo de torpeza y vergüenza de que su padre lo agarre así en público pero se deja. “Los extrañé” dice el Gordo. “Digan algo!!” “Nosotros no” dice Virgilio… “Eh, ché,  cómo le dicen eso a su padre” dice Ana defendiendo al Gordo, que está tan nervioso que no la puede mirar. “ No lo traten así a tu papá.” “Es un chiste” dice Homero. “Fueron  7 días no más,  uno no se extraña así en 7 días…” “Qué no” dice el Gordo. “Pasan muchas cosas en 7 días, en 7 días creó Dios el mundo…” Homero se ríe:Qué decís, pá, si vos no creés en Dios…” “Ya sé, pero te juro que 7 días es mucho… para lo que sea es mucho” Y por primera vez mira a la Rusa. Y ella traga saliva y dice: “Sí, hijo, es mucho tiempo.” “Vamos” dice Virgilio. “A dónde?” dice el Gordo. “A casa” dicen los chicos. Virgilio dice que se quiere tirar en su cama, estuvo bueno el campamento pero le duele la espalda. “Quiero mi cama” y empieza a caminar rumbo a la casa. Homero lo sigue. Ana y el Gordo se miran. El mundo detrás de ellos desaparece. Y ahora qué? Qué hacemos? se dicen con la mirada. Ninguno sabe. No pueden hablar, y el tiempo, los segundos parecen eternos.

Hasta que ella abre la boca y va a preguntarle qué hacemos? Pero por primera vez en la vida, el Gordo se le adelanta y sin especular le dice lo que piensa: “Te juro que no tengo la menor idea. Que no sé que hacer. Ni que decir. Ni como comportarme. Están mal las cosas entre vos y yo. Estaban muy mal y no quería aceptarlo. Seguro que hice cosas horribles y te dije cosas horribles y acepté de vos cosas horribles por cobardía, por miedo a perderte y por miedo a tenerte bien. No me importa nada, ni donde estuviste, ni qué hiciste, si te acostaste con uno con diez o con diez mil, no me importa. Sé que cultivé el silencio y eso es como criar un cuervo adentro de la casa y de la cama. Un cuervo que nos comió el corazón y las entrañas. Y me odio por eso. Y no sé que hacer”

Ana contiene las lágrimas. “Yo tampoco sé que hacer. Te juro que yo tampoco sé que hacer.” Y él la mira, se acerca, ella se estremece. Tiembla. Hace tiempo que la cercanía con el Gordo no le produce esa revolución. Se muere porque él la abrace, la toque, la bese. Y se miran a los ojos. Y ella le dice:

“No hubo un solo día en que no cerré los ojos a la noche y los abrí por la mañana, que no estuve pensando en vos. No sé como se hace. No sé si puedo. Pero no quiero perderte. Quiero que seas parte de mi vida. Está todo mal. Pero te quiero. Y no sé que hacer.”

“Vamos che??? Vienen??!!” Homero y Virgilio los miran desde la esquina de Barzana y Hamburgo. Y ellos los mira. Y se miran. Y el tiempo vuelve a detenerse. Y pasa un afilador en su bicicleta, el sonido de su flauta llamando a los clientes, atraviesa las miradas de Ana y el Gordo. Es un instante detenido. El instante de todas las posibilidades. (De volver a comenzar. De terminar para siempre. De volver a equivocarse) Vamos? Es la pregunta que aún flota en el aire y que ninguno de los dos contesta. Vamos? Y cuando se acalla la flauta del afilador, ambos dicen al unísono. Sí, vamos. Y se abrazan fuerte, muy fuerte. Los chicos sonríen al verlos y doblan por Hamburgo rumbo al hogar.

FIN ANA Y EL GORDO

Próxima entrega: “FLAVIO Y MAGA, dos barrios en Congreso”

Anuncios

11. ANA Y EL GORDO

21 enero 2010

“Mi vida sin ti”

Son las cuatro de la mañana. El Gordo solo en la casa. Aún con la bata. Da vueltas por el lugar como si fuera un decorado vacío. No sabe qué hacer, no puede hacer nada. Y se da cuenta del error. La quiere llamar. Le quiere pedir que vuelva. Pero no quiere aflojar. Algo le dice que tiene que aguantar. Y mira el reloj. Son las cuatro y cinco. Cuánto debería pasar hasta que la llame? Un día? Dos? Y algo le grita adentro que la llame ahora que sino va a ser demasiado tarde. Y toma el teléfono y empieza a marcar el celular de Ana y corta antes de terminar. Le da miedo. Que no lo atienda, que le deje el contestador o que lo atienda y le diga de todo o peor que lo atienda y lo trate bien, calmada y él se daría cuanta que a ella ya no le importa nada, que está en otra. NO. No puede llamarla. Ninguna de las opciones le harían bien en este momento. No puede enfrentarse con nada. No. Se dice. No puedo. Tengo que ser fuerte. Tengo que esperar, Y mira el reloj, sólo ha pasado otro minuto mas. Y desespera y siente que debería hacer algo contundente, definitivo. Pero no sabe qué. Algo como lo que hicieron John y Yoko o Charly García. Algo extremo, desbordado, algo como ir caminando a Mar del Plata, o alquilar River y cantarle una canción sólo para ella, o subir hasta la ventanita del obelisco y gritarle lo que siente. El obelisco. A Virgilio lo vuelve loco esa ventanita siempre iluminada. Virgilio. Los chicos. La puta. Y mira el reloj. Han pasado dos minutos. No puede seguir así. Y toma una decisión.

Sale al patio y se sienta en su reposera. Una reposera oxidada que juntó de la calle hace dos años, que la Rusa detesta y que él nunca quiere tirar.

Se cruza de brazos y se dice que hasta que la Rusa no vuelva él no se levanta de ahí. Así pasen cinco años.


“El tren en el pasillo”

Nuria se despierta abruptamente. Son las cinco de la mañana. Mira el otro lado de la cama y su hermana no está. Se levanta y va hacia el baño. Ni bien entra, escucha la ducha y detrás el llanto de su hermana. Automáticamente, cierra la puerta del baño. No es que no quiera oír el agua correr, no soporta oír el llanto de su hermana. En el fondo siente que con ese llanto, Ana la está llamando. Quiere que vaya y le pregunte que le pasa y que la vuelva a abrazar. Y ella no puede. No puede más.

Le duele verla mal. Pero también le jode. Porque sabe lo que viene, sabe que nada de lo que le diga la va a satisfacer. Que se va a oponer y enojar con casi todo lo que ella opine. Ana no está dispuesta a escuchar, por lo menos no a ella. Nuria se siente descartada de antemano por su hermana como interlocutora. Pero sabe que desde un lugar muy profundo su hermana no entiende que es culpa de ella, su hermana no entiende nada.

Cuando termina de cerrar, Ana la llama de adentro de la ducha. “Nuria, Nuri…” y Nuria quiere arrojarse debajo de un tren, ojalá el tren bala pasara por el pasillo de su casa… como le gustaría hacerse la sorda y salir ya mismo por la puerta de calle y alejarse de ahí. Pero no hace nada de eso. Abre la puerta y dice: “Qué?” Y la hermana se larga a llorar. Y Nuria se acerca. Ana le dice: “Por qué? Por qué me duele tanto?” Y Nuria le pregunta: “Qué es lo que te duele tanto, por quién llorás? Por el Pendejo o por el Gordo?.” “No sé” dice Ana, “No sé…” y la mira… “Sabés? Creo que no soy capaz de soportar ver tanta monstruosidad junta…”

“De quién hablas, del Gordo o del Pendejo? “De mí” dice Ana. Y se abraza desnuda y mojada a su hermana. Y llora.  “De mí.”


Amanece en Parque Chas. El Gordo, Daniel “el Gordo Turres”, sigue con los ojos abiertos. Mirando al frente, respirando. Cada tanto alguna que otra imagen  de su vida lo asalta. Él no entiende por qué, no puede unirlas, no sabe por qué le vienen. Piensa que tal vez sea por estar tanto tiempo quieto. O porque sí. Pero se le cruza su abuelo Tato, llorando frente al televisor en el que estaba en blanco y negro Perón muerto en el cajón. El quería ir a la plaza a jugar al fútbol con sus amigos y su abuelo lloraba. Su abuela le trajo un pañuelo y dijo algo como que se lo merecía Perón por haber matado a Evita. El abuelo le grita que la mató el cáncer. Y la abuela no se calla: “Él fue su cáncer, no le dio el lugar que ella merecía, ella tenía que ser presidenta, no esta copera barata que nos queda ahora!!” Y el abuelo le chistó silencio. Y más allá, su madre lloraba también y él creía que era por Perón, pero ella no se despegaba del teléfono. Esperaba un llamado que fue el que la dejó de hacer llorar. Y se ve insistiendo, e insistiendo tanto que el abuelo apaga el televisor y lo termina llevando a la cancha de la placita. El Gordo niño es feliz jugando a la pelota. El abuelo llora por que se está perdiendo el velorio de Perón, se terminó una época dice. Se terminó una era. Y el Gordo que tiene la pelota, se acerca al arco contrario patea y… GOOOOOOLLLL!!!! Y pone a su equipo 2 a 0. Y se abraza con sus amigos. Y se siente mal de golpe, por  haberle quitado a su abuelo el velorio. Tuvo tantos partidos después. El abuelo murió al poco tiempo. Cómo se hace cuando uno se siente culpable por cosas tan viejas? Piensa. Necesito perdón. NO tengo perdón.  Y cierra los ojos y los abre al instante y ve que un hilo de Luz aparece en el cielo. Está amaneciendo. Y el Gordo amanece ahí. Con los ojos abiertos. Mirando la nada. Esperando que vuelva la Rusa o que pasen cinco años.



10. ANA Y EL GORDO

15 enero 2010

“Que los cumplas Feliz”

Ana le pide disculpas a la hermana. Nuria le dice que está todo bien. Ana que no, que es una boluda, que se olvidó, que no la llamó siquiera, pero con todo esto del Gordo…. Y Nuria dice que él sí me llamo. Y Ana se queda. “El Gordo te llamó? Cuándo?” Y Nuria que a la mañana. “Ah” dice Ana. “Ah, qué?” dice Nuria. “El se acordó. Se levantó y me llamó.” Y Ana le dice que te juro que no lo puedo creer. Nuria que el Gordo siempre se acordó de sus cumpleaños. Que me vas a decir ahora dice Ana que hice mal en dejarlo!!! “No te brotes”, le dice la otra, “yo dije nada más que me llamó”. “Me comparás con él”. “No te comparo nada, te dije que me llamó. Y no me tires el fardo la que se olvidó fuiste vos. Bancátela, si te jode bancátela”. Y Ana afloja, sabe que la hermana tiene razón.

Ana le dice: “perdón, perdón…” y Nuria que no pasa nada…  que igual no iba a festejar hoy. “Voy a hacer algo el sábado con amigos en el Tigre Por qué en el Tigre? Queda lejos” dice Ana. Para vos le contesta la otra. A mi me encanta ir. Y no me ofendo si no vas No mientas dice la Rusa. Me encantaría que vayas le dice Nuria, “pero si no vas no me ofendo. Tomo en cuenta que el Tigre es lejos para hacer algo por mí. “Me estás pasando la factura?” dice Ana. “No. Te digo lo que pienso. Dame la mochila. Dice Nuria y le saca a Ana la mochila que trae aún aferrada al hombro. Vení, vamos a arriba. “No” dice Ana “Arriba no, prefiero dormir con vos”.

Y se manda para el cuarto de Nuria. “Pero yo no!” dice Nuria.”Yo prefiero que duermas arriba”. Pero La Rusa no le hace caso. Nuria odia eso. Y entra detrás de su hermana en la habitación, va tocando la mochila, flaca, casi vacía. “Qué traes acá?” Ana le dice que puso lo que alcanzó a agarrar. Nuria empieza a sacarle las cosas de la mochila: Un desodorante, una bombacha horrible negra, un corpiño rojo, una remera vieja, “y esto??” Ana se justifica: es  lo que pudo poner en ocho minutos… y le saca la mochila y la deja sobre la cama y se queda colgada viendo la pared sobre la cama de Nuria. Hay una foto enorme de Nuria de bebé, de un año y medio, en blanco y negro con un teléfono en la mano. “Esa foto no es la que estaba colgada en el living de mamá?” “Sí” dice Nuria,” toda la vida estuvo colgada ahí”. Y Ana la mira.

“Vos estás mal, no la podés poner arriba de tu cama?” “Por qué no?” dice Nuria. “Así me siento.” “Así como?” “Una nena, en blanco y negro así me siento ahora…” “Pero es tu cama… es tu cuarto” “Por eso…  Para mí la cabecera de la cama es como la frase del perfil del Facebook” dice Nuria sin inmutarse, engullendo una tostada de pan integral con queso crema, mientras la Rusa la mira con odio. “Eso solo vas a comer y encima diciéndome tamaña pelotudez?”

“No es una pelotudez, dice Nuria. Es importante lo que ponés sobre el respaldo de tu cama. Es lo que te respalda.” “No empieces” dice la otra.

Pero Nuria sigue. “Es un mensaje. De uno mismo al mundo. Es una declaración.” “Te parece????” “Sí” dice  Nuria. “Es así, lo que ponés sobre el respaldo de la cama es una declaración de principios encubiertas. O por los menos marca estado de ánimo, de vida.” La Rusa se queda. Hace memoria, qué tengo yo sobre la cama, que me respalda? Un cuadrito… no sé, unos dibujos de los chicos… Y hace fuerza con el cerebro y ve el respaldo de su cama, en el medio de la pared… una cruz tallada en madera y a los costados varios dibujos de los chicos y por un segundo no puede dejar de imaginar al Gordo tirado en la cama haciendo zapping. Disfrutando de su soledad. Siendo feliz sin ella. La imagen la indigna, la enoja. “Es que no podés tener la cruz del tío Jorge y los dibujos de los chicos!! Perdoname, pero no podés” Dice Nuria. “ El tío Jorge es un amor, e hizo esa cruz con sus propias manos en el taller de la parroquia!” “Le tendrían que haber cortado las manos a ese chupacirios, solo por llenarnos de eso regalos horribles, rosarios, cruces, velas, pesebres, estampitas… un asco.  No podés tener eso sobre la cama. Y los dibujos de los chicos menos. Es como tener a los chicos en la cama. Y la cama es para otra cosa.” “No me jodas” dice Ana… “Son mis hijos, me los hicieron con cariño.” “Y ponelos en el pasillo, en el living, en la pared del comedor diario, pero no sobre tu cama… porque es tu declaración: más que mujer soy la madre de estos chicos… Más que pareja somos los padres de estos pibes…” “Dejate de joder…” “Es así, Ana, pensá un poco, no se puede garchar viendo a Tribilin y a Mickey dibujados por tus hijos!!!!” Ana se indigna: “Qué me decís? Qué no pienso…?” “Sí” dice Nuria. “Desde que sos madre no pensás, en vos… en vos como mujer y en el Gordo como hombre…”

“Ah, bueno, el problema es que somos padres…” No, dice Nuria. “El problema o el tema es que no pueden ser pareja. Loca, a la cama hay que cuidarla”.“Que hablás vos de cama? Si hace cuánto que no estás con un tipo.”

Nuria la mira y sonríe de costado. “No todo es coger.” Le dice y qué sabés. “Hace un mes que no estoy con ningún tipo. No, miento, dos meses.” “Dos meses???” Dice Ana. “Sí” dice Nuria. “Prefiero estar sola que con cualquier imbécil.” “Suena a resentimiento” dice Ana. “Lo decís por el Gordo?” Nuria la mira como desconociéndola. “A mí el Gordo nunca me pareció un imbécil.” “Nuuuria, vivías agrediéndolo. Buscándole pelea.” Nuria la mira molesta. “Pelea?” “Sí” dice la Rusa. “Discutían por todo siempre.” “Conversábamos” dice Nuria. “El Gordo se pone loco porque es medio apasionado de defender ciertas cosas y yo soy una contreras y él lo sabe y aprovecha para hacerme engranar. Creo que le da cierto placer verme enojar.” Dice Nuria y medio se sonríe. La Rusa engrana por dentro. Odia esa risita. Y además no entiende nada, siente que está viendo otra película, que estuvo viendo otra película. “Cómo que siente placer? Cuando te diste cuenta de eso, que sabés vos del placer del Gordo… de mi Gordo?” Y Nuria la mira y le dice: “Vos nunca entendiste que la gente tiene otras relaciones además de las que tiene con vos.” “No digas boludeces, soy una tipa abierta.”

“Posesiva, miedosa y dependiente. Así sos.”

“Dejame de joder Nuria. Dejá de agredirme! La estoy pasando mal. Dos hombres me dejan en un día.” “Qué???” dice Nuria. “Javi, el Pendejo, me dejó.”  Nuria se enardece: “Te dije!!! Te lo dije!!!”

Ana se pone loca y se pone en víctima. “Por qué todo a mí…?? Por qué todo junto?” Y Nuria le dice: “Disculpame pero al Gordo lo dejaste vos” Y Ana engrana: “él no me retuvo. No hizo nada porque me quede! Y el Pendejo turro me dejó, se enamoró de otra y encima de la bronca me olvidé el celular en el telo. Mirá si el Gordo me está llamando. Seguro que me debe estar llamando. Nuria ayudame, hacé algo. Es grave.” “Sí” dice Nuria. “Soplamos la velitas y después pienso algo.  Te quedas a cenar?”

“Me quedo a dormir. Tenés una foto mía para poner en el respaldo de tu cama” Nuria se pone firme:

“No, conmigo no dormís.”



9. ANA Y EL GORDO

8 enero 2010

Dublin 2334  – Toma dos: Ana y Nuria.

Nuria está llegando a su casa y ve a su hermana sentada en el escalón de entrada, apretada a una mochila de Cars.  “Nuria!” dice la Rusa con la voz estrangulada. “Qué pasa?” dice Nuria, “tenés una cara”. “Me fui” dice la Rusa. “A dónde?” dice Nuria.

“De dónde, Nuria… de dónde!!!”

Nuria revolea los ojos, a nadie le dejaría pasar eso salvo a ella, a la Rusa, a su hermana.

“De dónde te fuiste?” Y la Rusa la mira como si fuera una infradotada: “de mi casa, Nuria!! De dónde va a ser? Lo dejé al Gordo.” Y entra por la puerta que Nuria acaba de abrir. Se le mete. Nuria la mira entrar molesta. Y le dice: “Perdón?.” La Rusa se queda. “Me podrías pedir permiso para entrar”.

“Nuria” dice Ana…

“Vos te pensás quedar acá? Te fuiste de tu casa pero te estás viniendo acá? A la mía?”

“No sé, Nuria!!! Ahora sí, después no sé, no sé nada. Me acabo de ir de mi casa y solo atiné a venir acá… Por qué????  Porque acá está mi hermana. Mi única hermana” Y la mira. Y traga saliva.

Nuria ya sabe lo que viene. Va a llorar. La Rusa va a llorar y ella va a abrir sus brazos y la va a contener. Y eso hace, ve una lagrima que cae por la mejilla de la Rusa y abre los brazos y la Rusa se hunde como un misil en el pecho de su hermana y llora como una descosida. Se afloja y llora.

Nuria la abraza fuerte. Y le dice que ya va a pasar. Que llore: “Si querés llorar, llorá…” no seas boluda”, dice la otra entre riendo y llorando. Y Nuria le dice que la boluda es ella. “Justo hoy tenías que dejar al Gordo”.

“Qué? Qué pasa hoy?” pregunta Ana.

“Nada, nada…” dice la otra. “No, decime…, qué pasa?” “Hoy es mi cumpleaños, Ana”.


La ceremonia

El Gordo está parado frente a una botella de vino abierta  y dos copas. No se ha bañado. No se ha cambiado. No puede. No puede hacer nada. Salvo esperar que Ana vuelva. Y ella no vuelve. Y él no lo puede creer. No puede creer que ella lo haya dejado, no lo puede dejar solo. A él. Ella no se pude ir así. No tiene derecho. No se puede ir. Ella no. Y mira la copa y no se anima a servirse vino. Se muere por tomar un trago de vino tinto pero no quiere hacerlo. Como si el romper esa pequeña ceremonia de las dos copas limpias esperando ser servidas fuera a romper alguna magia del universo. Como si romper esa pequeña magia le quitara posibilidades de que Ana vuelva. Y se queda quieto y casi no respira y pasan los minutos y traga saliva. Y siente que se le aflojan las rodillas. Y la panza le tiembla. Es raro, es raro lo que le está pasando. Es como si tuviera ganas de llorar, pero él no llora nunca. Nunca. No recuerda la última vez que lloró. Ni se acuerda. Ha sentido miedo, cree que dolor, pero llorar… y respira aún parado frente a las copas. Sabe que está a punto de llorar y no quiere. Se resiste. Nuevamente algo adentro le dice que si llora, todo está perdido. Y como un resorte, estira la mano y se sirve una copa, prefiere tomarse el vino, y quebrar la ceremonia, que ponerse a llorar.




8. ANA Y EL GORDO

1 enero 2010

Dublin 2334.

Toca timbre una y otra vez. Nadie contesta. Ana se pone loca. Odia eso de su hermana. Nuria jamás atiende el timbre a menos que sepa quien va a ir. Siempre que está en su casa y tocan el timbre, a veces durante minutos y minutos, ella dice: “no espero a nadie”. Y no abre. A Ana la exaspera eso. Muchas cosas de Nuria la exasperan. El Gordo le dice siempre que es de envidia. Que ella envidia a Nuria porque Nuria sabe lo que quiere y ella no. Porque Nuria pone limites como nadie y ella no. Por favor!!! Claro que Nuria sabe poner límites y los pone todo el tiempo y pone tantos que no deja que nadie se acerque. Que no deja lugar para la espontaneidad. Los límites son importantes, mujer… eso decía Javi. Y me daba una vergüenza. Cómo un pendejo puede decirme eso. Qué sabe??? Yo trato con chicos, Ana y los chicos necesitan límites. Y los grandes también, decía todo el tiempo… Toca Ana otra vez timbre en Dublín 2334. Nada. Qué yegua sos Nuria!!! Y pega la oreja a la puerta. Y escucha música. Está… piensa. Y le grita: “Nuria!! Abrí…” y como no le contesta, toca timbre como una desaforada. La vecina de Nuria se asoma y le dice que la hermana se fue hace un rato con una valija grande. Ana se quiere morir. Llamala al celular. Y Ana le dice que no tiene el suyo y que no sabe el número de memoria. Y putea. La vecina le dice que es una lástima pero que Nuria nunca le dio el número de celular a ella. “Ni el número de la casa me dio”. Ana se pone mal. Sabe que no tiene otra que ir a buscar su celular. Javi está en el trabajo a esta hora. No quiere ir. No quiere verlo. No quiere verlo ahí. En el lugar donde lo conoció. Maldice la hora en que lo conoció. Maldice a All Boys. Maldice a su hermana por no estar y dejarla sola en este segundo en el que se siente caer. Tal vez deteniendo la caída o dándose un empujón más, se sienta en el cordón de la vereda. Mete la mano en el bolsillo interno de la cartera y saca su MP3. Se pone los auriculares y mira el botón de play. Le duele. De solo pensarlo le duele, sabe que no debería hacerlo, que no tiene que hacerlo, pero no puede evitarlo. Necesita escuchar su voz. Necesita escuchar a Javi. Necesita sentir que él le canta. Ana aprieta los ojos, aprieta los dientes y aprieta play.

7. ANA Y EL GORDO

26 diciembre 2009

Border Lines. Bordeando Parque Chas.

Con paso apretado. Con dientes apretados. Con dolor apretado, Ana avanza por Triunvirato y dobla en Alvarez Thomas. Hace tiempo que sabe que salió del campo visual del Gordo, pero igual ella sigue caminando para él. Como si él pudiera seguir viéndola. Como si el Gordo más que en la terraza de su casa estuviera sobrevolando el cielo de Parque Chas. Sobrevolando la vida de Ana. Recién cuando dobla en Alvarez Thomas, se relaja y deja de caminar y se apoya en una pared y toma aire. Y piensa. Que hago? Que hago? Y ve un taxi. Tiene la idea de tomarlo. Pero no puede, sabe que no puede. Busca en su cartera el celular y no lo encuentra. Busca en sus bolsillos. Tampoco está. Y se entra a desesperar. Se da cuenta que no lo tiene. Lo perdí. Dónde? Cuándo? Y hace memoria. Y como un rayo pasa por todo lo que ha vivido ese día.

Gordo Ana, pantuflas, soy tu comodidad, Javi Ana calle lo dejo, Javi Ana hotel la deja, Gordo Ana implosionan, explotan y suena la alarma. Va y viene de las imágenes.

Y se da cuenta que dejó su celular en el telo. Que Javi lo debe tener. Se siente al borde del abismo.

Y toma coraje y se dirige al único lugar donde puede llorar tranquila en todo Parque Chas.

La Camiseta en la Percha.

La camiseta de All Boys del Gordo está colgada en el placard. La que usa para ir a la cancha. El Gordo la mira y la descarta. Ama esos colores, ama esa tela sintética, pero necesita algo más neutro. Algo que no lo haga transpirar, que no le provoque ese olor rancio que le saca el ser hincha. Sigue buscando entre su ropa y sabe que todo lo que le gustaría ponerse, todo lo que lo hace sentir mínimamente seductor, no le entra. Odia admitirlo, pero no va a encontrar en el placard nada. Cierra la puerta enojado, como si la culpa fuera de otro. Y se queda mirando la ropa de Ana tirada en el piso, como un reguero absurdo…

Algunas perchas caídas, un zapato tirado y el otro dentro del placard, un par de bombachas al pie de la cama deshecha, como un puñado de pasto para los reyes magos que se quedó olvidado. Se pone mal. Fue violento. Fue un mal momento.

Y junto con un ardor que le sube del estomago, le vuelven los flashes de los ocho peores minutos de su vida. Peores que los que esperó cuando estaba por nacer Virgilio y el médico no salía y no salía… peores que cuando a los tres meses de novio la Rusa lo dejó porque no quería compromisos serios. Peores que la 1050, que el efecto tequila que lo fundió y hasta que el corralito. Fue horrible, horrible y el ardor se le intensifica.

Todo pasa velozmente, La Rusa roja, con los ojos inyectados en sangre le grita que no le tiene miedo!! Y él le dice que tampoco!! Y que venga la cana, la montada, el ejército, él de su casa no se va!! Ella gira y se va al cuarto, él la sigue, la retiene del brazo, ella se suelta, gritando: “Soltame, animal!!!” El Gordo shockeado por oírla decir esto y dándose cuenta que le apretó mucho el brazo, la suelta y ella huye de él. Entra al cuarto, abre el placard temblando, y saca algo de ropa, toma un montón con las manos, como si fuera tierra, como si estuviera trasplantando una maceta y busca donde meterla, y no ve nada y de los nervios, no encuentra el bolso… ni la valija, y el Gordo le dice que deje eso. Que hablen, que está loca. Y ella le grita que no quiere volver a verlo en su vida, que se vaya, que la deje en paz, que ya lo va a llamar su abogado… y el Gordo le dice que la corte que ya le conoce ese personaje de ácida, agreta, fin del mundo.

“De qué abogado me hablás, Rusa???

Pero ella sale del cuarto chorreando ropa y al pasar agarra una mochila de Cars de Homero, que está en una silla junto a la puerta del cuarto de los chicos y mete dentro su ropa y sigue su camino hacia la calle. Y el Gordo la quiere alcanzar y resbala, una de las pantuflas se le traba en el parquet y se cae. El Gordo grita. Ella se frena, lo miraParece que va a volver a ayudarlo, pero no, sigue. El se levanta dice: “Ana…” masculla un Ana… pero ella sigue hacia la puerta

Se sienten los chirridos de las gomas de los patrulleros que frenan. Las puertas que se abren.

“La policía” dice él, “Ana”… Pero ella no lo mira. Solo le dice: “Feliz Navidad, Feliz año nuevo, Feliz cumpleaños… que tengas una buena vida” y abre la puerta. Al mismo tiempo que el Gordo abre la boca al máximo de sus posibilidades y cree que grita desesperadamente: noooooooooooooooooooooooooooooooo!!!!!! Su boca está abierta, muy abierta, muy abierta… pero ningún sonido ha salido de ella. El Gordo desde sus entrañas siente que ha gritado como nunca. Pero nunca dijo nada.


6. ANA Y EL GORDO

18 diciembre 2009

Ocho Minutos después.

Londres 2056. Silencio en la calle. Silencio en Parque Chas. Un patrullero se detiene frente a la casa de Ana y El Gordo. La sirena suena ronca, un instante. Un segundo patrullero aparece rápido y frena con chirrido de gomas. Los siguen dos policías más en moto. Un gran operativo.

Los dos policías del primer patrullero se bajan mirando la casa como si fueran a traspasarla con su visión de rayos X, uno se hace el duro y se acomoda la cintura del pantalón. El otro, mastica el chicle más fuerte y más rápido y roza su arma como corroborando que está ahí.

Los del segundo patrullero directamente abren las puertas y se colocan en posición de tiro.  Parece una escena de alguna película yanqui, podría ser cualquiera de sábados de súper acción, salvo por la cumbia que sale de la radio del patrullero: “Mala” de El Gordo Luis.

Los policías que van al frente, llegan hasta la puerta y tocan timbre que se oye clarito, nítido. Nadie contesta. Los policías se miran entrecerrando los ojos. Como diciendo: “Ajá…!” Y vuelven a tocar. Nada. Silencio. Tensión. El más bajito, el que no deja de masticar chicle de una manera asquerosa y compulsiva, le dice al otro: “ Entramos?” Y El otro no le responde, pero toma aire fastidioso, omnipotente. No se sabe si va a sacar un pucho o va a agarrar la puerta a patadas. Pero no suceden ninguna de esas dos cosas, porque en ese mismo momento la puerta de casa se abre. Todos los policías miran. Los que están parapetados en el patrullero, preparan sus armas.

Del interior de la casa, oscuro, oscurísimo, emerge Ana. Los canas la miran… “señora… está bien?” Ella los mira pálida, aferrada a una mochila de “Cars”.

“Señora” – repite el que está al mando. “Está bien?”

Ana lo mira y le dice que sí, que está bien. El cana le dice que sonó la alarma. La señal de pánico. Los mandaron de la comisaría 39.

Y ella les pide disculpas. Pero es un error.

El cana se pone molesto. Se agranda. Viendo que no hay ladrones, que no va a haber enfrentamientos, que su vida no corre peligro alguno, se pone soberbio con Ana.

“Cómo que es un error?” Dice él.

“Sí” dice Ana. “Un error. Se ve que se disparó sola”.

El cana le dice que esas cosas no se disparan solas y su compañero asiente. Y los del patrullero ya están en otra, buscando en el dial otra radio donde pasen cumbias.

Ella le dice que disculpe, que no sabe, que se tiene que ir. Y el cana la hostiga, insiste queriendo hacer valer su poder. Le dice que no se puede ir, que les tiene  que firmar el informe. Ana temblando le dice: “No puedo, ahora viene mi…” y se corta… y duda que decir y termina diciendo: “ahora sale mi marido… él los va atender… yo me tengo que ir… acaban de llamarme, internaron a un familiar…” Y no les da tiempo y se va. Mientras se aleja,  siente la mirada de todos los policías clavadas en su espalda…

Las siente como agujas, pero no le importa en lo más mínimo. Hay otra mirada que siente más punzante, más hiriente. La del Gordo.

Ella sabe que él la está mirando irse. Sabe, después de los 8 peores minutos de su vida, que el muy maldito del Gordo la está mirando irse. Está monitoreando cada paso que ella da, cada zancada que la aleja de la casa. Sabe bien eso. Sabe que cada paso es una puñalada para él. Y no piensa darle el gusto de detenerse…

La Frontera .

Ana no se equivoca. Desde la terraza, parapetado, agazapado como un ladrón, como un animal herido, el Gordo la espía irse. Con los dientes apretados, aferrado a su bata, sintiendo que su panza choca contra la pared de la terraza. Su mejilla roza el salpicré que siempre odió y que ahora le está rayando la piel. Le duele la piel. Pero no le importa. No puede más que seguir atento a Ana. Está seguro en cada paso que ella da, que va a detenerse. Que no va a seguir adelante con esto. La ve cruzar la calle La Haya y se dice: “ es el impulso, ya va a frenar” pero ella sigue. Y él se tiene que correr un  poco de donde está para verla y ella sigue avanzando y cruza la calle Ginebra y a él le tiembla el estómago. Y se estira más y con pánico ve que ella ya está llegando a Triunvirato. La Avenida. La Frontera.

El Gordo tiene miedo. Por primera vez en mucho tiempo tiene miedo. Ella no ha volteado la cabeza ni una vez. Y  se  hace un puntito cada vez más cerca de Triunvirato. El Gordo se corre el pelo de la cara y pide para adentro:

“Qué no cruce la avenida, que no cruce la avenida..” Sabe que si ella cruza Triunvirato, La Avenida, La Frontera, sabe que si ella cruza y sale de Parque Chas… nada tendrá vuelta atrás. Nada.

Ana cruza la calle Ginebra y siente que se le acelera el pulso. Y los pasos se le hacen más rápidos. Y para dentro dice: “mirá, Gordo… mirá lo que hago… tomá!!!” Llega a Triunvirato, La Avenida, La Frontera y se siente como si hubiera llegado al mar. Sonríe. Es feliz. Va a cruzar y no va a volver nunca mas!!! El semáforo se pone… el muñequito blanco la mira desde el otro lado de la Avenida. “Tomá Gordo, tomá!!!”

Y va a bajar a la calle por la senda peatonal, pero no puede. De pronto, no puede. Una angustia enorme, como un balazo de cañón le atraviesa el pecho. No entiende nada, ha fantaseado esto muchas veces. Lo ha soñado incluso. Pero ahora no puede. No puede hacerlo. Y se encuentra parada frente al cordón de Triunvirato, La Avenida, La Frontera… Y no puede… no puede hacerlo. El semáforo cambia. Ana se ha quedado ahí estaqueada, mirando como el grueso de la gente cruza. El semáforo cambia. Los autos avanzan. Ana mira la avenida con odio. Gira y comienza a caminar aferrada a la mochila de Cars,  por Triunvirato hacia Avenida de los Incas, bordeando Parque Chas.



El Gordo se deja caer en el piso de la terraza. No cruzó. No pudo irse!!!! Va a volver!! Se dice. Y mira el cielo y sonríe. Se siente por un segundo feliz. La idea de que ella no cruzó Triunvirato, la Avenida, la Frontera, lo acerca a la idea de que ella aún lo sigue amando. Toma aire y se ríe. Debería bañarme, cambiarme y esperarla. Pedirle disculpas. Y se ríe. NO. No pudo irse. No me pudo dejar. Ella se fue, pero no me pudo dejar. Es ella la que está en falta. Que venga al pie. Sí, que venga al pie. Y se siente canchero. Ganador. Por un segundo se siente bien. Pero al segundo siguiente esas mismas frases le hacen mal. Se siente miserable por pensar eso, por especular con ANA, pero no sabe exactamente por qué. Cree que algo anda mal. Que él también hizo algo mal. Pero no sabe bien qué. Y es que él es así. Nunca quiere pensar por qué. El Gordo cree que lo que pasó, pasó y ya está. No hay que darle vuelta a las cosas, dice. Todo es más simple. No hay que pensar tanto. Dice. Él, que no para de pensar nunca. Debería bañarme, cambiarme y esperarla. Va a volver. En menos de una hora, va a volver. Y me va pedir disculpas y yo también le voy a pedir disculpas. Y descorchamos un vino y le doy de tomar en la boca. Y le hago unos mimos y ella se acurruca en mí y me dice: “Gordo… no me hagas más esto…” y yo me voy a reír y le digo: “Ana, Anita, Rusa, Rusita, qué lindas tetas que tenés…” Sí, me tengo que bañar. Y le sonríe a una nube que para él, tiene forma de la Unión Soviética.


5. ANA Y EL GORDO

11 diciembre 2009

Encendiendo la mecha.

Ana se baja del taxi frente a su casa. Londres 2506. Parque Chas.

No hay muchos taxis por Parque Chas, para agarrar uno siempre hay que ir a una avenida, a Triunvirato o a Avenida de los Incas. No bien abre la puerta, hay otra pasajera esperando para subirse.

Es Marilda. Ana no entiende. Marilda, seca, le dice: “su marido, el Gordo, me echó. Mañana la llamo por lo que me deben”. Y no le da tiempo a nada más, cierra la puerta del taxi y le dice al tachero: “Lacarra al 3.000.”

Ana entra a su casa furiosa, el dolor se le transformó en ira en solo 20 metros. La echó! A Marilda! Quién mierda se cree que es para echar a Marilda???!! Quién mierda se cree que es???!! Y avanza por la casa buscándolo, los ojos inyectados en sangre, la yugular hinchada.

Y se dice es culpa mía, es culpa mía porque yo avalé esto. Esto qué? Piensa. Y se contesta. Este abuso permanente, este cagarse en mí como si yo no existiera, como si estuviera dibujada, este ninguneo. Primero todo bien y después en la primera de cambio se cagan en vos. Te desaparecen. A mi no me puede estar pasando esto! Son todos una mierda. Una reverenda mierda!

Y en eso… la presa aparece en el ángulo de tiro. El Gordo asoma desde la cocina, en bata y pantuflas, y la mira desencajado.

– Dónde mierda estabas, Rusa??

Y ella por primera vez en todo este tiempo, no se justifica, ni trata de calmarlo, ni nada… por primera vez, explota.

– Quién te creés que sos para echar a Marilda?

– El dueño de casa… Te suena?

– Me recontra suena – dice ella – el dueño de casa que no tiene ni la mas puta idea de nada de esta casa… el dueño de casa que le chupa un huevo la casa y la gente que vive adentro, pero que se brota y echa a la única persona que se ocupa de esta casa!

– Me hablás como si la hubiera echado a tu vieja!

– A mi vieja también la echaste!

– Es una bruja tu vieja y Marilda también! Loca, es grave!! Sale marrón el agua de las canillas.

– Así saliera mierda – dice Ana – eso no es lo grave, lo grave es que esto no tiene solución, que no soporto más vivir así, que no te soporto más Gordo, que ya está, que ya fue… que no voy a tolerar uno solo de tus abusos más.

– Abusos?! Vos estás loca, sale marrón el agua de la canilla, que tiene que ver con nosotros?

– Todo, deja de hacerte el boludo Gordo… todo es una excusa para pelear, para decirme cosas horribles… para hacerme cargo de cosas que vos jamás podés hacer, estoy harta de cargar con vos.

– Y yo estoy harto de que me trates así, como si me hicieras el favor de quererme y de ser mi mujer… de que me trates como a un inútil, que no te importe lo que me pasa. Estoy mal. Hace 14 meses que no duermo de noche.

– Por suerte!!! Me pase años sin dormir por tus ronquidos!!!

– Y el egoísta soy yo… Vos estás loca.

– Ya está Gordo. Ya está. No doy mas. Cambiate ya, y andate! Andate de mi casa!

– Yo no me pienso ir… si te jode esto andate vos… yo estoy bien así.

– No me provoqués, Gordo… Andate.

Pero el Gordo no afloja y Ana tampoco. Están frente a frente, enardecidos. Echándose. Ninguno afloja. Ninguno quiere dejar el fuerte. Ninguno quiere ser el que se vaya. Los gritos crecen, los rostros se inyectan de sangre. Ana se acerca al display de la alarma.

– Andate ya o te juro que toco el botón de panic alarm y van a venir los patrulleros y te hago sacar con la cana…

– Qué conchuda que sos!! dice el Gordo, miles de veces te expliqué como funciona esa puta alarma y nunca entendiste nada… y ahora resulta que sabés perfectamente cual es el botón de panic alarm. Qué conchuda que sos!!!

– Andate Gordo.

– Es mi casa no me voy!!!!

– Es mi casa te vas!!!

Y Ana aprieta el botón de la alarma de pánico. Los gritos cesan. El Gordo la mira sin poder creerlo.

Ella temblando dice: “tenés ocho minutos antes de que caiga la cana”.

4. ANA Y EL GORDO

4 diciembre 2009

La Llave de paso.

“De todas las canillas sale oscura el agua” Dice Marilda “ ve?” Mientras abre la canilla de la cocina y el Gordo mira salir el agua marrón. El Gordo asiente y la mira con odio: “Y qué quiere que haga?” “No se” dice Marilda “algo, usted no fue al industrial?” Y el Gordo le dice que fue hace treinta años al industrial y solo hizo una jarra de lata… “Sí”, dice Marilda “la que está colgada ahí”. El Gordo mira la jarra de lata y dice: “quién puso eso ahí?”

“La señora, cuando se mudaron acá.”

“Hace diez años que eso está colgado ahí?” Marilda lo mira como si fuera a asesinarlo con un cuchillo Tramontina y dice: “no se, yo hace cuatro años que estoy con ustedes…” Se asoma Homero, el hijo menor, vestido de boy scout, pantalón caqui, camisa caqui, pañuelo y un banderín en la mano que dice “Patrulla Zorro”. Y le dice al Gordo: “papi, me arreglás el banderín”. El Gordo toma el banderín y le dice que no tiene que ir a los boy scouts, por qué va ahí? Y el nene dice que mamá nos anotó. Dice que se aprenden cosas útiles y es amiga del tipo que guía. “ ¿Y a vos te gusta ir?” Le dice el Gordo. Y su hijo sonríe y dice: “sí a mi me encanta”. Y ahí llega Virgilio, el mayor, también vestido de boy scout y le dice al menor: “vamos…” Y el Gordo los mira: “no se vayan, el agua sale marrón”. Y el mayor dice que se lavan las manos en la parroquia. “Vamos, papá?” “Adonde’” dice el Gordo… “Quedaste en llevarnos, nos vamos de campamento a Córdoba… tenemos que llevar la carpa y las bolsa de dormir. Te olvidaste?” “No”, dice el Gordo, mintiendo… “Pero… sale marrón el agua de la canilla”. Virgilio sonríe de costado, se esperaba algo así. “Todo bien” dice, “nos cruzamos a lo de Milton y nos vamos con él, el padre se compró una camioneta”. Y el Gordo dice: “No, esperen, llamo a mamá, que ella los lleve”. Pero los chicos ya están agarrando sus mochilas, las bolsas de dormir y la carpa y salen rumbo a la puerta. El Gordo insiste: “esperen que llamo a mamá”. Virgilio le dice: “no te gastes, tiene el celular apagado, ya está, nos arreglamos solos” Y abren la puerta, le hacen un saludo con la mano al Gordo y se van.

“ Buen viaje” dice el gordo, mientras mira por la ventana a sus hijos irse vestidos de pequeños militares, de juventud nazi y se pregunta en voz alta: “Qué hice? Cómo los eduqué?” Y Marilda le contesta que no se eche culpas, “si usted no los educó, la señora Ana se ocupa de todo lo de los chicos”.
Y el Gordo mira a Marilda y se le va encima. Ella retrocede pero él ya la arrinconó contra la pared y le dice que si quiere seguir trabajando ahí que llame a la mujer ya! “Usted sabe donde está Ana, dígale que aparezca, que de señales de vida o que por lo menos  mande a un plomero. Dígale eso o dese por echada”.
Y se va para arriba. Y se encierra nuevamente en el baño. Baja la tapa del inodoro y se sienta, creyendo que haciendo fuerza con su cerebro Ana va a volver rápido y todo se va a solucionar.


No ve, no oye, no habla.

Ana se viste rápido, muy rápido. Casi ni mira lo que se pone. El Pendejo trata de frenarla, no quiere que se vaya así, quiere hablar. Decirle lo que siente, lo que le pasó. Ana, sin mirarlo, como si ya lo hubiera echado de su vida, dice con tono frío y seco, que ya sabe lo que siente él. Se enamoró. Y agarra su cartera y dice: “Me dejaran salir de acá sola?” Habla sin mirarlo como si él no estuviera.
A él le duele. Le duele que lo trate mal. Le duele verla así. Vestida y agarrada a su cartera como si fuera un salvavidas. Y él sigue desnudo, y no encuentra el calzoncillo. Ella lo mira un instante, con una mirada fulminante, hiriente y mordaz que él jamás le vio y le dice: “Feliz Navidad, Feliz año nuevo, que tengas una buena vida”. Y se va.
El masculla un: “Ana…” pero ella ya cerró de un portazo. Javi se tira en la cama. Suena un celular. Es el de Ana, se lo olvidó sobre la mesa de luz. Javi lo agarra, mira el display: “Casa” dice. Javi se lo queda mirando un segundo y luego vuelve a dejar el celular sobre la mesa de luz.

El Espejo

Ana camina buscando un taxi. El corazón le late muy fuerte. Levanta la mano y todos vienen ocupados. Traga saliva. Me dejó, le cruza por la cabeza pero enseguida vuelve a levantar la mano para parar otro taxi que sigue de largo. Sigue caminando. Mira de costado su reflejo en una vidriera, sigue. En la siguiente vidriera su reflejo nuevamente de costado la llama, se frena, se mira. Está flaca. Y va a seguir y se da cuenta que no se ha mirado la cara. Que hace mucho que no se mira la cara. Que lo evita. Que cree que se mira pero que se maneja con una imagen de ella de hace años. Le duele esta idea. Tiene que mirarse. Tiene que levantar la vista y mirarse, se dice. Pero no se anima. Y gira y frena a un taxi que se detiene frente a ella. Cuando va a abrir la puerta, se choca con su imagen reflejada en el vidrio de la puerta del auto. Se queda helada. No se parece a la imagen que tiene dentro. Está más vieja,  y está llorando.


3. ANA Y EL GORDO

28 noviembre 2009

Es mejor matar que morir.

Ana está tirada en la cama del hotel alojamiento, cruzada, la cabeza le cuelga de un costado. Tiene una sonrisa enorme en la boca abierta, los ojos abiertos miran fijo el techo. “Pareces muerta por momentos”, le dice el Pendejo que la mira desde un costado. Ella se ríe y dice que sí, que está muerta de felicidad. Él sonríe con esa sonrisa de dientes tan blancos y ella siente que quiere más. Lo mira, mira sus brazos firmes, seguros, esos brazos que le llamaron la atención cuando lo vio por primera vez, esos brazos que le dieron vergüenza de reconocerse tan calentona. Sí, él la calentó a primera vista, eso le dijo a Nuria, su hermana, que la miró con un gesto de hastío y le dijo que “eso”, la relación con el Pendejo iba a terminar mal. Y ella le dijo a Nuria que para ella todo siempre termina mal y remató con el clásico: “vos no entendés nada”.

Pero algo de razón tenía, es difícil ésto, estira su mano y toca el brazo del Pendejo y se dice: cómo mierda hago para dejar esto? Por qué lo vas a dejar, Ana? Miralo. Es de los mejores hombres que has tenido en tu vida. Bueeeno tampoco exageres, es genial en la cama, pero hubo mejores.

Quién???  A ver… quién??? El Gordo?? No metas al Gordo en esto, se dice, peleándose con ella misma. El Gordo está metido acá. Esto también es para él… Esto es para él. No entendés nada, no sabés nada.

“En qué planeta estás?”, le dice el Pendejo y ella lo mira volviendo a la realidad del telo y el acolchado rojo sangre de raso barato.

Él le saca un mechón de pelo que le quedó sobre el ojo. Y le dice: “estás con la nube, te fuiste…” y ella piensa: se lo tenés que decir ya, Ana! Ya! No alargues esta agonía. Es hermoso, pero terminó.

Y él la mira, algo anda mal, los dos lo saben. Ella sabe que es el momento y le dice:  “Javi…”  Y él le dice: “Ana… me siento mal con esto”.

“Con qué?” dice Ana, “con hacer el amor conmigo?”

Y él asiente.

Y ella dice que pensé que te gustaba. Y él dice que me gusta, pero me pasó algo re fuerte. “Qué?”, dice ella.

Y él la mira intenso y dice: “me enamoré”. Ana detiene su respiración. “El sábado a la noche salí a bailar y me enamoré”.